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"HAGAN LO QUE EL LES DIGA" Juan 2:5 Misión: Compartir las verdades de la Fe Cristiana y sus obras, a través de los medios de comunicación. “Yo te mostraré mi Fe a través de mis obras”. St 2:18 - www.facebook.com/avemariatv

02/10/2026

Valoro de corazón cuando aprendo a recibir una corrección

Agradezco cuando alguien me habla con sinceridad y me hace ver algo que puedo mejorar. No siempre lo recibo de la misma manera.

Hay cosas que me cuesta escuchar, especialmente cuando yo estaba convencido de haber actuado correctamente.

En esos momentos puedo sentirme incómodo, pero después, cuando lo pienso con más calma, muchas veces descubro que aquella palabra tenía algo que decirme.

Recuerdo correcciones concretas que me han ayudado. Alguna manera de responder, una actitud que quizá no había notado o una forma de hacer las cosas que podía mejorar.

En el momento no siempre me agradó escucharlo. Después pude reconocer que me habían hecho un bien. Hay cosas que no veo de mí mismo hasta que alguien me se las señala.

Pero también me ha pasado lo contrario. Hay correcciones que escucho y sé que no corresponden a la realidad.

Puedo pensar en lo que ocurrió y tener claro que esa persona está interpretando mal una situación o está viendo algo desde su propia perspectiva. En esos casos no tengo por qué hacer mío lo que me dicen. Puedo escuchar con respeto, pensarlo y dejarlo allí.

Eso para mí es importante. Recibir una corrección no significa aceptar automáticamente todo lo que alguien diga de mí. Tampoco significa responder inmediatamente para demostrar que tengo razón.

Puedo escuchar, tomarme mi tiempo y discernir, algunas palabras las recibo porque sé que me ayudan, otras las dejo pasar porque sencillamente no son ciertas.

En mi vida de fe esto me ayuda a vivir con más libertad. Sé que Dios puede servirse de una persona para hacerme ver algo que necesito cambiar.

Pero también sé que necesito discernir. No todo comentario tiene que convertirse en una preocupación, ni toda opinión sobre mí merece ocupar un lugar dentro de mi corazón.

Me gusta pensar que puedo mantener las dos cosas: la humildad para reconocer mis errores y la libertad para no aceptar aquello que no corresponde a la verdad. Una cosa no contradice la otra.

Puedo equivocarme y reconocerlo. Puedo recibir una observación con gratitud. Y puedo también decirme tranquilamente: esto no es así y continuar adelante.

Al final, me quedo con aquello que realmente me ayuda a ser mejor. Lo que sea verdadero, lo recibo. Lo que pueda corregir, lo corrijo.

Y lo que no corresponda a la realidad, lo dejo atrás sin resentimiento. Esa manera de vivir me parece más libre, más sencilla y más cercana a lo que Dios quiere de mí: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno.”(1Tes 5,21)

Señor, dame un corazón sencillo para escuchar cuando alguien me corrige.

Ayúdame a reconocer con humildad aquello en lo que realmente necesito cambiar y a no justificarme por orgullo.

Dame serenidad para pensar antes de responder y honestidad para aceptar cuando otra persona tiene razón.

Dame también libertad para discernir, porque no toda corrección es verdadera ni todo lo que alguien dice sobre mí tengo que hacerlo mío.

Que pueda escuchar sin sentirme atacado, pensar con calma y quedarme con aquello que realmente me ayuda. Cuando me equivoque, dame la humildad para reconocerlo; cuando una corrección no sea cierta, dame paz para dejarla pasar.

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P. Óscar

01/10/2026

Valoro de corazón cuando veo bueno

Hay personas que hacen cosas buenas y uno se acostumbra a recibirlas como si fuera lo más normal del mundo, a mí me ha pasado.

