Capilla María Auxiliadora, Ciudad de Granada

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Capilla María Auxiliadora, Ciudad de Granada Templo católico dedicado a la Santísima Virgen María Auxiliadora, consagrado el 15 de abril de 1922.

La Capilla está bajo el cuidado de los Salesianos de Don Bosco, presentes en Nicaragua desde 1912.

MARTES XXVII TIEMPO ORDINARIOLc 10, 38-42.En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo rec...
06/10/2026

MARTES XXVII TIEMPO ORDINARIO
Lc 10, 38-42.
En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude".

El Señor le respondió: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará".

* El Señor nos da una lección muy especial, nos hace ver que nuestra humanidad no está reñida con la santidad, el tener amigos entrañables, el sentirnos amados y acogidos y corresponder a estas atenciones, es propio del estilo cristiano; si esto falta, la santidad está fallando en algo esencial. Tener estas actitudes con nuestros semejantes, inclusive con Dios, debe ser lo más natural, no debemos sentirlo como una obligación o imposición, debe brotar como lo más natural y con alegría, a ejemplo del Señor y de nuestra Madre Santísima.

El servicio y atención amable debe ser una tónica habitual en nuestra conducta como cristianos que decimos ser. Ciertamente, en el camino de la santidad no hay dos santos iguales, así como estas dos hermanas que ambas aman al Señor y lo quieren atender con su manera particular de ser. Tal vez, la respuesta del Señor a Marta, no es tanto un reproche, sino el hacerle ver que cada quien tiene su particularidad y a la vez, la misma importancia; es decir: Sentirse amadas por Dios y desde su singularidad responder a ese amor. No hay que perder la paz a la hora de realizar lo que nos corresponde, sin perder de vista la presencia del Señor; hacemos lo que nos toca con cariño, sin reclamos, aunque nadie esté, valore o tenga en cuenta nuestro esfuerzo; en la discreción es donde se manifiesta la grandeza del ser y eso no pasa desapercibido a los ojos del Señor.

En nuestro mundo actual, no solo las secuelas de las epidemias y pandemias, sino también la basura, la explotación y destrucción indiscriminada de los recursos naturales, los virus y las bacterias de toda la vida y los que van surgiendo, contaminan, enferman y matan a la humanidad; pero además, estamos gravemente abrumados y enfermos por el ruido: el estruendo de las máquinas, el bullicio del tráfico, la música estridente (incluso la de los eventos religiosos), el abuso de la comunicación virtual y los reuniones “on line” sin límites de horarios. Hemos matado el silencio, ya no sabemos escuchar. Todos hablamos, reclamamos, protestamos, exigimos, imponemos nuestros criterios, avasallamos violentamente a los demás imponiendo a gritos destemplados nuestro pobre y desacertado punto de vista. Nadie escucha, por consiguiente, no hay comunicación, no hay entendimiento, no hay comprensión y sigue la espiral del caos que a todos nos engulle.

La intransigencia es nuestro gran defecto, nos ponemos nerviosos ante lo que no nos gusta, ante lo que no coincide con nuestros esquemas mentales; enseguida queremos juzgar, condenar y extirpar. Solo en un paréntesis de silencio podremos examinar, conocer nuestra verdadera dimensión, revisar nuestra conducta, sopesar el pro y el contra de nuestros conflictos y tomar resoluciones acertadas que nos devuelvan el equilibrio en la vida. El Papa Pablo VI nos enseñó que “el verdadero diálogo, más que hablar a la mente del otro, consiste en escuchar con el corazón”. Necesitamos que el esposo, la esposa, el hijo, el que trabaja con nosotros pueda hacernos sentir sus sentimientos; así podremos sacar a la superficie lo mejor de ellos mismos y a la vez compartir lo mejor de nosotros.

