Hermanas Carmelitas del Divino Corazón de Jesús, Provincia de Nicaragua

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Hermanas Carmelitas del Divino Corazón de Jesús, Provincia de Nicaragua Congregación religiosa fundada por Beata Madre María Teresa de San José con presencia en: Managua, Bluefields, Puerto Cabezas, San Marcos y Tipitapa

24/09/2026

Valoro de corazón cuando escucho de verdad

Escuchar tiene para mí un valor que muchas veces descubro en cosas muy sencillas. Alguien me habla y yo puedo escuchar una historia, una preocupación, una opinión o simplemente unas palabras que esa persona quería compartir conmigo.

Quizá por eso prestar atención tiene tanto que ver con el respeto. Cuando doy espacio a lo que el otro expresa, le estoy reconociendo un lugar. No necesito tener una respuesta para todo ni encontrar siempre algo que decir. Hay ocasiones en las que mi presencia tranquila vale más que cualquier consejo.

Mi fe me ayuda a vivir esto de una manera sencilla. Cada persona tiene un valor que viene de Dios y merece ser tratada con dignidad.

Esa convicción puede cambiar algo tan cotidiano como mi manera de recibir a quien se acerca. No importa si tenemos la misma opinión, si conozco mucho a esa persona o si apenas compartimos unas palabras.

Me gusta pensar que el amor cristiano pasa por gestos concretos. Puedo tener buenas intenciones, rezar y querer vivir bien mi fe, pero todo eso necesita aparecer en mi trato con los demás.

Una conversación puede ser una de esas pequeñas oportunidades. Puedo dejar que el otro termine, respetar sus palabras y no convertir inmediatamente lo que me cuenta en algo sobre mí.

Cada persona lleva su propio camino. Yo puedo acompañar un momento, ofrecer una palabra si corresponde y guardar silencio cuando sea mejor. Eso me permite relacionarme con más sencillez.

También quiero cuidar a las personas cercanas, precisamente porque la familiaridad puede hacerme creer que ya sé lo que piensan o lo que van a decir.

Cada persona sigue teniendo cosas nuevas que compartir, aunque yo la conozca desde hace mucho tiempo.

Para mí, aquí aparece una forma muy concreta de vivir el mandamiento del amor: dar tiempo, atención y respeto puede parecer poco, pero cambia la calidad de un encuentro. Y cuando lo hago desde la fe, entiendo que estoy reconociendo en el otro algo que merece ser amado, servido y cuidado.

Quiero llevar esto a mi vida sin convertirlo en una tarea más. Tener presente que, cuando alguien se acerca y me habla, tengo delante una oportunidad pequeña de hacer el bien.

Recibir al otro con respeto, darle su espacio y estar verdaderamente presente puede ser una manera sencilla de dejar que el amor de Dios pase por mis gestos pues: “Si te gusta escuchar, aprenderás, y si prestas atención, llegarás a ser sabio.” (Eclo 6,33)

Señor, enséñame a recibir a las personas con un corazón atento y sereno. Que pueda darles un lugar en medio de mis ocupaciones y valorar lo que cada una quiera compartir conmigo.

Dame paciencia para dejar que las palabras lleguen a su ritmo y sabiduría para saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Que mi fe se refleje en la manera como trato a quienes encuentro cada día.

Ayúdame a no pasar de largo ante la persona que tengo delante y a descubrir en cada encuentro una oportunidad para amar, respetar y hacer el bien.

Que mis palabras, mis silencios y mis gestos transmitan siempre la dignidad que tú has puesto en cada ser humano.

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P. Óscar

14/08/2026
10/08/2026

Sálvame Señor

Hay una palabra que necesito aprender a escuchar cuando algo dentro de mí pierde firmeza: confianza. No siempre me resulta fácil confiar.

Puedo tener fe y, al mismo tiempo, sentir inseguridad; puedo saber que Dios está conmigo y aun así dejarme llevar por lo que estoy viviendo.

Por eso me ayuda detenerme en Pedro, en aquella noche en que salió de la barca para acercarse a Jesús sobre el agua.