Cuando alguien está pendiente, cumple con lo que le corresponde, resuelve algo, tiene una atención, trabaja bien o simplemente se comporta correctamente, y uno sigue adelante sin detenerse a pensar en ello. Después me doy cuenta de cuánto valía ese detalle.

Yo valoro mucho a la gente que hace las cosas bien. Me gusta la persona responsable, la que cumple su palabra, la que trata bien a los demás sin estar haciendo alarde.

Aprecio al que sabe ayudar sin hacer sentir al otro que le está haciendo un favor enorme. Para mí esas cosas tienen peso. Con los años he aprendido que encontrar personas así es una bendición.

Cuando alguien tiene un buen gesto conmigo, procuro que no se quede en el silencio. Si algo me gusta, lo digo. Si alguien hizo un buen trabajo, se lo hago saber. Si una persona estuvo cuando la necesitaba, se lo agradezco.

Yo también he recibido mucho bien que quizá en su momento no supe apreciar. Personas que me han ayudado, que han tenido paciencia conmigo, que han estado presentes o que simplemente hicieron lo que necesitaban hacer en el momento adecuado.

Algunas cosas parecían pequeñas mientras ocurrían, pero después entendí cuánto habían significado para mí.

Mi fe también me hace mirar de otra manera esas experiencias. Muchas veces siento que Dios me ha cuidado por medio de personas concretas. No siempre de una manera extraordinaria.

A veces ha sido una oración, una conversación, una ayuda, una puerta que se abrió, alguien que tuvo consideración conmigo o una persona que hizo su parte con honestidad.

Quiero aprender a no pasar tan rápido por la vida. Hay cosas buenas que están delante de mí y que merecen mi atención.

Si vivo demasiado concentrado en lo que falta, puedo terminar siendo injusto con todo lo que sí he recibido.

Por eso quiero conservar una actitud agradecida. Cuando alguien hace algo bueno por mí, quiero expresarlo. Cuando encuentro una cualidad que admiro, quiero decirlo.

Y cuando la vida me pone delante una persona buena, quiero tener la humildad de valorar su presencia mientras la tengo cerca.

Ver lo bueno es una manera sencilla de vivir mi fe: “Tengan en cuenta todo lo verdadero, todo lo noble, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, todo cuanto haya de bueno y merezca alabanza.” (Fil 4,8).

Señor, gracias por las personas buenas que has puesto en mi camino y por tantas cosas que recibo cada día, muchas veces sin darles la importancia que tienen.

Dame un corazón atento para apreciar lo bueno que encuentro en los demás y en mi propia vida.

Enséñame a agradecer una palabra, un gesto, una ayuda, un trabajo bien hecho. Que no viva pendiente de lo que falta, olvidando todo lo que ya he recibido.

Ayúdame a expresar mi gratitud con sencillez y a cuidar el bien que encuentro. Que pueda descubrir en cada persona algún motivo para dar gracias y bendecir tu nombre.

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P. Óscar

28/09/2026

Responderte Señor

Señor, quiero aprender a responderte con mi vida y no con palabras. Tú conoces mis buenas intenciones, mis decisiones, mis cambios de ánimo y esas ocasiones en las que sé lo que debo hacer, pero me cuesta dar el paso.

Por eso me toca ese hijo que primero responde: “No quiero y después se arrepintió y fue” (Mt 21,29). Gracias porque en él encuentro algo muy humano.

Puedo equivocarme en una respuesta, puedo reaccionar mal, puedo sentir resistencia ante algo que me corresponde y, sin embargo, cambiar de actitud.

Puedo volver sobre mis pasos y hacer aquello que al principio no quería hacer. Una primera reacción no tiene que ser mi última palabra.

Dame la humildad para reconocerlo. Que no me aferre a mis primeras reacciones solamente porque ya las expresé.

Si tengo que cambiar, que sepa hacerlo con sencillez. Si tengo que pedir perdón, que tenga la honestidad de hacerlo.