Tampoco tenemos tiempo para escuchar a Dios, porque trasladamos a nuestra relación con Él, todo el vértigo de nuestra vida; nos cuenta San Lucas que, María dejó de lado sus quehaceres para escuchar a Jesús, de esta manera nos enseña que el activismo sin sentido, sin amor, sin conciencia de la presencia del Señor, fatiga y nos destruye. Recobraríamos la paz y el equilibrio, si hiciéramos silencio para abrirnos a Dios, la paciencia nos haría fuerte y la esperanza, alegres. A Él le toca juzgar lo que está bien y lo que está mal; no es un Dios ciego ni mudo ni impedido: Habla de muchos modos, nos mira, insinúa, sugiere, nos coloca señales en el camino, envía mensajeros cuando no entendemos sus señales. Él nos hizo y sabe bien lo que necesitamos.
“TOMEN MI YUGO SOBRE USTEDES Y APRENDAN DE MÍ, QUE SOY MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN, Y ENCONTRARÁN DESCANSO, PORQUE MI YUGO ES SUAVE Y MI CARGA LIGERA.” Mt 11,28-30.

**MAESTRO, ¿PODRÍAS HABLAR UN POCO MÁS ALTO PARA QUE ME ENTERE YO TAMBIÉN?
Sobre la anécdota de Marta y María, un tanto gastada por el uso, y, por lo demás, muy sencilla de interpretar (en la Iglesia deben complementarse la vida activa y la contemplativa), se ha hecho recientemente algún comentario jocoso; Marta habría estado más acertada si, en vez de protestar, hubiese dicho a Jesús: “Maestro, ¿podrían hablar un poco más alto para que me entere yo también?”

Probablemente en la mente de Jesús y en la del evangelista revolotea justamente esta intención. Hay mucho que hacer en el mundo por mejorarlo, por que funcione según el proyecto de Dios y en él se vayan manifestando los valores del Reino. Pero también los constructores de esta nueva humanidad deben estar atentos a la Palabra de Jesús, que será la que los siga motivando y orientando. ¿Habrá en las palabras de Jesús a Marta un cierto reproche al activismo, a un afán temporal que pueda llegar a perder su sentido de edificación de un mundo mejor? ¿habrá tal vez una crítica a la sociedad de la producción, de la eficacia inmediata y palpable, que tal vez olvida su motivación última?

Como Marta, ignoramos el tema de conversación de su hermana María con Jesús. Pero su largo departir, probablemente en voz muy baja, en un rincón de la casa, nos habla de la importancia del silencio, la reflexión, algo de soledad para estar con el Señor. Y eso era entonces tan necesario como ahora, o quizá no tanto como ahora, pues no había llegado la sociedad del estrés y de las prisas. Ya siglos antes, había lamentado el profeta Jeremías: “la tierra está desolada, porque nadie se recoge a reflexionar” (Jr 12,11). ¿Será posible la reflexión en nuestra sociedad, llena de ruidos, estímulos permanentes en nuestros sentidos…? Algunos temen la llegada no sólo de una generación superficial, sino de una generación de sordos ruidosos.

Todavía sigue habiendo en la Iglesia quienes cuestionan la forma de vida de los monasterios cartujos o trapenses, la de tantas monjas de clausura. En el peor de los casos consideran a esas personas como desencantadas de la vida, que acaban huyendo de todo. Esto a veces en abierta contradicción con la fascinación ejercida por prácticas oracionales extra cristianas, venidas de las viejas religiones asiáticas.

Tal vez haya en ellas mucho aprovechable; pero es muy deseable saborear antes lo de Jesús, acostumbrarnos a beber en nuestro riquísimo propio pozo, saber “perder el tiempo”, como María de Betania.

Y antes de concluir nuestra reflexión, será bueno que dirijamos una mirada rápida a la leyenda de Jonás, que va a tener buena resonancia en la predicación de Jesús (“Aquí hay algo superior a Jonás”: Lc 11,32). Por medio de Jonás se recuperó Nínive para la salvación; y Jesús está dispuesto a recuperar a nuestro mundo, que a veces nos parece perdido. Y a él hay que prestarle más atención que a Jonás.
**Severiano Blanco, cmf. / ciudadredonda.

*** LA MEJOR PARTE.
¿Está Jesús alabando la holgazanería? Claro que parece que la mejor parte es quedarse sentado escuchando y dejando que otros hagan… Y puede que la actitud de Jesús parezca algo injusta. ¡Pobre Marta! Se afanaba para que todo saliera bien… Y eso es muy bueno. Pero, como de costumbre, parece que Jesús va a algo más profundo. Se trata de elegir entre Dios y uno mismo. Se trata de no buscar todo el protagonismo para sí mismo, y de “quedar bien” haciendo mucho. Se trata de dejar aparcada la ansiedad… “tú te preocupas por muchas cosas…” Una sola es necesaria. Se trata de optar por lo más importante y dejar el protagonismo a Dios.