Señor Jesús, tus discípulos estaban en la barca, intentando llegar a la otra orilla. Tú estabas a solas para orar y ellos avanzaban en medio del lago.

El viento se hizo fuerte y las olas golpeaban la barca (Mt 14,22-24). También yo puedo encontrarme haciendo lo que debo hacer y, de pronto, sentir que algo se complica. Puedo perder serenidad y comenzar a confiar más en lo que veo que en ti.

Por eso necesito escuchar tu palabra: “¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo” (Mt 14,27). Jesús, quiero creer en ti aunque las circunstancias todavía no hayan cambiado.

Quiero aprender a reconocer tu presencia sin exigir primero que todo se resuelva. A veces busco tranquilidad antes de confiar, cuando necesito aprender a confiar para encontrar tranquilidad.

Pedro te dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti” (Mt 14,28). Tú le respondes: ven” (Mt 14,29). Pedro baja de la barca y comienza a caminar hacia ti.

Señor, yo también necesito escucharte, quiero acercarme a ti con mis responsabilidades, mis preocupaciones y mis dudas.

Quiero confiar en tu Palabra y dar los pasos que me corresponden, aunque todavía no tenga todas las respuestas. Quiero dejar de exigirle a la vida una seguridad que solamente tú puedes darme.

Pedro mira el viento, tiene miedo y empieza a hundirse. Entonces te grita: “¡Señor, sálvame!” (Mt 14,30).

Jesús, esa oración también quiero hacerla mía. Cuando mis fuerzas no basten, cuando pierda la serenidad o una preocupación ocupe demasiado espacio dentro de mí, quiero acudir a ti: Señor, sálvame.

Y tú extiendes la mano y sostienes a Pedro (Mt 14,31). Señor, quiero confiar en esa mano.

Pedro tuvo miedo y aun así tú lo sostuviste. Yo también puedo acudir a ti cuando mi confianza sea pequeña. No necesito presentarme ante ti como alguien que tiene todo resuelto. Puedo reconocerte mi debilidad y dejar que seas tú quien me sostenga.

Cuando las dificultades me hagan perder la calma, que tu Palabra tenga más fuerza en mí que aquello que me preocupa.

Cuando vuelva a mirar demasiado el viento, hazme recordar que tú estás delante de mí. Que mi primera reacción no sea encerrarme en mis preocupaciones, sino volverme hacia ti.

Después subes a la barca y el viento se calma. Los discípulos reconocen: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14,32-33).

Jesús, yo también quiero reconocerte así. Quiero confiar en ti cuando todo está tranquilo y cuando atravieso dificultades. Quiero saber que mi fe no depende de sentirme siempre fuerte ni de tener todas las respuestas.

Dame una confianza sencilla, que pueda caminar cuando me llames, hacer lo que me corresponde y pedir ayuda cuando mis fuerzas no alcancen.

Y cuando sienta que estoy perdiendo firmeza, que pueda acudir a ti sin complicaciones y decirte con fe: Señor, sálvame.

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P. Óscar

22/07/2026

La mirada que permanece y confía

No siempre llego a Jesús lleno de certezas. Muchas veces llego porque el peso de la vida me supera.

Hay situaciones que no puedo resolver, personas a las que amo y no puedo ayudar como quisiera, heridas que siguen abiertas a pesar de mis esfuerzos.

Al contemplar a la mujer sirofenicia descubro que también ella llegó así. “Oyó hablar de Jesús, fue y se postró a sus pies” (Mc 7,25).

Me veo reflejado en ese gesto, también yo me arrodillo delante del Señor cuando ya no me quedan respuestas y solo me queda confiar.

Me impresiona la manera como Jesús la mira. Él no ve solamente a una mujer extranjera. Ve un corazón que ama, una madre que ha luchado por su hija y que no está dispuesta a rendirse.

Sin embargo, no le concede inmediatamente lo que pide. Escucho sus palabras: “Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perritos” (Mc 7,27).

Confieso que esas palabras me desconciertan. Si hubieran sido dirigidas a mí, quizá habría sentido deseos de marcharme.

