07/11/2025
Leonard Ravenhill nos confronta con una verdad incómoda. No hay avivamiento porque en realidad no lo deseamos. Nos hemos conformado con vivir sin la presencia ardiente de Dios. La iglesia moderna parece satisfecha con programas, luces y actividades, pero ha perdido el fuego del altar. Ravenhill decía que “la única razón por la que no tenemos avivamiento es porque estamos dispuestos a vivir sin él”, y esa frase sigue siendo tan cierta hoy como lo fue en su tiempo.
El avivamiento no comienza con multitudes ni con eventos, sino con un corazón quebrantado en oración. “El precio del avivamiento,” escribió, “es el dolor del alma, el clamor y la intercesión.” Pero ¿dónde están los que se arrodillan hasta que el Espíritu responda? ¿Dónde están los que gimen por la condición espiritual de la iglesia? Hemos reemplazado las rodillas dobladas por agendas llenas, y el silencio de la oración por el ruido del entretenimiento religioso.
Ravenhill advertía que el mundo está en caos porque la iglesia está dormida. “Tenemos demasiados hombres mu***os predicando sermones mu***os a congregaciones muertas.” Y quizás lo más trágico no sea la maldad del mundo, sino la indiferencia del pueblo de Dios. En vez de ser luz, nos hemos acostumbrado a la penumbra; en lugar de llorar por los perdidos, discutimos entre nosotros.
Sin embargo, Ravenhill no escribe para condenar, sino para despertar. Nos recuerda que todo verdadero mover de Dios empieza con un altar encendido, con lágrimas de arrepentimiento y con una iglesia que vuelve a su primer amor. Si tan solo hubiera entre nosotros más agonizadores que consejeros, más buscadores que espectadores, el cielo se abriría una vez más.
El juicio dice la Escritura, comienza por la casa de Dios. Tal vez el avivamiento que tanto anhelamos no depende de un congreso o de un predicador famoso, sino de un corazón que se postra y clama “Señor, aviva tu obra en medio de los tiempos.”
Por Bill Muehlenberg, A Review of Why Revival Tarries. By Leonard Ravenhill.