Y hay algo más en todo esto y la clave se nos da en la primera lectura. Los seguidores de Cristo se alegran de que, al fin, Pablo haya escogido la mejor parte. Que le haya llegado la gracia. Marta se resiente de que María haya escogido la mejor parte. Hay que pasar por encima de las comparaciones, el resentimiento y la envidia para alegrarse del bien de otros. María ha escogido lo mejor. Pablo ha escogido lo mejor. Pero la actitud de los de alrededor es muy distinta: entre el agradecimiento y el resentimiento. Alegrarse del bien del otro es principio de salvación, porque es celebrar la obra de Dios.

Por supuesto que Jesús no condena la actividad, que es necesaria. Pero busca el corazón, con pureza de intención y limpio de resentimientos. Dicen los padres de la Iglesia que siempre tiene que haber Martas y Marías: que se trata de buscar las manos de Marta, pero el corazón de María. Un corazón no centrado en la preocupación y la ansiedad, sino en la escucha de Cristo. La acción tiene que brotar de la escucha. La escucha debe llevar a la acción. Pero a Dios no es necesario impresionarle con las buenas obras o la mucha actividad: Él conoce el corazón, como dice el Salmo hoy: tú conoces cuando me siento y cuando me levanto… hasta lo más íntimo. Tú sabes si he elegido la mejor parte que eres Tú, aunque al hacerlo tenga que desarrollar mucha actividad, o he elegido la actividad, pero por mí mismo, y sin ti.
***Carmen Fernández Aguinaco / ciudadredonda.

📖 “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10, 25-37)Lunes de la 27.ª semana del Tiempo Ordinario.En el Evangelio de hoy (Lc 10, 25...
05/10/2026

📖 “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10, 25-37)
Lunes de la 27.ª semana del Tiempo Ordinario.

En el Evangelio de hoy (Lc 10, 25-37), un maestro de la ley pregunta a Jesús qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús lo lleva al centro de la Ley: amar a Dios y amar al prójimo. Pero el hombre, queriendo justificar su pregunta, insiste: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Jesús responde con la parábola del buen samaritano. Un hombre queda herido al borde del camino y varias personas pasan junto a él. Finalmente, un samaritano —alguien perteneciente a un grupo despreciado por muchos judíos de aquella época— se detiene, se compadece, cura sus heridas y se ocupa de él.

Jesús cambia así la pregunta. No se trata solamente de identificar quién merece ser considerado “prójimo”, sino de convertirnos nosotros en prójimos de quien necesita ayuda. El amor cristiano no puede quedarse en sentimientos o buenas intenciones: implica acercarse, detenerse y actuar.

🔑 El prójimo no es solamente quien está cerca de nosotros o quien piensa como nosotros. El discípulo de Jesús está llamado a acercarse especialmente a quien sufre, incluso cuando hacerlo implique salir de su comodidad o superar prejuicios.

🔥 Retos para hoy:
1️⃣ 👀 Presta atención a alguien que necesite ayuda y que normalmente pasa desapercibido.
2️⃣ 🤝 No esperes que otro resuelva una necesidad que tú puedes atender.
3️⃣ ❤️ Haz hoy un gesto concreto de misericordia hacia alguien con quien normalmente no te relacionarías.

💬 ¿Estoy buscando quién merece mi ayuda, o estoy dispuesto a convertirme en prójimo de quien necesita de mí?

LUNES XXVII TIEMPO ORDINARIOLc 10, 25-37.En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prue...
05/10/2026

LUNES XXVII TIEMPO ORDINARIO
Lc 10, 25-37.
En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio mu**to. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?’’ El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

* En la literatura cristiana, Jericó es símbolo del mundo, en su puerta encontró Jesús a unos ciegos que luego fueron sanados por su palabra. Hoy, San Lucas nos cuenta la historia de aquel hombre que bajaba desde Jerusalén, “ciudad de paz” o “ciudad santa” -como se le llama hoy-, hacia Jericó, por un camino colmado de peligros. Este regreso al mundo, que todos realizamos después del encuentro personal con Dios cada domingo, después de un fin de semana en la parcialidad de la familia, luego de un acontecimiento que nos hizo mirar cara a cara al Señor, incluye también para nosotros múltiples riesgos.