Cuántas veces también yo he interpretado el silencio de Dios como si fuera distancia, cuando en realidad él sigue estando allí.

Al mirar a esta mujer descubro algo que me falta. Ella no deja que una respuesta difícil apague su confianza. No se ofende, no reclama, no rompe el diálogo con Jesús.

Permanece delante de él. Con una humildad que nace del amor responde: “Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”(Mc 7,28).

Mientras leo estas palabras, me doy cuenta de cuántas veces mi orgullo ha sido más grande que mi fe. Cuando las cosas no salen como espero, me desanimo, dejo de insistir o pienso que ya no vale la pena seguir orando.

Esta mujer me enseña que la humildad no consiste en pensar poco de mí, sino en pensar mucho en la bondad de Jesús.

Ella no confía en sus méritos; confía en el corazón del Señor. Eso es lo que yo también quiero aprender. Quiero creer que Jesús sigue siendo bueno incluso cuando no comprendo sus caminos, cuando sus tiempos no coinciden con los míos o cuando su respuesta tarda más de lo que deseo.

Entonces escucho a Jesús decirle: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc 7,29).

Comprendo que el Señor nunca había dejado de escucharla. Mientras ella perseveraba, él ya estaba preparando la respuesta.

También en mi vida muchas cosas han madurado en silencio. Solo con el paso del tiempo he descubierto que Dios no estaba ausente; estaba obrando de una manera que yo no alcanzaba a ver.

“Cuando volvió a su casa encontró a la niña acostada en la cama; el demonio la había dejado” (Mc 7,30). Me conmueve imaginar ese regreso.

Ella caminó sostenida únicamente por la palabra de Jesús. Eso quiero para mí, quiero salir cada día de mi oración con esa confianza sencilla.

Tal vez siga llevando los mismos problemas, las mismas preocupaciones y las mismas incertidumbres, pero ya no camino solo.

Jesús ha escuchado mi clamor. Él conoce el peso que llevo en el corazón y, aunque no siempre actúe como yo espero, nunca deja de mirar con amor a quien permanece delante de él con fe, humildad y esperanza.

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P. Óscar

20/07/2026

Cuidar mi semilla

Señor Jesús, al meditar la parábola del trigo y la cizaña me detengo ante tu manera de mirar la vida.

Tomas una escena sencilla del campo para revelarme el misterio del Reino. “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo” (Mt 13,24).

Me llama la atención que hablas de una semilla buena, de una siembra llena de esperanza. Así descubro que tu mirada sobre mi vida también parte del bien que has sembrado en mí.

Al mirar mi historia con tus ojos, descubro que mi vida está llena de semillas que vienen de ti.

Has sembrado la fe que recibí, las personas que me han acompañado, los momentos en los que experimenté tu presencia y tantas oportunidades en las que pude amar y servir. Y así, quiero detenerme y reconocer tu acción silenciosa en mi camino.

La parábola me recuerda que la buena semilla ha sido sembrada en un campo donde también aparece la cizaña: “Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue” (Mt 13,25).

Esta imagen me ayuda a comprender la realidad de mi vida. El camino de la fe no significa que todo sea fácil ni que desaparezcan las dificultades.

En mi corazón conviven deseos buenos, esfuerzos sinceros y también fragilidades que necesitan ser transformadas por tu gracia.

Pero lo que más me enseña esta parábola es tu paciencia. Los servidores quieren arrancar inmediatamente la cizaña, pero el dueño del campo responde: “Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha”(Mt 13,30).

Tú miras la vida con una sabiduría que muchas veces me cuesta comprender. Yo quisiera cambios rápidos, respuestas inmediatas y resultados visibles; tú sabes esperar el tiempo de la maduración.

Gracias, Señor, porque no abandonas el campo de mi vida cuando descubres aquello que todavía necesita ser purificado.

Continúas trabajando en silencio, fortaleciendo la buena semilla que has colocado en mí.

Tu paciencia no es indiferencia; es el amor de quien acompaña, sostiene y espera porque conoce el fruto que puede llegar a producir la gracia.

