Relatos de fe

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04/05/2026

Fragmento del libro UNA GENERACION DE ORO

REFLEXION ( mejorado )
"Hoy en este dia del 2026, con mas de cincuenta o sesenta años de edad, con el peso de los años en mi cuerpo, el cabello entre cano y mi piel cansada.
Recuerdo mis años de juventud con mis amigos SUD de aquella generacion casi olvidada pero que estamos rescatando con este libro.
Hoy sentado en una silla acolchonada de mi capilla, mis ojos cansados con esfuerzo contemplan lo hermoso y comodo de edificios de nuestras capillas hoy, en toda nuestra Nicaragua.

De pronto los recuerdos se agolpan en mi mente y me llevan a nuestro pasado en que ser miembro de la Iglesia mas que un placer era un desafio que requeria construir un Testimonio para soportar las muchas pruebas que vivimos.

Ahora siento el aire acondicionado en las capillas que enfrian mi cuerpo cansado e inmediatamente recuerdo los viejos abanicos giratorios pegados al techo que echaban aire caliente en aquella capilla prefabricada donde nos reuniamos hacinados los miembros terremoteados despues de 1972 los Santos de los Ultimos Dias del Barrio II y IV, con calor y amontonados pero gozosos, orgullosos y dedicados en nuestra capilla de Bello Horizonte.

Las duras bancas para sentarnos, las grandes caminadas bajo sol o lluvia para llegar a las reuniones dominicales, seminario u otras actividades, esa disposicion de estos jovenes se forjo por varios factores como una conversion real, el apoyo de los padres o apoyo mutuo de los grupos de jovenes, reflejado en una gran amistad edificante, el gran apoyo y acompañamiento asertivo de los Lideres de aquellos años, q en muchos casos sin ser preparados, su ejemplo y apoyo quedo grabado en nuestros corazones.

Todas las adversidades que vivimos como generacion de amigos miembros de la iglesia, nos forjaron como se forja el oro.
Terremotos, maremotos, guerras, hambre, huracanes, sin misioneros de tiempo completo, sosteniendo los programas del la iglesia y el progreso de la misma en toda Nicaragua con grandes sacrificios.

Todo era mas dificil, por eso tuvo mas valor para este grupo generacional.

Seria interesante leer las opiniones o comentarios de otros miembros de la iglesia de esta generacion o de otros hermanos que han leido el libro UNA GENERACION DE ORO.

Alberto Lopez Lopez

Mi historia comienza en un día lluvioso, cuando, al mirar hacia la esquina de mi casa, observé a dos jóvenes vestidos co...
20/04/2026

Mi historia comienza en un día lluvioso, cuando, al mirar hacia la esquina de mi casa, observé a dos jóvenes vestidos con camisa blanca y corbata, resguardándose bajo la lluvia. Caminaron hacia mí con un mensaje: el evangelio. En ese momento, mi familia atravesaba tiempos difíciles debido a la salud de mi hija mayor, quien tenía solo un año. Ella estaba muy enferma; sufría problemas renales que le impedían consumir leche, agua o alimentos comunes para un bebé. Su cuerpo estaba lleno de líquido, y esos días fueron muy duros para nosotros. Fue en ese contexto que conocimos el evangelio.

Decidimos volcar nuestra fe en el Señor, quien nos brindó esperanza. Muchas personas abrieron sus brazos hacia nosotros, llenándonos de amor y consuelo, algo que nuestros corazones necesitaban desesperadamente. Poco después supimos que mi hija tenía una enfermedad llamada síndrome nefrótico.

Un año después de habernos convertido en miembros de la iglesia, mi hija cayó en cuidados intensivos. Los médicos nos dijeron que no sobreviviría la noche. Sentí que mi vida se paralizaba; no podía soportar el dolor. En un momento de soledad, no me quedó más que caer de rodillas y orar al Padre Celestial, pidiéndole consuelo y ayuda, porque no sabía qué hacer.

El Señor, en su infinita sabiduría, tenía un plan, y su plan era que mi hija se levantara de esa cama. Tres días después, ella estaba fuera de peligro. Pasó un mes en recuperación, y los médicos no podían explicar cómo había logrado salir adelante. Yo sabía la respuesta: el Padre Celestial había decidido que mi hija debía permanecer en este mundo.

Han pasado diez años desde que mi familia y yo nos unimos a la iglesia. Hemos acumulado un testimonio sólido y continuamos perseverando, sabiendo que el Padre Celestial siempre nos acompaña y está presente en cada prueba. Mi hija ha enfrentado numerosos desafíos relacionados con su condición, pero con fe y esfuerzo, los ha superado. Sigue una dieta rigurosa y un tratamiento médico permanente. Aunque otros niños de su generación con este síndrome han fallecido, ella continúa llevando una vida lo más normal posible.

