02/10/2026
Valoro de corazón cuando aprendo a recibir una corrección
Agradezco cuando alguien me habla con sinceridad y me hace ver algo que puedo mejorar. No siempre lo recibo de la misma manera.
Hay cosas que me cuesta escuchar, especialmente cuando yo estaba convencido de haber actuado correctamente.
En esos momentos puedo sentirme incómodo, pero después, cuando lo pienso con más calma, muchas veces descubro que aquella palabra tenía algo que decirme.
Recuerdo correcciones concretas que me han ayudado. Alguna manera de responder, una actitud que quizá no había notado o una forma de hacer las cosas que podía mejorar.
En el momento no siempre me agradó escucharlo. Después pude reconocer que me habían hecho un bien. Hay cosas que no veo de mí mismo hasta que alguien me se las señala.
Pero también me ha pasado lo contrario. Hay correcciones que escucho y sé que no corresponden a la realidad.
Puedo pensar en lo que ocurrió y tener claro que esa persona está interpretando mal una situación o está viendo algo desde su propia perspectiva. En esos casos no tengo por qué hacer mío lo que me dicen. Puedo escuchar con respeto, pensarlo y dejarlo allí.
Eso para mí es importante. Recibir una corrección no significa aceptar automáticamente todo lo que alguien diga de mí. Tampoco significa responder inmediatamente para demostrar que tengo razón.
Puedo escuchar, tomarme mi tiempo y discernir, algunas palabras las recibo porque sé que me ayudan, otras las dejo pasar porque sencillamente no son ciertas.
En mi vida de fe esto me ayuda a vivir con más libertad. Sé que Dios puede servirse de una persona para hacerme ver algo que necesito cambiar.
Pero también sé que necesito discernir. No todo comentario tiene que convertirse en una preocupación, ni toda opinión sobre mí merece ocupar un lugar dentro de mi corazón.
Me gusta pensar que puedo mantener las dos cosas: la humildad para reconocer mis errores y la libertad para no aceptar aquello que no corresponde a la verdad. Una cosa no contradice la otra.
Puedo equivocarme y reconocerlo. Puedo recibir una observación con gratitud. Y puedo también decirme tranquilamente: esto no es así y continuar adelante.
Al final, me quedo con aquello que realmente me ayuda a ser mejor. Lo que sea verdadero, lo recibo. Lo que pueda corregir, lo corrijo.
Y lo que no corresponda a la realidad, lo dejo atrás sin resentimiento. Esa manera de vivir me parece más libre, más sencilla y más cercana a lo que Dios quiere de mí: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno.”(1Tes 5,21)
Señor, dame un corazón sencillo para escuchar cuando alguien me corrige.
Ayúdame a reconocer con humildad aquello en lo que realmente necesito cambiar y a no justificarme por orgullo.
Dame serenidad para pensar antes de responder y honestidad para aceptar cuando otra persona tiene razón.
Dame también libertad para discernir, porque no toda corrección es verdadera ni todo lo que alguien dice sobre mí tengo que hacerlo mío.
Que pueda escuchar sin sentirme atacado, pensar con calma y quedarme con aquello que realmente me ayuda. Cuando me equivoque, dame la humildad para reconocerlo; cuando una corrección no sea cierta, dame paz para dejarla pasar.
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P. Óscar