24/08/2026
David aparece en la Escritura cuando todavía nadie imaginaba lo que Dios haría con él: era el menor de los hijos de Isaí y estaba cuidando ovejas en Belén. Mientras los hombres miraban apariencias, Dios miró su corazón y Samuel lo ungió como futuro rey (1 S. 16:1-13).
Después vinieron el arpa, el palacio de Saúl, Goliat, la amistad con Jonatán, las victorias militares y la persecución de un rey consumido por los celos. David aprendió a esperar: aunque había sido ungido, no tomó el trono por su propia mano. Finalmente fue coronado rey de Judá y, años después, sobre todo Israel. Conquistó Jerusalén y recibió la promesa de un reino duradero (2 S. 2–7).
Pero el hombre que venció gigantes cayó ante un pecado que parecía pequeño al principio: vio a Betsabé, adulteró con ella y después urdió la muerte de Urías. El pecado fue encubierto por un tiempo, pero Dios lo confrontó por medio de Natán. David se arrepintió, pero las consecuencias fueron terribles: violencia, conflictos y rebelión dentro de su propia casa.
Absalón se levantó contra su propio padre, David tuvo que huir de Jerusalén y finalmente lloró desconsoladamente la muerte de su hijo: «¡Hijo mío Absalón!».
Sus últimos días estuvieron marcados por debilidad, intrigas sucesorias y la preparación para que Salomón ocupara el trono. David murió anciano, después de una vida extraordinaria, pero profundamente marcada por la gracia y también por las consecuencias del pecado.
¿Qué aprendemos? David nos recuerda que Dios puede levantar al que nadie considera importante, usar al débil y perdonar al pecador arrepentido. Pero también enseña algo solemne: el pecado puede ser perdonado, pero no debemos jugar con sus consecuencias.
No basta comenzar bien. Hay que terminar dependiendo de Dios. Porque un hombre puede conquistar gigantes, ganar batallas y sentarse en un trono… y aun así necesitar diariamente la gracia de Dios.