13/09/2026
𝐷𝑢𝑙𝑐𝑒 𝑁𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑑𝑒 𝑀𝑎𝑟𝑖́𝑎 | 12 𝑑𝑒 𝑠𝑒𝑝𝑡𝑖𝑒𝑚𝑏𝑟𝑒.
«Y el nombre de la Virgen era María» (Lc 1,27).
La Iglesia celebra con particular amor el Dulce Nombre de María, contemplando en este nombre bendito a la mujer elegida por Dios para participar de manera singular en el misterio de nuestra salvación.
El Evangelio nos presenta a María desde el comienzo vinculada inseparablemente al misterio de Cristo. El ángel Gabriel fue enviado a una joven de Nazaret cuyo nombre era María (Lc 1,27), y a ella anunció el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Israel. En su seno virginal, por obra del Espíritu Santo, el Verbo eterno se hizo carne. Por eso, el nombre de María está íntimamente unido al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.
María es la llena de gracia (Lc 1,28), la humilde Sierva que respondió: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Su nombre nos conduce al misterio de aquella que es verdaderamente Madre de Dios, porque el Hijo que recibió en su seno es verdadero Dios y verdadero hombre. En María contemplamos, además, a la Madre que Jesús nos entregó al pie de la Cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).
Por eso, pronunciar con amor el nombre de María no significa apartarnos de Cristo, sino acercarnos a Él. Toda auténtica devoción mariana conduce al Señor, pues María nunca retiene para sí la mirada de sus hijos: siempre señala hacia Jesús, como en Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).
El Dulce Nombre de María es, para el pueblo cristiano, nombre de madre, de esperanza y de confianza. Bajo su amparo acudimos en nuestras alegrías y dificultades, seguros de que aquella que permaneció fiel junto a la Cruz continúa acompañando maternalmente a la Iglesia en su peregrinar hacia Cristo.
Que esta celebración nos enseñe a amar y honrar el santo nombre de María, no solamente con nuestros labios, sino imitando su fe, su humildad y su plena disponibilidad a la voluntad de Dios.
Oración
Dulce María, Madre de Dios y Madre nuestra, intercede por nosotros ante tu Hijo Jesús. Enséñanos a vivir como tú, con un corazón humilde y fiel, para que nuestra vida sea siempre un «sí» a Dios y nuestro camino nos conduzca finalmente al encuentro eterno con Cristo. Amén.