15/08/2026
| Existe una forma de liderazgo pastoral que no se parece a Cristo: aquella que exige obediencia ciega, interpreta cualquier pregunta como rebelión y convierte sus decisiones en una especie de ley incuestionable.
La Escritura no presenta al pastor como un señor absoluto sobre la conciencia del rebaño. Pedro exhorta a los ancianos: «no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:3). La autoridad pastoral es real, pero es delegada, limitada y sometida a la autoridad suprema de Cristo y de su Palabra.
Un pastor no deja de ser pastor porque alguien le pregunte: «¿Por qué has tomado esta decisión?». Al contrario, un liderazgo sano puede explicar, escuchar, ser examinado y reconocer incluso sus propios errores. Los bereanos fueron elogiados porque examinaban las Escrituras para comprobar si lo que Pablo enseñaba era verdad (Hechos 17:11). ¡Y Pablo era un apóstol!
El pastor que necesita que nadie lo cuestione para conservar su autoridad quizá no esté pastoreando ovejas, sino protegiendo su poder.
Cristo no llamó a sus siervos a dominar personas, manipularlas ni beneficiarse de ellas. Los llamó a servir, cuidar, enseñar y dar ejemplo.
El púlpito no convierte al hombre en infalible. El título de pastor no otorga señorío sobre la conciencia. Toda autoridad humana debe inclinarse ante la autoridad de Cristo y de su Palabra.
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