Me invitas a revisar mi manera de mirar a los demás. A veces puedo quedarme solamente con sus errores, con sus limitaciones o con aquello que me incomoda.

Enséñame a tener una mirada más parecida a la tuya. Tú sabes descubrir el bien que todavía está creciendo en cada persona, tú sabes esperar procesos que yo quisiera acelerar.

Señor Jesús, quiero cuidar la semilla que has sembrado en mi corazón. Quiero alimentarla con tu Palabra, fortalecerla con la oración y hacerla crecer con la caridad concreta de cada día.

Que no permita que las preocupaciones, el cansancio o las dificultades apaguen la esperanza que has puesto en mí.

Gracias porque sigues creyendo en la obra que realizas en mi vida. Gracias porque cada día vuelves a sembrar tu gracia y me invitas a dar fruto.

Haz que aprenda a mirar mi historia, a mirar a los demás y a mirar el mundo con tus ojos. Que al final de mi camino pueda ofrecerte una cosecha abundante de amor, fidelidad y entrega.

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P. Óscar

12/07/2026

Eres mi sembrador y yo tu terreno

Señor Jesús, eres el sembrador y descubro que estás hablando de mi vida, que has pasado por mi historia dejando la semilla de tu amor. “Salió el sembrador a sembrar” (Mt 13,3).

Antes de que yo pudiera buscarte, ya venías a mi encuentro. Antes de comprender tu amor, ya estabas sembrando tu Palabra en mí.

Cuando miro mi camino descubro semillas que has dejado en mi vida. Has sembrado en la oración, en el Evangelio, en la Eucaristía, en las personas que me han acompañado, en las alegrías y en las pruebas que me han hecho crecer. Nunca has dejado de sembrar, porque confías en que mi vida puede dar fruto.

Pero también reconozco que algunas veces he sido como el camino del que hablas: “Una parte cayó a lo largo del camino, y vinieron las aves y se la comieron” (Mt 13,4).

Tu Palabra ha llegado a mí, pero no siempre la he acogido con profundidad que merece. A veces la rutina, la prisa y las preocupaciones han impedido que penetre en mi corazón. Señor, dame un espíritu atento para escucharte y guardar tu Palabra.

También descubro momentos de terreno pedregoso: “El que recibió la semilla en terreno pedregoso es el que escucha la Palabra y la recibe con alegría, pero no tiene raíz” (Mt 13,20-21).

Cuántas veces he querido responderte con generosidad, pero después las dificultades han puesto a prueba mi fidelidad. Cuando llegan los cansancios y las pruebas, necesito recordar que mi fuerza viene de ti.

Señor, echa raíces profundas en mi corazón. Que mi fe no dependa solamente de mis sentimientos, sino de la certeza de que permaneces conmigo. Que pueda caminar a tu lado con fidelidad cuando seguirte exige entrega y confianza.

También me haces mirar las espinas: “La que cayó entre espinas son aquellos que oyen la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra” (Mt 13,22).

Señor, muchas veces mi corazón se llena de cargas que me quitan la paz. Ayúdame a ordenar mi vida y a no permitir que nada ocupe el lugar que solo tú mereces.

Libérame de todo aquello que ahoga tu presencia en mí. Que mis responsabilidades no me alejen de ti y que mis temores nunca sean más grandes que mi confianza en tu amor.

Y gracias, Señor, porque la parábola termina con esperanza: “Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: una ciento, otra sesenta, otra treinta” (Mt 13,8). Tú no siembras para que la semilla se pierda, siembras porque esperas una cosecha.

Quiero ser tierra buena. Quiero vivir lo que dices: “Lo sembrado en tierra buena es el que escucha la Palabra y la comprende; este sí da fruto” (Mt 13,23).

Que tu Palabra transforme mi manera de pensar, de amar y de servir. Que produzca en mí frutos de misericordia, alegría, paciencia y fidelidad.

Señor Jesús, sigue sembrando en mí. Trabaja la tierra de mi corazón con tu amor. Que nunca me acostumbre a tu presencia ni deje perder la semilla que depositas en mi vida. Haz que toda mi vida sea una respuesta agradecida a tu amor.

