08/01/2020
Miércoles 8 de Enero de 2020
Feria de Navidad
Primera Lectura
Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4, 11-18
Queridos hijos: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. A Dios nadie lo ha visto nunca; pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Nosotros hemos visto, y de ello damos testimonio, que el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo. Quien confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto llega a la perfección el amor que Dios nos tiene: en que esperamos con tranquilidad el día del juicio, porque nosotros vivimos en este mundo en la misma forma que Jesucristo vivió.
En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor, porque el que teme, mira al castigo, y el que teme no ha alcanzado la perfección del amor.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor
Salmo
Del salmo 71
R/. Que te adoren, Señor, todos los pueblos
Comunica, Señor, al rey tu juicio y tú justicia,
al que es hijo de reyes;
así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres
y regirá a tu pueblo justamente. R/.
Los reyes de occidente y de las islas
le ofrecerán sus dones.
Ante él se postrarán todos los reyes
y todas las naciones. R/.
Al débil librará del poderoso
y ayudará al que se encuentra sin amparo;
se apiadará del desvalido y pobre
y salvará la vida al desdichado. R/.
Aclamación
Aleluya, Aleluya
Gloria a ti, Cristo Jesús, que has sido proclamado a las naciones. Gloria a ti, Cristo Jesús, que has sido anunciado al mundo.
Aleluya, Aleluya
Evangelio
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos: 6, 45 – 52
En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.
Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.
Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero Él les habló enseguida y les dijo: "¡Ánimo! Soy yo; no teman". Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Oración:
Señor Jesús.
Tú, que por el amor que le tienes al mundo diste tu vida por nuestra salvación. Hoy acudimos a tu protección e imploramos tu asistencia y auxilio en estos momentos de angustia para el mundo entero.
Te pedimos ilumines a los gobernantes para que sus decisiones contribuyan a un mundo de paz y bienestar para todos los pueblos y naciones.
Que todos los hombres, con nuestro esfuerzo y trabajo conformemos una sociedad justa y tengamos la capacidad para ayudar a las personas más desfavorecidas.
También te pedimos por todos los sacerdotes, para que reaviven el Don recibido y sean fervorosos proclamadores de la Buena Nueva, y auténticos imitadores de Cristo nuestro Señor.
Te lo pedimos por tu infinita Misericordia y por tu preciosísima Sangre que derramaste por nosotros y por el mundo entero:
"Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu Amadísimo Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo,
para el perdón de nuestros
pecados y los del mundo entero."
"Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero."
Amén.
Reflexión:
Continuamos con el tema de ayer. El amor de muchas maneras lo podemos expresar, y ninguna de las expresiones es excluyente de las demás. San Pablo en su Carta a los Corintios nos describe de una manera muy bella y poética el amor, y es lo que conocemos como el “Himno del amor” (1Co. 13, 1-13).
Pero para los fines de esta reflexión, y que, como ya dijimos, es continuación del tema de ayer, veamos las siguientes palabras que nos refiere hoy San Juan en la Primera Lectura: “En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor, porque el que teme, mira al castigo, y el que teme no ha alcanzado la perfección del amor”.
En el amor no hay temor. Todos buscamos ser felices. Todos buscamos la alegría en nuestra vida. Pero existen inclinaciones al pecado que en principio parecieran que estos actos son para hacernos felices, para tener momentos de placer o alegría, después nos damos cuenta que fuimos engañados. Escuchamos la voz de la serpiente e ignoramos la voz de Dios.
Para entender este principio de infelicidad recordemos la caída del hombre que nos narra el capítulo 3 del Libro del Génesis. Pero antes en el capítulo 2, versículos 16-17 Dios le dijo al hombre: “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás”.
En este pasaje vemos la consecuencia del pecado. “El día que de él comas, ciertamente morirás”. Y muere la persona, porque ha desobedecido a Dios. Muere porque el pecado mata el espíritu, y el espíritu es el que da vida. Y cuando la persona ha matado al espíritu su siguiente reacción es esconderse.
Adán y Eva fueron engañados por la serpiente. Aunque no es el objetivo profundizar en la causa del pecado, sino en sus efectos, es importante entender que ante la tentación hay que huir y buscar a Dios. Consentir la tentación es dialogar con el enemigo, que en el Libro del Génesis está representado por la serpiente. Dice el versículo 1 del capítulo 3 del Génesis: “La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que le preguntó a la mujer: —¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?”
La mujer se puso a dialogar. Es decir empezó a consentir la tentación. Con el enemigo no se dialoga. El enemigo presentó a Dios como un mentiroso y tanto Adán como Eva cayeron en pecado. ¿Y después de esto que sucedió? Tanto el hombre como la mujer se escondieron de Dios. La consecuencia del pecado les hizo esconderse de Dios. Les hizo tener miedo. Pero el Señor sale a buscar lo que es de Él (porque todos los hombres somos del Señor, Él nos hizo y suyos somos).