Hoy, mi hija tiene 12 años. Es una excelente estudiante, participa activamente en la organización de las Mujeres Jóvenes, disfruta asistir a la iglesia y compartir con sus amigos. Mi esposo, mi otra hija y yo valoramos enormemente su compañía. Todo esto ha sido posible gracias a la ayuda y guía constante de nuestro Padre Celestial.

El poder del sacerdocioPor Silvano Roberto García CruzNicaraguaDiciembre 2024 Poseer el sacerdocio ha sido para mí una o...
20/04/2026

El poder del sacerdocio
Por Silvano Roberto García Cruz
Nicaragua
Diciembre 2024

Poseer el sacerdocio ha sido para mí una oportunidad sagrada de representar al Señor en sus ordenanzas y servir a mis hermanos. Recibí el Sacerdocio Aarónico en 1973 a los 12 años y al siguiente domingo tuve el honor de repartir los emblemas del Señor lo que me representó un inmenso privilegio. Representar al Señor al ofrecer la Santa Cena en la reunión sacramental a los hermanos presentes llenó mi corazón de gozo, y esperaba con ansias cada domingo para hacerlo. Literalmente sentí que mis pies pisaban territorio sagrado.
Cuando fui ordenado al oficio de Maestro en el Sacerdocio Aarónico, tuve la oportunidad de ser asignado como compañero de un élder en la Orientación Familiar. Recuerdo vívidamente cómo mi compañero pasaba por mí, nos arrodillábamos para orar y luego salíamos a visitar a las familias asignadas. A través de este servicio aprendí a desarrollar un profundo amor por las familias.
No ha habido otro momento en mi vida en el que haya sentido con mayor intensidad el acompañamiento de ángeles que cuando fui ordenado presbítero a los 16 años en 1977. Ya en 1978 debido a circunstancias especiales, los misioneros de tiempo completo salieron de nuestro país quedando la Obra Misional sobre las espaldas de una maravillosa y valiente de jóvenes de mi generación. Predicábamos el evangelio después de clases al salir del colegio o durante los fines de semana. Aunque era difícil llevar camisa blanca y corbata debido a las burlas o incluso agresiones, por nuestra intrépida fe perseveramos y llevamos muchas almas al reino de Dios, fueron días gloriosos. Literalmente fuimos protegidos en numerosas ocasiones de la muerte y de peligros inminentes, tanto en la predicación como en nuestras actividades cotidianas. Junto a nuestros líderes asumimos la gran responsabilidad de mantener la obra misional y sostener la Iglesia como institución. Este tiempo fue una preparación invaluable para servir como misioneros de tiempo completo cuando recibimos el llamado del profeta; fue nuestro propio Centro de Capacitación Misional.
Para 1979 siendo un joven de solo 18 años habiendo sido ordenando un Elder de la Iglesia, viví una de mis primeras experiencias espirituales como un élder, al ser solicitado por mi padre para que le acompañara a dar una unción a una hermana enferma. Era alrededor de las 9 de la noche y caminamos unos 20 minutos por lugares oscuros y peligrosos para llegar a su casa. Encontramos a la hermana postrada en su cama, le dimos la unción y nos quedamos un momento. Mientras mi padre hablaba con ella, la hermana se sentó en la cama, ya sin fiebre y con buen ánimo. Regresamos a casa cerca de la medianoche, y yo estaba asombrado meditando sobre el milagro que acababa de presenciar.
Durante mi servicio misional fui testigo del cambio en las vidas de las personas y familias que aceptaron el Evangelio y se bautizaron. No tengo duda de que nuestra labor se realizó con el poder de Dios que se nos había conferido. El sacerdocio nos ayudó a sobrellevar las dificultades del campo misional y la constante compañía del Espíritu nos llenó de gozo al compartir el Evangelio y traer almas al reino de Dios.
En 1981 fui relevado honorablemente tras haber servido por 26 meses como misionero de tiempo completo predicando el evangelio en los países vecinos del norte y sur de mi patria. Al regresar, dada las circunstancias especiales por la que atravesaba el país, aún no había misioneros de tiempo completo, mis amigos y yo nos hicimos cargo de la obra misional, tanto varones como mujeres. Fueron años difíciles, pero aun así trabajamos en la obra con mucho ahínco y fervor, tanto en la capital como en los departamentos, con nuestros propios recursos dividimos nuestro tiempo entre los estudios, el trabajo, la familia y nuestro servicio en la iglesia, hasta que los misioneros regresaron a finales de 1989.
Todas estas experiencias que viví al magnificar mi sacerdocio en mi juventud me prepararon para formar mi propia familia. Fui sellado a mi esposa en un templo del Señor por alguien con la debida autoridad. Juntos hemos educado a nuestros hijos en los caminos del Señor. He bendecido a cada uno de ellos con mi sacerdocio, y ahora continuamos nuestra labor con nuestros nietos.
Sigo sirviendo en la Iglesia en cualquier asignación o llamamiento al que sea llamado. El Señor es mi guía constante, y ejerzo mi sacerdocio en cada aspecto de mi vida. Muchos de mis amigos siguen haciendo lo mismo desde el lugar donde se encuentren.
Al mirar hacia atrás en el tiempo, han pasado muchos años desde que fui un jovencito diácono, un adolescente de 12 años en la formación de mi carácter y personalidad. Eterna gratitud a mis amigos de juventud, a mis líderes y sobre todo al Señor por haberme dado la oportunidad de servir y ejercer mi sacerdocio.