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P. Óscar

11/07/2026

La mirada vocacional de Jesús y su sueño para mi

Cada vez que contemplo la vocación de Mateo, siento que el Evangelio me invita a detenerme en un encuentro que transformó una vida para siempre.

Todo sucedió de una manera sorprendentemente sencilla. “Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de los impuestos, y le dijo: Sígueme” (Mt 9,9). Me impresiona pensar que todo comenzó porque Jesús lo vio.

Quiero permanecer un momento en esa mirada. Mateo no era un desconocido para Jesús. Él sabía quién era, conocía su trabajo, su historia, las opiniones que muchos tenían sobre él y, aun así, se acercó para llamarlo.

Descubro que el Señor no mira las apariencias ni deja que mi pasado decida mi futuro. Su mirada siempre abre un camino nuevo.

También imagino a Mateo levantando la vista. Para seguir a Jesús tuvo que mirarlo. No bastaba escuchar una voz; era necesario encontrarse con aquellos ojos que transmitían confianza y esperanza.

Me pregunto cuántas veces Jesús pasa cerca de mí y yo permanezco distraído, ocupado en mis propios asuntos, sin levantar la mirada para descubrir que Él está llamando a la puerta de mi corazón.

El Evangelio continúa con una frase breve, pero llena de fuerza: “Él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9). No aparecen dudas, excusas ni condiciones.

Mateo comprendió que la oportunidad de su vida estaba delante de él y decidió responder. Esa respuesta me cuestiona profundamente.

Seguir a Jesús siempre implica levantarme de aquello que me mantiene inmóvil: mis seguridades, mis miedos, mis rutinas o mi comodidad.

Me conmueve pensar que Jesús no obligó a Mateo. Le dirigió una invitación y esperó su respuesta. El amor nunca se impone.

El Señor sigue pronunciando ese mismo “Sígueme” (Mt 9,9), esperando que mi libertad responda con generosidad.

Después del llamado, “Mateo le ofreció un gran banquete en su casa” (Lc 5,29). Comprendo que quien ha encontrado a Jesús no puede guardar esa alegría solo para sí.

El encuentro con Él transforma el corazón y despierta el deseo de compartirlo con los demás.

Hoy deseo reconocer que mi vocación también comienza cuando dejo que Jesús me vea y cuando yo decido mirarlo con un corazón abierto.

Quiero escuchar de nuevo aquella palabra que cambió la vida de Mateo: “Sígueme” (Mt 9,9).

Y quiero responder como él, sin retrasos ni reservas: levantarme, caminar detrás de Jesús y permitir que toda mi vida sea una respuesta agradecida a su llamada.

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P. Óscar

10/07/2026

Miro tu Divina Providencia

Hay momentos en que mi corazón se llena de inquietudes. Pienso en el mañana, en lo que falta, en aquello que no puedo controlar.

Entonces vuelvo a escuchar tu voz, Señor, que me habla con una ternura que disipa mis temores: “No anden preocupados por su vida” (Mt 6,25).

No es una invitación a vivir despreocupadamente, sino a descansar en la certeza de que mi vida está en tus manos.

Cuando contemplo la creación descubro que todo habla de tu amor. Tú mismo me dices: “Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros; y, sin embargo, el Padre que está en el cielo las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?” (Mt 6,26).

Qué fácil es olvidar cuánto valgo para ti. Muchas veces mido mi vida por mis éxitos, mis errores o mis limitaciones, cuando tú la mides por el amor con que me has creado y sostenido cada día.

También me invitas a mirar con calma: “Observen cómo crecen los lirios del campo” (Mt 6,28). Ellos no viven angustiados por el futuro y, sin embargo, reciben tu cuidado.

Yo deseo aprender esa confianza sencilla. Sé que trabajar, amar, servir y cumplir mis responsabilidades es parte de mi misión, pero también comprendo que la preocupación excesiva nunca añade un solo instante de paz.

Como tú preguntas: “¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?” (Mt 6,27).

Hoy quiero agradecerte por la vida, por mi vocación, por las personas que has puesto a mi lado, por lo que tengo y también por aquello que todavía espero.

