24/09/2026
Valoro de corazón cuando escucho de verdad
Escuchar tiene para mí un valor que muchas veces descubro en cosas muy sencillas. Alguien me habla y yo puedo escuchar una historia, una preocupación, una opinión o simplemente unas palabras que esa persona quería compartir conmigo.
Quizá por eso prestar atención tiene tanto que ver con el respeto. Cuando doy espacio a lo que el otro expresa, le estoy reconociendo un lugar. No necesito tener una respuesta para todo ni encontrar siempre algo que decir. Hay ocasiones en las que mi presencia tranquila vale más que cualquier consejo.
Mi fe me ayuda a vivir esto de una manera sencilla. Cada persona tiene un valor que viene de Dios y merece ser tratada con dignidad.
Esa convicción puede cambiar algo tan cotidiano como mi manera de recibir a quien se acerca. No importa si tenemos la misma opinión, si conozco mucho a esa persona o si apenas compartimos unas palabras.
Me gusta pensar que el amor cristiano pasa por gestos concretos. Puedo tener buenas intenciones, rezar y querer vivir bien mi fe, pero todo eso necesita aparecer en mi trato con los demás.
Una conversación puede ser una de esas pequeñas oportunidades. Puedo dejar que el otro termine, respetar sus palabras y no convertir inmediatamente lo que me cuenta en algo sobre mí.
Cada persona lleva su propio camino. Yo puedo acompañar un momento, ofrecer una palabra si corresponde y guardar silencio cuando sea mejor. Eso me permite relacionarme con más sencillez.
También quiero cuidar a las personas cercanas, precisamente porque la familiaridad puede hacerme creer que ya sé lo que piensan o lo que van a decir.
Cada persona sigue teniendo cosas nuevas que compartir, aunque yo la conozca desde hace mucho tiempo.
Para mí, aquí aparece una forma muy concreta de vivir el mandamiento del amor: dar tiempo, atención y respeto puede parecer poco, pero cambia la calidad de un encuentro. Y cuando lo hago desde la fe, entiendo que estoy reconociendo en el otro algo que merece ser amado, servido y cuidado.
Quiero llevar esto a mi vida sin convertirlo en una tarea más. Tener presente que, cuando alguien se acerca y me habla, tengo delante una oportunidad pequeña de hacer el bien.
Recibir al otro con respeto, darle su espacio y estar verdaderamente presente puede ser una manera sencilla de dejar que el amor de Dios pase por mis gestos pues: “Si te gusta escuchar, aprenderás, y si prestas atención, llegarás a ser sabio.” (Eclo 6,33)
Señor, enséñame a recibir a las personas con un corazón atento y sereno. Que pueda darles un lugar en medio de mis ocupaciones y valorar lo que cada una quiera compartir conmigo.
Dame paciencia para dejar que las palabras lleguen a su ritmo y sabiduría para saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.
Que mi fe se refleje en la manera como trato a quienes encuentro cada día.
Ayúdame a no pasar de largo ante la persona que tengo delante y a descubrir en cada encuentro una oportunidad para amar, respetar y hacer el bien.
Que mis palabras, mis silencios y mis gestos transmitan siempre la dignidad que tú has puesto en cada ser humano.
Lee, medita, ora y comparte
P. Óscar