Comprendí al final porque fui protegido                                  ALBERTO LOPEZA inicios de mayo de 1979, ya habí...
16/04/2026

Comprendí al final porque fui protegido ALBERTO LOPEZ

A inicios de mayo de 1979, ya había sido apartado y estaba por partir como misionero de tiempo completo para servir por dos años en la Misión Guatemala-Quetzaltenango, mis amigos de nuestra generación que saldrían conmigo a la misión todos habían partido dejando un país convulsionado y en guerra, sé que ellos se fueron con mucho dolor y preocupación en sus corazones al dejar a sus familias en esas circunstancias, pero había mucha fe y determinación por servir.
En mi caso camino al aeropuerto ya no pude tomar el avión pues comenzó la ofensiva final de la guerra que consistía en la toma militar de la capital Managua, balaceras por todos lados, retenes militares que imposibilitaron mi partida a misión.
Regrese a mi hogar y junto a mi familia vivimos, así como todas las familias miembros de la Iglesia un suceso tan terrible como la guerra y la exposición constante a morir.
En medio de esa guerra el agravante principal es que si eras adolescente o joven estabas casi condenado a morir si te encontraban.
Recuerdo que los bombardeos desde aviones eran frecuentes, primero observaba hacia donde caían las bombas y algunas veces me sujetaba fuerte de un árbol en el patio porque se estremecía la tierra, otras veces nos refugiábamos bajo la mesa del comedor, también atacaron la comunidad donde vivo, muriendo tantas personas inocentes, estuve expuesto a los francotiradores que se ubicaban fuera de mi comunidad y mi madre en su desesperación nos envió a mi hermano mayor y a sus dos hijos menores, incluido yo a huir hacia el reparto Altamira cercano a mi comunidad en búsqueda de un poco más de seguridad, corríamos y caminábamos agachados todo el camino pues, ya habían asesinado francotiradores a personas q salían de la comunidad, solo escuchábamos los silbidos secos y tenebrosos de las balas q pasaban sobre nuestras cabezas.
Hambre, dolor, muerte, temor, incertidumbre, traumas. Eso es describir la guerra que vivimos, para los miembros de la iglesia el estar aferrados a la barra de hierro nos traía consuelo, paz y esperanza en el amor y protección de nuestro Salvador y Redentor.
La oración constante y el leer las escrituras nos fortaleció en tiempos de dolor y tinieblas y también nos hizo prevalecer, según la voluntad del señor.
Era vivir el evangelio muy aferrado a los que sentís en tu corazón eso nos preparaba a vivir cada momento de día expuestos a la violencia y también para tomar decisiones cruciales que determinaban si vivías o morías.
En todo ese tiempo y lo vivido yo nunca olvide que ya era misionero apartado de tiempo completo y en mi corazón siempre estaba el anhelo que el Señor me preservara en medio de tanto dolor para servirle en mi misión.
El 18 de Julio de 1979 termino la guerra y fueron días de dolor para encontrar y enterrar a sus deudos, muy pocos miembros de la Iglesia murieron en esa espiral de violencia, también había una alegría en el pueblo porque había terminado todo.
Pocos días después llamaron de la misión de Guatemala preguntado si yo estaba vivo o que no había perecido en el conflicto armado, me encontraron y avisaron que si seguía vivo entonces me preguntaron si siempre existía en mí el deseo de Servir al Señor, cuando me preguntaron eso, al final yo sentí y comprendí que el Señor me había protegido a mí y mi familia para que fuera a predicar el Evangelio como MISIONERO DE TIEMPO COMPLETO.

Alberto López

El poder del sacerdocioPoseer el sacerdocio ha sido para mí una oportunidad sagrada de representar al Señor en Sus orden...
16/04/2026

El poder del sacerdocio

Poseer el sacerdocio ha sido para mí una oportunidad sagrada de representar al Señor en Sus ordenanzas y servir a mis hermanos. Recibí el sacerdocio Aarónico a los 12 años, y el siguiente domingo repartí la Santa Cena, lo cual fue un gran privilegio. Representar al Señor al ofrecer la Santa Cena en la reunión sacramental a los hermanos presentes llenó mi corazón de gozo, y esperaba con ansias cada domingo para hacerlo.