Si he dejado de lado alguna responsabilidad, dame voluntad para retomarla. Si he tomado una decisión equivocada, ayúdame a corregirla sin buscar excusas.

Tú dijiste: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,28). Ese hoy me ayuda a mirar mi vida de otra manera. Tengo delante personas, responsabilidades, decisiones y tareas concretas.

No necesito tener resuelto todo lo que vendrá después. Necesito responder bien a aquello que tengo delante ahora.

Muchas veces quisiera saber cómo terminará todo antes de comenzar, cuando lo que me corresponde es dar el paso que puedo dar en este momento.

También está aquel otro hijo que dijo: “Sí, señor, voy” (Mt 21,30), pero no fue. Señor, ayúdame a cuidar mis palabras.

Que no diga con facilidad aquello que después no estoy dispuesto a cumplir. Que mis compromisos tengan respaldo en mis obras.

Prefiero un sí sencillo y verdadero a muchas palabras que después quedan solamente en buenas intenciones.

Tú preguntas: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” (Mt 21,31). Esa pregunta me lleva a mirar mis hechos.

Puedo hablar de fe, de servicio y de responsabilidad, pero mi vida muestra cada día lo que realmente estoy dispuesto a hacer. Quiero que mi manera de vivir confirme aquello que creo.

Dame, Señor, un corazón dispuesto a cambiar cuando sea necesario. Dame constancia para cumplir lo que me corresponde y serenidad para ocuparme de lo que tengo delante. Que no espere el momento perfecto para hacer lo que puedo hacer hoy.

“Se arrepintió y fue” (Mt 21,29). Señor, que yo sepa hacer eso: reconocer, cambiar y caminar. Que pueda responderte en las cosas sencillas de cada día, sin tantas vueltas.

Que mi fe se haga visible en mis decisiones, en mis responsabilidades y en la forma concreta de tratar a quienes encuentro en mi camino.

Cuando vuelva a escuchar: “Ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,28), dame la libertad para responderte con un sí verdadero. Que pueda hacer hoy lo que hoy me corresponde, con sencillez, responsabilidad y confianza en ti.

Que mi fe se haga visible en mis decisiones, en mis responsabilidades y en la forma concreta de tratar a quienes encuentro en mi camino.

Que al final de cada jornada pueda reconocer, más que palabras, pequeños hechos que hayan sido una respuesta sincera a tu voluntad.

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P. Óscar

24/09/2026

Valoro de corazón cuando agradezco y aprendo a mirar a la persona que tengo delante

Cuando pienso en las personas que han pasado por mi vida, me doy cuenta de cuánto he recibido de ellas.

Algunas han estado conmigo durante muchos años; otras aparecieron en una etapa concreta y dejaron algo que todavía conservo. Cada una, de una manera diferente, ha aportado algo a mi camino.

Agradezco a las personas que me han acompañado en momentos importantes, las que han sabido estar cerca cuando las he necesitado y las que han compartido conmigo alegrías, preocupaciones, conversaciones y tantos momentos sencillos.

Agradezco una llamada, una visita, una palabra de ánimo, un escrito, una conversación que llegó en el momento oportuno.

Muchas de esas cosas quizá parecían pequeñas cuando sucedieron, pero con el tiempo he aprendido a darles su verdadero valor.

También agradezco a quienes me han enseñado algo sin proponérselo. Personas que, por su manera de trabajar, de servir, de afrontar una dificultad o de tratar a los demás, me dejaron una enseñanza. Algunas quizá ni siquiera saben cuánto aprendí de ellas.

Cuando miro a quienes están cerca de mí, siento que tengo muchos motivos para agradecer. No porque todo haya sido perfecto, sino porque cada relación ha tenido sus momentos buenos y sus dificultades, sus alegrías y sus diferencias. Y aun así, cada persona ha dejado algo en mi historia.

Me gusta pensar en los rostros concretos, en los nombres, en las conversaciones que recuerdo.