Y la búsqueda de Dios por el hombre se remonta al origen de la creación. Y San Pablo nos dice: “Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gal 4, 4 – 5). La plenitud del tiempo llegó hace poco más de dos mil años. Es lo que estamos celebrando. El Nacimiento histórico del Señor. Y nació para redimirnos y para hacernos hijos suyos. De tal manera que somos hijos.
En este mismo contexto San Juan nos dice en su Evangelio 3, 16-17 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”.
El miedo en el que se encuentra el mundo es porque no conoce el amor de Dios. Porque al momento de conocer ese amor se hace vida las palabras de San Juan que ya mencionamos: “En el amor no hay temor”.
Y eso mismo lo comprobamos en el Evangelio. No veamos el milagro de Jesús al caminar sobre el agua. Jesús puede eso y mucho más. Observemos y contemplemos la escena hay varios momentos en la contemplación. "¡Ánimo! Soy yo; no teman".
Lo mismo que nos dice el Apóstol San Juan en la Primera Lectura: “En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor, porque el que teme, mira al castigo, y el que teme no ha alcanzado la perfección del amor”.
El amor perfecto es Dios. El amor perfecto vino a salvarnos no a condenarnos. El que teme mira el castigo porque su conciencia le recrimina sus acciones. El que teme no confía en la misericordia de Dios.
En nuestra vida también podemos estar como los discípulos que estaban en la barca. Batallando y llenos de problemas para seguir adelante. Así puede ser que nos encontremos nosotros. La mayoría de los discípulos eran pescadores y no podían avanzar. Los problemas rebasaban sus capacidades. Quizá en nuestra vida así parezca suceder. Los problemas sean mayores a nuestras capacidades y a nuestras fuerzas. Pero Jesús se acerca a nuestra vida y nos dice: "¡Ánimo! Soy yo; no teman".
Los discípulos estaban asustados pues creían que un fantasma se acercaba hacia ellos. Y aquí tenemos el segundo punto de contemplación y enfrentarlo con nuestra vida. ¿Cuántos fantasmas están en nuestra mente angustiándonos y llenándonos de temor? ¿Cuántas tempestades en nuestra vida nos están robando la paz, la alegría de vivir? El miedo predomina en la actualidad en muchas personas. Mucha gente ha perdido la alegría de vivir. "¡Ánimo! Soy yo; no teman". Esta es la frase que debe predominar en nuestra mente. No los fantasmas que hemos incubado, porque en algún momento de nuestra vida dialogamos con el enemigo.
Y Jesús viene a nosotros. No se pasa de largo. Viene caminando a nuestra barca de la vida. Pero nosotros nos asustamos aún más. Volvamos a escuchar. "¡Ánimo! Soy yo; no teman". Esas palabras son un verdadero bálsamo. Primeramente nos traerán calma, después paz y posteriormente alegría.
Pero la contemplación de la escena no debe terminar aún. Este mismo pasaje narrado por San Mateo capítulo 14, versículos 28 al 31 vemos: “Pedro, dijo: Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre las aguas. Y Él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús. Pero viendo la fuerza del viento tuvo miedo, y empezando a hundirse gritó, diciendo: ¡Señor, sálvame! Y al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?
Veamos este último pasaje. Al caminar Pedro sobre el agua, comprueba que es el Señor. Ya ha experimentado una realidad sobrenatural al caminar él sobre el agua. ¿Pero qué pasó? ¿Por qué de repente se empieza a hundir? Nos dice San Mateo. “viendo la fuerza del viento tuvo miedo”. Dejó de ver a Jesús y observó los problemas.
Eso mismo pasa en nuestras vidas. Dejamos de ver a Jesús y volteamos la mirada a los problemas que nos agobian. Y desesperadamente volvemos a gritar al Señor: Sálvame.
En la vida, no dejemos de ver a Jesús. Cuando Pedro dejó de ver a Jesús es cuándo se empezó a hundir. Cuando nosotros dejamos de ver a Jesús nos hundimos. Quizá el peso de nuestros pecados nos tiene con la mirada totalmente agachada. No importa el tamaño de los pecados. San Pablo nos dice: “Donde abunda el pecado sobreabunda la Gracia” (Ro. 5, 20).
No teman. Jesús ha nacido y ha venido para salvarnos. Todos los días te dice "¡Ánimo! Soy yo; no temas". Déjalo subir a la barca de tu vida. Muy pronto verás como se calman las tempestades de tu vida.
Que tengan un día lleno de bendiciones en nombre de Jesús.