Cuando mi corazón agradece, descubre que tu Providencia nunca ha dejado de acompañarme. Quizá no siempre has respondido como yo imaginaba, pero jamás me has abandonado.

También quiero valorar tu presencia. Tú me ves siempre. Conoces mis alegrías, mis luchas, mis cansancios y mis esperanzas. No camino solo.

Y mientras descubro que tú me miras con amor, también quiero aprender a mirarte a ti en cada acontecimiento, en la oración silenciosa, en el Evangelio, en la Eucaristía, en el Sagrario y en cada hermano.

Mi vida cambia cuando dejo de fijar los ojos en mis preocupaciones y los pongo en tu rostro.

Por eso deseo vivir lo que me enseñas: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

Si tú ocupas el primer lugar, todo encuentra su lugar. Mi corazón deja de vivir dominado por el miedo y aprende a caminar sostenido por la esperanza.

Hoy quiero vivir un día a la vez. Tú me recuerdas con sabiduría: “No se preocupen por el mañana, porque el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su propio afán” (Mt 6,34).

Quiero confiar más, agradecer más, contemplar más y preocuparme menos. Sé que mi Padre celestial conoce lo que necesito antes de que yo lo pida, y esa certeza basta para devolver la paz a mi corazón.

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P. Óscar

09/07/2026

Las miradas de Jesús

Cuando contemplo el Evangelio, descubro que muchas personas encontraron una vida nueva porque Jesús las miró.

Su mirada llegaba donde nadie más podía llegar. No se detenía en las apariencias; alcanzaba el corazón.

Hoy deseo permanecer en silencio delante de él y dejar que su mirada también transforme mi vida.

Pienso en Simón Pedro. Después de negarlo tres veces, en el momento más doloroso de su vida, “el Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro” (Lc 22,61).

Aquella mirada no lo humilló; le recordó cuánto era amado. Pedro lloró amargamente, pero esas lágrimas fueron el comienzo de una vida renovada.

Cuando yo caigo o me alejo del bien, también necesito encontrar esos ojos llenos de misericordia que me invitan a levantarme.

Contemplo al joven rico. El Evangelio dice: “Jesús lo miró con amor” (Mc 10,21). Antes de pedirle que dejara sus riquezas, Jesús le regaló una mirada llena de cariño. Comprendo que Dios nunca deja de amarme, incluso cuando me cuesta responder a su llamada. Toda invitación del Señor nace primero de su amor.

Recuerdo a Zaqueo, escondido entre las ramas de un árbol. Nadie esperaba que Jesús reparara en él. Sin embargo, “cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19,5).

Qué hermoso descubrir que el Señor siempre levanta la mirada para encontrar a quien otros han dejado de mirar. Él desea entrar también en mi casa y permanecer conmigo.

Pienso en Mateo, sentado en el lugar donde cobraba los impuestos. Jesús pasó, lo vio y simplemente le dijo: “Sígueme” (Mt 9,9).

Bastó esa mirada y esa palabra para cambiar toda una existencia. También a mí me sigue llamando cada día a dejar lo que me impide caminar con libertad y a seguirlo con un corazón disponible.

Recuerdo a la mujer sorprendida en adulterio. Mientras todos mantenían la vista puesta en su pecado, Jesús la defendió y finalmente le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Jn 8,11).

Su mirada no ignoró la verdad, pero estuvo llena de misericordia. Él siempre abre un camino nuevo para quien desea comenzar de nuevo.

También contemplo a Bartimeo. Sentado al borde del camino, gritaba con todas sus fuerzas hasta que Jesús se detuvo y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51).

El Señor vio su necesidad, escuchó su clamor y le devolvió la vista. Comprendo que nunca soy invisible para Él. Mis sufrimientos, mis esperanzas y mis luchas siempre encuentran espacio en su corazón.

En mi vida cotidiana, quiero vivir bajo la mirada de Jesús.

La mirada que fortaleció a Pedro, que amó al joven rico, que buscó a Zaqueo, que llamó a Mateo, que levantó a la mujer pecadora y que devolvió la esperanza a Bartimeo.