Me vienen a la memoria personas que me han hecho bien y siento ganas de agradecer por haberlas encontrado en mi camino. Algunas siguen cerca; otras están lejos; algunas ya no forman parte de mi vida cotidiana. Pero lo vivido con ellas permanece.

También quiero agradecer más mientras tengo a las personas delante. Decirles que las aprecio. Reconocer lo que hacen por mí.

Darles las gracias por su paciencia, por su amistad, por su compañía, por su confianza o simplemente por haber estado.

Yo sé lo bien que se siente recibir una palabra sincera de reconocimiento. Por eso quiero aprender a expresarla. No esperar una despedida, una fecha especial o una ocasión extraordinaria.

Quiero mirar a las personas que tengo delante con más gratitud. Porque cuando lo hago, descubro que mi vida está llena de nombres, rostros y recuerdos que me han acompañado y me han ayudado a ser quien soy.

Y por todo eso, sencillamente: “Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes.” (Fil 1,3)

Señor, gracias por las personas que has puesto en mi camino. Gracias por quienes me han acompañado, por quienes me han ayudado y por quienes han compartido conmigo momentos que guardo con cariño.

Gracias por las palabras recibidas, por los gestos sencillos y por tantas muestras de afecto que quizá no siempre he sabido valorar.

Enséñame a mirar con más atención a quien tengo delante y a reconocer el bien que encuentro en cada persona.

Dame un corazón agradecido para decir a tiempo una palabra de cariño, de reconocimiento y de gratitud. Que nunca dé por sentado el regalo de las personas que forman parte de mi vida.

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P. Óscar

23/09/2026

Una vida con sentido se descubre viviendo

Cada día tengo muchas cosas que hacer: trabajo, responsabilidades, cosas pendientes, personas con las que compartir y también preocupaciones que a veces me quitan tranquilidad.

Mi vida no es perfecta ni siempre sale como quisiera, pero es en medio de todo eso donde voy descubriendo para qué estoy aquí.

A veces pienso que para encontrarle sentido a mi vida tendría que hacer algo grande. Pero cuando miro con más calma, me doy cuenta de que muchas veces está en cosas muy sencillas: estar para alguien, escuchar, ayudar en la casa, cumplir con mi trabajo, visitar a una persona, escribir una meditación, llamar a alguien que está pasando por un momento difícil o simplemente compartir un rato con quien quiero.

También hay días en los que estoy cansado y no tengo ganas de hacer mucho. Hay responsabilidades que pesan y situaciones que quisiera evitar. Sin embargo, sigo adelante.

Hago lo que puedo y trato de cumplir con lo que me corresponde. Y eso también tiene sentido: aprender a ser fiel en lo pequeño, incluso cuando no tengo ganas.

No siempre sé exactamente qué quiero para mi vida. Hay cosas que todavía estoy aprendiendo y otras que he tenido que aceptar.

Me he equivocado, he tomado malas decisiones y también he tenido que comenzar de nuevo. Todo eso forma parte de mi historia. No necesito tener la vida resuelta para poder vivirla con sentido.

Como cristiano, sé que no camino solo, creo que Dios está presente también en estas cosas sencillas de cada día: cuando oro cuando todo va bien, sino también cuando estoy enfermo o con problemas, cuando debo tomar una decisión, cuando me toca perdonar o cuando necesito seguir adelante aunque esté cansado.

Hoy puedo preguntarme qué puedo hacer con la vida que tengo. A quién puedo ayudar, a quién puedo escuchar, qué responsabilidad puedo asumir mejor, qué puedo cambiar en mí y qué puedo agradecer.

Quizá el sentido de la vida no se encuentra de una vez. Lo voy descubriendo poco a poco, mientras vivo. Está en las personas que amo, en lo que hago, en lo que aprendo y también en las dificultades que voy enfrentando.

Quiero aprender a mirar mi vida así: sin esperar que todo sea perfecto para sentir que vale la pena. Tengo una vida concreta, con cosas buenas y otras difíciles.