Existen peligros materiales que amenazan nuestra vida y nuestros bienes, como la pandemia que no acabamos de superar; más allá nos espera alguien que nos acosa, nos persigue, nos necesita; las circunstancia ponen a prueba nuestra entrega y miden la calidad de nuestro compromiso y paciencia; todo esto porque los caminos que conducen a Dios pasan irremediablemente por el hombre.
Este regreso al mundo, a la cruda realidad, entorpece nuestro esfuerzo cristiano, entonces se nos va el tiempo en críticas y lamentos, o aplicamos la política del “¡sálvese quien pueda!”. Rara veces miramos al mundo de manera objetiva, solo cuando nos conviene, y, rara vez asumimos los sufrimientos ajenos y ayudamos al prójimo a salir adelante.

Hoy también se despoja y maltrata a nuestro hermano en el camino que ha tomado huyendo de la pobreza o de la violencia, como es el caso de los migrantes, de los exiliados forzados, de los perseguidos y encarcelados por causa de la justicia; muchos pasamos indiferentes a su lado, como el levita y el escriba, los cristianos somos los más ágiles para esquivar el cuerpo o "escurrir el bulto" ante la miseria ajena.

Aquél samaritano, un extranjero que no pertenece al "pueblo elegido y bendecido", que no está matriculado en nuestros “grupos o asociaciones cristianas”, que lo tildamos de “inmoral”, de basura, de poca cosa, tiene una actitud comprometida y se implica en la suerte de su semejante: Siente compasión, se acerca al que está medio mu**to, cura sus heridas con aceite y vino, lo m***a en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, cuida de él e incluso le financia su convalecencia. En cambio, nosotros, con nuestras seguridades, nuestro orgullo, nuestra ignorancia o apatía de los males ajenos, nuestro egoísmo comprobado, ¿hacia dónde vamos? ¿Camino de Jerusalén? A veces vivimos engañados creyéndonos “correctos”, “gente de bien”, pero son las actitudes, los hechos, los que nos definen verdaderamente.

La ley o norma fundamental que debe regular nuestra vida no es algo lejano o exterior a nosotros; es más bien algo que nos empuja desde dentro a desprendernos de nuestros intereses y a amar, con toda el alma, a Dios y a los demás. Ni compromisos legales ni obligaciones, que creemos sagradas, nos disculparán de este empeño de amor y desinterés total, que constituye la quintaesencia de la Ley y el Evangelio.
Jesús trastocará, incluso en su aplicación final, la pregunta “¿Quién es mi prójimo?” en “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” No se trata de distinguir entre próximos o lejanos, sino de "comportarnos como próximo”, sentirnos cercano de todo aquél que se cruza en nuestro camino.

“NO TODO EL QUE ME DIGA: SEÑOR, SEÑOR, ENTRARÁ EN EL REINO DE LOS CIELOS, SINO EL QUE HAGA LA VOLUNTAD DE MI PADRE CELESTIAL. Mt 7,21.

**CON VOSOTROS ESTÁ Y NO LE CONOCÉIS.
Las parábolas de Jesús eran menos inocuas de lo que a primera vista percibimos. Los samaritanos eran considerados israelitas herejes, y los sacerdotes y levitas gozaban de prestigio religioso. Pero en la parábola del buen samaritano, es el hereje el que queda bien parado, elogiado por Jesús, mientras que el sacerdote y el levita son descalificados. Esto no pudo sentar bien a los oyentes. Por eso un célebre comentarista de las parábolas escribió hace un siglo: “nadie crucificaría a un maestro que cuenta historietas amenas para corroborar una moralidad prudente” (C.W. Smith).