Si permito que esos ojos se encuentren con los míos, también aprenderé a mirar a los demás con la compasión, la paciencia y el amor con que él mira a cada persona.

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P. Óscar

Ora por mí en estos Ejercicios Espirituales.

Te iré compartiendo poco a poco lo vivido para que estemos unidos en oración.

03/07/2026

Mi mente y mi cuerpo

Hoy quiero detenerme un momento y mirar un regalo que con frecuencia doy por sentado: mi propia vida.

No hablo solo de los años que Dios me ha concedido, sino de este cuerpo que me permite seguir caminando, trabajar, abrazar, servir y disfrutar de las personas que amo.

También pienso en mi mente, en ese espacio interior donde nacen mis pensamientos, mis decisiones y mi relación con Dios. Comprendo que cuidar ambos es una forma concreta de agradecer el don de la vida.

Con el paso de los años he aprendido que la salud física y mental son un tesoro. Hoy convivo con enfermedades crónicas que me recuerdan cada día que no soy invencible.

Al principio me costó aceptar que mi cuerpo ya no responde como antes y que hay limitaciones que no desaparecerán simplemente porque yo lo desee.

Sin embargo, también he descubierto que mis enfermedades no definen quién soy ni puede robarme la esperanza. Sigue habiendo mucho bien que puedo hacer y mucha vida que puedo agradecer.

Con el tiempo comprendí que cuidar de mí mismo es un acto de responsabilidad. Dormir bien cuando es posible, alimentarme con equilibrio, mantenerme activo según mis posibilidades, seguir los tratamientos que necesito y proteger mi paz interior forman parte del amor que debo tener por la vida que Dios me ha confiado.

No siempre puedo evitar el dolor, el cansancio o las limitaciones propias de mis enfermedades. Hay días buenos y otros más difíciles. Aun así, cada mañana puedo decidir cómo vivir lo que me toca.

Entiendo que mi paz interior necesita cuidado, si dejo que la ansiedad, el miedo o la incertidumbre gobiernen mi corazón, termino agotándome más que por la misma enfermedad.

En cambio, cuando hago espacio para el silencio, la oración, el descanso y la gratitud, encuentro una serenidad que ninguna medicina puede ofrecer por sí sola.

Ninguna riqueza puede comprar una noche de sueño tranquilo, una conciencia en paz o un corazón agradecido.

Por eso quiero seguir cuidando mi cuerpo y mi mente con los medios que tengo, sin exigirme perfección ni desanimarme por mis limitaciones.

Mientras Dios me conceda un nuevo día, seguiré encontrando motivos para agradecer, para amar y para servir.

Mis enfermedades forman parte de mi historia, pero no son toda mi historia. Mi vida sigue siendo un regalo, y cada día quiero honrar al Señor viviendo con serenidad, responsabilidad y esperanza.

Sé que: “El corazón alegre favorece la salud, pero un espíritu abatido seca los huesos.”(Prov 17, 22).

Señor, te doy gracias por el don de mi vida. Gracias por el cuerpo que me has regalado y por la mente con la que puedo pensar, amar y servir.

Tú conoces mis enfermedades crónicas, mis limitaciones y los días en que el cansancio o el dolor pesan más de lo que quisiera. No te pido vivir sin dificultades, sino aprender a vivirlas contigo.

Dame la sabiduría para cuidar mi salud con responsabilidad, la paciencia para aceptar aquello que no puedo cambiar y la fortaleza para aprovechar cada día que me concedes. Que nunca pierda la paz ni la esperanza.

Ayúdame a descubrir tu presencia en quienes me cuidan, en los tratamientos que recibo y en cada pequeño motivo para sonreír.

Haz que mis enfermedades no cierren mi corazón, sino que lo hagan más compasivo, más humilde y más agradecido.

Mientras tenga vida, quiero seguir amando, sirviendo y confiando en que tu gracia me sostiene. En tus manos pongo mi presente y mi futuro, con la certeza de que nunca caminas lejos de mí.

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P. Óscar

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