Y cada día tengo la oportunidad de vivirla un poco mejor, con Dios, con los demás y con el deseo de hacer el bien. Como dice la Escritura: “Todo lo que puedas hacer, hazlo mientras tengas fuerzas.” (Ecl 9,10)

Señor, gracias por la vida que me has regalado y por cada día que pones delante de mí.

Ayúdame a descubrir su sentido en las cosas sencillas: en las personas que amo, en mis responsabilidades, en el servicio y en cada oportunidad de hacer el bien.

Dame un corazón atento para valorar lo que tengo y sabiduría para saber cómo vivir cada momento.

Cuando esté cansado o preocupado, dame fuerzas para seguir haciendo lo que me corresponde.

Enséñame a confiar en ti y a vivir mi vida con sencillez, amor y esperanza. Que mis palabras y mis acciones puedan hacer algún bien a quienes encuentre en mi camino.

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P. Óscar

07/09/2026

Aprender a convivir

Señor Jesús, hay personas con las que me cuesta hablar cuando algo me ha molestado. A veces prefiero guardar silencio, tomar distancia y dejar que pasen los días, aunque sé que por dentro sigo pensando en lo ocurrido.

Puedo seguir tratando a la persona con normalidad, pero algo queda ahí, sin resolver. Tú me dices: “Si tu hermano ha pecado contra ti, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano” (Mt 18,15).

Ayúdame a dar ese paso, quiero hablar directamente, con sencillez, sin hacer más grande el problema y sin buscar que otros tomen partido.

Cuando una situación no se resuelve fácilmente, me recuerdas: “Si no te escucha, toma contigo uno o dos más, para que todo asunto quede decidido por la palabra de dos o tres testigos” (Mt 18,16).

Dame serenidad para saber cuándo necesito ayuda y prudencia para no ir contando a otros lo que debería resolver primero con la persona. Que no use una dificultad como motivo para reunir apoyos a mi favor.

“Si no me escucha, dilo a la comunidad. Y si ni siquiera escucha a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano” (Mt 18,17). Señor, quiero cuidar las relaciones que forman parte de mi vida.

Sé que puedo tener diferencias con otros, que puedo equivocarme y que los demás pueden pensar distinto. Ayúdame a afrontar esas situaciones con madurez y respeto. Quiero aprender a convivir sin esperar que todos piensen o actúen como yo.

Hay cosas que puedo seguir cargando durante mucho tiempo: una molestia, una decepción, una palabra que no olvido. A veces creo que ya lo superé, pero basta recordar lo sucedido para volver a sentir la misma incomodidad.

Tú me dices: “Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18).
Ayúdame a desatar aquello que sigo reteniendo.

Quiero perdonar de verdad, no simplemente decir que perdono. Quiero dejar de alimentar dentro de mí una situación que ya pasó y recuperar la libertad para relacionarme de nuevo con esa persona.

“Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en los cielos se lo concederá” (Mt 18,19). Señor, enséñame a buscar acuerdos. Que no quiera imponer siempre mi manera de pensar ni necesite tener la última palabra.

Dame la capacidad de escuchar, de reconocer cuando me equivoco y de ceder cuando hacerlo ayude a conservar una relación. Que pueda valorar más la paz que mi orgullo.

Y cuando me cueste acercarme, quiero recordar tus palabras: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Quédate en medio de mis relaciones, Jesús.

Ayúdame a hablar cuando tenga que hablar, a escuchar cuando tenga que escuchar y a perdonar cuando llegue el momento. Que no permita que una diferencia termine separándome de alguien importante para mí.

Que mi fe se note en la manera como trato a los demás. Y si alguna vez soy yo quien ha fallado, dame la humildad para reconocerlo y acercarme. Quiero ganar al hermano, como tú me enseñas, y cuidar las relaciones que forman parte de mi vida.

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P. Óscar

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