Sin duda lo de Jesús fue mucho más agresivo: relativizó el culto (el sacerdote y el levita, que de lejos no distinguen si el tendido al lado del camino es un enfermo, leproso o cadáver, dan un rodeo, para no contaminarse y poder seguir celebrando el culto) y enalteció la compasión, la ética, el buen corazón del hereje samaritano. Lo cantábamos hace algunas décadas: “con vosotros está (¡Jesús!) y no le conocéis… y muchos que lo ven pasan de largo acaso por llegar temprano al templo”. El samaritano representa la compasión de Jesús y el apaleado es Jesús mismo, el que un día dirá “conmigo lo hiciste… conmigo no lo hiciste”.

En la redacción lucana, Jesús cuenta la parábola (quizá originariamente independiente) para responder a la pregunta “quién es mi prójimo”. El tema es sumamente actual; en Europa los partidos políticos se debaten en torno a las condiciones que debe reunir el emigrante para ser admitido en una de nuestras naciones. Indudablemente todos construyen discursos razonables: hace falta sensibilidad y no se debe caer en una ingenuidad que pueda volverse contra la seguridad de nuestros países. Pero no es seguro que todos establezcan, como criterio previo a toda otra premisa, que se trata de seres humanos necesitados, dolientes, a veces en el límite entre lo realmente humano y lo inhumano… Sin caer en simplificaciones: el buen samaritano no se preguntó por la procedencia del apaleado, no le pidió papeles; allí había sufrimiento y era preciso intervenir de inmediato. Más tarde volvería y arreglaría los asuntos con el hospedero.

Hacia el comienzo de su pontificado, el difunto papa Francisco dijo que “la Iglesia no es una ONG”; tal vez le faltó el adverbio “simplemente”, pues la comunidad de Jesús, aunque mira con luces más largas, asume de hecho muchas características de sana ONG. Por eso Francisco puntualizó enseguida que la Iglesia debe ser como un “hospital de campaña”. El buen samaritano, un desviado de la auténtica fe israelita, sirvió de ejemplo a los de creencia más correcta; tenían el mismo decálogo, sabían cuál era el principal mandamiento, pero algunos de ellos, quizá por llegar puros y pronto al templo, casi lo habían olvidado.

Ojalá los creyentes no olvidemos el núcleo del seguimiento de Jesús, y tengamos además la humildad de atender al reclamo de quien nos lo recuerde.
**Severiano Blanco, cmf. / ciudadredonda.

*** ¿QUIÉN ES MI SAMARITANO?
El pasaje del Evangelio de hoy es conocidísimo y ha sido ampliamente citado. Toda la encíclica Fratelli Tutti, del papa Francisco, está centrada en esto. Muchas reflexiones y homilías de padres de la Iglesia insisten en el tema. A menudo, las reflexiones más modernas tienden más a enfatizar la necesaria caridad y el auxilio a las necesidades que deben practicar quienes siguen a Cristo. Ponen, por así decir, la moraleja de la parábola sobre nosotros. Así debemos hacer también nosotros. Nosotros debemos ser el “samaritano”. Ponernos en el lugar del “bueno” que hace por los demás, que se sacrifica, que da lo mejor. Y eso, por supuesto, es necesario y laudable. Pero no es suficiente. Quien pregunta a Jesús quién es su prójimo se ha colocado en el lugar de quien tiene buenas intenciones y quiere cumplir la ley del amor. Quiere alcanzar la vida eterna. Pero no lo puede hacer como superhéroe.

La cosa es que no se puede ser samaritano y alcanzar esa vida eterna si antes no hemos tenido un samaritano personal. Se debe dar vuelta a la pregunta. En lugar de “¿Quién es mi prójimo?”, podemos preguntar “¿Quién ha sido y quién es mi samaritano?” Es decir, ¿cómo y cuándo (y casi todos los días) caigo en la cuneta, a veces por mi propia culpa y otras veces por los golpes y vapuleos de la vida? A veces ni siquiera son golpes enormes o faltas enormes, sino los pequeños golpes, fallos, pecados, insultos, persecuciones, o injusticias sufridas o infligidas en otros, los que nos echan a cunetas esperando a que pase el samaritano. ¿De qué cunetas me saca, cada día, el Samaritano?

