24/05/2026
Vivo Pentecostés
Señor Jesús, hoy día de Pentecostés quiero ponerme ahí y acompañarte en ese momento en que llegaste donde estaban reunidos los discípulos (Jn 20,19).
No llegaste haciendo ruido ni imponiéndote.
Simplemente te hiciste presente en medio de ellos y les dijiste: “La paz esté con ustedes” (Jn 20,19).
Y qué bonito pensar que esas palabras siguen siendo actuales. Porque también hoy necesito tu paz en mi vida diaria: en mi mente cuando tengo demasiadas cosas que resolver, en mi corazón cuando me lleno de impaciencia y en mis relaciones cuando me cuesta reaccionar con calma.
Gracias, Jesús, porque siempre das paz antes que reproches. Aun sabiendo que tus discípulos habían pasado días difíciles, no llegaste a humillarlos ni a recordarles sus fallas.
Llegaste regalando tranquilidad, esperanza y confianza.
Y eso me ayuda mucho, porque a veces yo mismo soy demasiado duro conmigo. Me exijo demasiado, me complico demasiado o pienso que tengo que tener todo resuelto para sentirme bien. Pero hoy me recuerdas simplemente que estás conmigo.
Tu Palabra dice que los discípulos “se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20). Y yo también quiero vivir una fe que dé alegría de verdad.
No una alegría exagerada o fingida, sino esa alegría sencilla que nace cuando uno siente que no camina solo.
Gracias porque hay muchas maneras en que te haces presente en mi vida: en las personas que me quieren bien, en los momentos de tranquilidad, en las oportunidades nuevas, en las conversaciones que me animan y también en esos pequeños momentos donde vuelvo a sentir esperanza.
Jesús, hoy también me llama la atención que mostraste tus manos y tu costado (Jn 20,20). No escondiste tus heridas.
Y eso me enseña mucho. Porque me haces entender que las heridas de la vida no tienen por qué volverme amargado o cerrado.
Contigo, incluso las experiencias difíciles pueden transformarse en crecimiento, madurez y compasión hacia los demás.
Señor, ayúdame a no quedarme encerrado en lo negativo. Ayúdame a mirar también todo lo bueno que sí has hecho en mi vida. Porque a veces me concentro tanto en lo que falta que dejo de agradecer lo que ya tengo.
Tu Palabra dice: “Den gracias a Dios en toda ocasión” (1Tes 5,18). Y hoy quiero hacerlo sinceramente.
Gracias por la vida. Gracias por las personas que caminan conmigo. Gracias por las veces que me has levantado sin que yo mismo me diera cuenta.
Jesús, después dijiste: “Como el Padre me envió, así también los envío yo” (Jn 20,21). Y eso me hace pensar que la fe no es solo para guardarla dentro de mí.
Tú también me envías a transmitir paz, paciencia y esperanza a los demás en lo cotidiano. En mi manera de hablar. En cómo trato a mi familia. En cómo reacciono cuando algo no sale como quiero. En cómo escucho, ayudo y acompaño.
Hoy quiero pedirte que mi fe se note más en mis actitudes sencillas que en las palabras bonitas.
Y cuando soplaste sobre los discípulos y dijiste:
“Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), también pensé en cuánto necesito yo tu Espíritu cada día.
Espíritu Santo, dame serenidad para no vivir acelerado por dentro. Dame sabiduría para tomar buenas decisiones. Dame paciencia para no reaccionar mal tan rápido. Y dame alegría para vivir con más sencillez y menos preocupación.
Tu Palabra dice: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia y bondad” (Gal 5,22). Eso es lo que deseo para mi vida, Señor. No una vida perfecta, sino un corazón más tranquilo, más agradecido y más lleno.
Gracias, Jesús, porque sigues entrando en medio de mi vida como entraste aquel día en el lugar donde estaban reunidos los discípulos (Jn 20,19).
Lee, medita, ora y comparte
P. Óscar