Cuando fui ordenado maestro, tuve la oportunidad de ser asignado como compañero de un élder en la orientación familiar. Recuerdo vívidamente cómo mi compañero pasaba por mí, nos arrodillábamos para orar y luego salíamos a visitar a las familias asignadas. A través de este servicio aprendí a desarrollar un profundo amor por las familias.

No ha habido otro momento en mi vida en el que haya sentido con mayor intensidad el acompañamiento de ángeles que cuando era un presbítero. En 1978, debido a circunstancias especiales, los misioneros de tiempo completo salieron de nuestro país, dejando la obra misional a cargo de los jóvenes de nuestra generación. Predicábamos el Evangelio después de clases o durante los fines de semana. Aunque era difícil llevar camisa blanca y corbata debido a las burlas o incluso agresiones, perseveramos y llevamos muchas almas al reino de Dios. Literalmente fuimos protegidos en numerosas ocasiones de la muerte y de peligros inminentes, tanto en la predicación como en nuestras actividades cotidianas. Junto a nuestros líderes asumimos la gran responsabilidad de mantener la obra misional y sostener la Iglesia como institución. Este tiempo fue una preparación invaluable para servir como misioneros de tiempo completo cuando recibimos el llamado del profeta; fue nuestro propio Centro de Capacitación Misional.

Una de las primeras experiencias espirituales que tuve al ser ordenado élder ocurrió cuando mi padre me pidió que lo acompañara a dar una unción a una hermana enferma. Era alrededor de las 9 de la noche, y caminamos unos 20 minutos por lugares oscuros y peligrosos para llegar a su casa. Encontramos a la hermana postrada en su cama, le dimos la unción y nos quedamos un momento. Mientras mi padre hablaba con ella, la hermana se sentó en la cama, ya sin fiebre y con buen ánimo. Regresamos a casa cerca de la medianoche, y yo estaba asombrado, meditando sobre el milagro que acababa de presenciar.

Durante mi servicio misional fui testigo del cambio en las vidas de las personas y familias que aceptaron el Evangelio y se bautizaron. No tengo duda de que nuestra labor se realizó con el poder de Dios que se nos había conferido. El sacerdocio nos ayudó a sobrellevar las dificultades del campo misional, y la constante compañía del Espíritu nos llenó de gozo al compartir el Evangelio y traer almas al reino de Dios.
Al terminar mi misión regresé a mi país donde todavía no había misioneros de tiempo completo y mis amigos y yo nos hicimos cargo de la obra misional, tanto varones como mujeres. Fueron años difíciles pero aún así trabajamos en la obra con mucho ahínco y fervor, tanto en la capital como en los departamentos, con nuestros propios recursos dividimos nuestro tiempo entre los estudios, el trabajo, la familia y nuestro servicio en la iglesia, hasta que los misioneros regresaron a finales de 1989.
Todas estas experiencias que viví al magnificar mi sacerdocio en mi juventud me prepararon para formar mi propia familia. Fui sellado a mi esposa en un templo del Señor por alguien con la debida autoridad. Juntos hemos educado a nuestros hijos en los caminos del Señor. He bendecido a cada uno de ellos con mi sacerdocio, y ahora continuamos nuestra labor con nuestros nietos.

Sigo sirviendo en la Iglesia en cualquier asignación o llamamiento que se me dé. El Señor es mi guía constante, y ejerzo mi sacerdocio en cada aspecto de mi vida. Muchos de mis amigos siguen haciendo lo mismo desde el lugar donde se encuentren.

Al mirar hacia atrás en el tiempo, han pasado muchos años desde que fui un diácono. Agradezco a mis amigos de juventud, a mis líderes y, sobre todo, al Señor por haberme dado la oportunidad de servir y ejercer mi sacerdocio.

Más allá de cualquier nombre propio, este libro (UNA GENERACIÓN DE ORO) busca capturar la esencia de un legado colectivo...
15/04/2026

Más allá de cualquier nombre propio, este libro (UNA GENERACIÓN DE ORO) busca capturar la esencia de un legado colectivo. La historia de esa generación de jóvenes de las décadas de los 70 y 80, transformada por fenómenos naturales dramáticos y una si-tuación política y social que impactó profun-damente en ellos como miembros de la iglesia.Es la historia, hasta ahora no contada, de una multitud de héroes anónimos que, con fe
inquebrantable, ofrendaron algo más que ho-
ras: entregaron fragmentos de sus vidas para
cimentar, piedra a piedra, la obra del Señor en
nuestro país.

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Villa Miguel Gutiérrez # 422
Managua

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