16/09/2025
Queridos hermanos y hermanas. Hoy, quiero que nos detengamos en este pasaje de Deuteronomio 11:18 que, a simple vista, podría parecer un poco extraño o incluso antiguo. Se encuentra donde Moisés le habla al pueblo de Israel justo antes de que entren a la Tierra Prometida. Él les dice: "Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos".
Un llamado a la obediencia total
Pensemos un momento en Moisés, con el peso de la historia sobre sus hombros, parándose frente a una nueva generación que no había vivido la esclavitud en Egipto. Eran los hijos de los que salieron. Su misión era clara, que no olvidaran quién era Dios y lo que había hecho por ellos. Este mandato de "atar las palabras" no era un mero consejo, era una orden crucial para su supervivencia espiritual.
Moisés no estaba pidiéndoles que se hicieran un tatuaje o que se pusieran un amuleto. No, él estaba usando un lenguaje que ellos entendían perfectamente, el lenguaje del compromiso total. Nos dice que las palabras de Dios deben estar en dos lugares principales: en el corazón y en el alma.
El corazón, para el pensamiento hebreo, no era solo el lugar de las emociones, sino el centro de nuestro ser, donde se toman las decisiones y se forman nuestros pensamientos.
El alma, por su parte, abarca nuestra vida, nuestra esencia, nuestro aliento. En otras palabras, la Palabra de Dios debe gobernar lo más profundo de lo que somos.
Ahora, aquí viene la parte interesante. Moisés también dice que estas palabras deben atarse "como señal en su mano" y "como frontales entre sus ojos". Muchos siglos después, el pueblo judío tomó esto de manera literal, creando los tefilín o filacterias, que son pequeñas cajas de cuero con pergaminos dentro que se ataban en la frente y el brazo. Pero, ¿era esa la intención original?
Pensemos en el contexto. El sabio en Proverbios 3:3 nos da una pista similar: "Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón".
Es evidente que este es un lenguaje figurado. El verdadero mensaje es que la Palabra de Dios no puede ser algo que solo conocemos mentalmente o que llevamos como un accesorio. Debe manifestarse en nuestras manos, es decir, en lo que hacemos, en nuestras acciones diarias. Y debe moldear lo que ven nuestros ojos, nuestra manera de ver el mundo, nuestra cosmovisión.
*El peligro del ritualismo vacío*
Lamentablemente, como suele pasar, la práctica se desvió del propósito. Los profetas, como Jeremías e Isaías, confrontaron a Israel por caer en un ritualismo vacío. Honraban a Dios con los labios, pero su corazón estaba lejos de Él. Y más tarde, Jesús mismo criticaría a los fariseos que agrandaban sus filacterias para mostrar una piedad que no existía en su corazón.
Esto nos muestra que la advertencia de Moisés es atemporal. Hoy, el peligro para nosotros no son los tefilín, sino el simbolismo superficial. Podríamos tener la Biblia más grande, escuchar toda la música cristiana, publicar versículos en nuestras redes sociales, pero si la Palabra no está moldeando nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestras acciones, entonces hemos caído en la misma trampa.
Así que te pregunto, ¿Dónde está la Palabra hoy?
Hermanos y hermanas, la verdadera pregunta para nosotros hoy es esta: ¿Está solo en la Biblia que llevamos a la iglesia los domingos? ¿O está realmente en nuestro corazón, gobernando nuestras motivaciones? ¿Se ve en nuestras manos, en cómo trabajamos, en cómo tratamos a nuestros vecinos y a nuestros hermanos? ¿Está en nuestros ojos, moldeando lo que pensamos y cómo vivimos?
Moisés le dijo a Israel que no olvidara el pacto. A nosotros, como pueblo del Nuevo Pacto, se nos ha dado algo aún más grande, el Espíritu Santo, que no solo graba la ley en tablas de piedra, sino en las "tablas de carne, del corazón". La señal de que somos de Cristo no es una caja en nuestra frente, sino un corazón transformado.
Amados en Cristo, que la reflexión de hoy nos desafíe a ir más allá del simple conocimiento o del ritualismo, para que la Palabra de Dios sea, en verdad, el centro y el motor de nuestra existencia.
Amén.
Pr. Mauricio Ponce