Reconocer al Cristo que se disfraza de Samaritano es poder “alcanzar la vida eterna”. ¿Quién nos da lo mejor de la vida: el vino que purifica, el aceite que suaviza y que unge para la batalla? Es quien da su propia Sangre, el Ungido de Dios que viene a ungir y a dar a su Espíritu, el óleo de la salvación.

Y ante todo esto, solo se puede dar la respuesta eucarística que sugiere el salmo: Daré gracias a Dios de todo corazón. Es la participación en la Eucaristía: da gracias, conviértete en lo que recibes. Es decir, reconoce al samaritano que viene a curar tus heridas y a llevarte sobre sus hombros, para convertirte en el samaritano que lleva otros. Recibe el pan partido y repartido para ser pan partido y repartido. Y así se alcanza la vida eterna.
***Carmen Fernández Aguinaco / ciudadredonda.

04/10/2026

🕯️Domingo, día del Señor: 04 de octubre de 2026.

📖"Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca".

⚜️Santa Eucaristía, XXVII Domingo Ordinario.

📖 “…se les dará a un pueblo que produzca sus frutos.” (Mt 21, 33-43)XXVII Domingo del Tiempo Ordinario.En el Evangelio d...
04/10/2026

📖 “…se les dará a un pueblo que produzca sus frutos.” (Mt 21, 33-43)
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario.

En el Evangelio de este domingo (Mt 21, 33-43), Jesús presenta la parábola de los viñadores homicidas. Un propietario prepara cuidadosamente una viña y la confía a unos trabajadores. Cuando llega el momento de recoger los frutos, ellos rechazan a los enviados del dueño y finalmente matan incluso a su hijo.

La parábola habla de la historia de la relación entre Dios y su pueblo. Dios confía, cuida y espera frutos. Pero aquellos que han recibido la responsabilidad de cuidar la viña terminan apropiándose de aquello que no les pertenece.

La imagen de la viña también puede ayudarnos a mirar nuestra propia vida. Todo lo que tenemos —dones, capacidades, oportunidades, relaciones y responsabilidades— es un regalo que estamos llamados a poner al servicio del bien. La pregunta no es solamente cuánto hemos recibido, sino qué frutos estamos produciendo con ello.

Jesús concluye con una afirmación contundente: el Reino será entregado a un pueblo capaz de producir frutos. La fe no puede quedarse en palabras o apariencias; necesita manifestarse en una vida que dé frutos de justicia, amor, servicio y fidelidad.

🔑 Dios confía su viña a nuestras manos, pero no para que nos apropiemos de ella, sino para que la cuidemos y produzca frutos. Una fe auténtica siempre termina expresándose en obras concretas.

🔥 Retos para hoy:
1️⃣ 🌿 Pregúntate qué frutos concretos está produciendo tu fe en este momento.
2️⃣ 🤲 Pon uno de tus talentos al servicio de otra persona sin esperar recompensa.
3️⃣ ❤️ Revisa si alguna responsabilidad que Dios te ha confiado la estás viviendo como servicio o como propiedad personal.

💬 Si Dios mirara hoy los frutos de mi vida, ¿qué encontraría en mi “viña”?

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO AMt 21, 33-43.+ En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos d...
03/10/2026

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A
Mt 21, 33-43.
+ En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.
Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.
Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?'' Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo".
Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?
Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos''.
Palabra del Señor.

* En el Antiguo Testamento, los profetas nos hablan con frecuencia de la viña escogida de Yahvéh, su pueblo elegido; el lenguaje del campo, pronto, en los labios del enamorado se convierte en lenguaje esponsal: Dios, enamorado que hace todo lo posible y soporta el maltrato con tal de conquistar lo que ama; e Israel, que cree que se merece todo y quiere acomodar y acondicionar su relación con Dios de acuerdo a su capricho; este pueblo, por múltiples causas políticas, sociales y religiosas se había llenado de soberbia. Por su complejo de superioridad se habían convertido o creído en dueño de la verdad, dueño del culto, dueño de la ley, del hombre y en cierta manera, dueño de Dios; de ahí su rechazo a los profetas y años más tardes, la crucifixión de Jesús en las afueras de Jerusalén.

La parábola es suficientemente clara para los Sumos sacerdotes y los senadores del pueblo, estaba dedicada a ellos, y, en consecuencia, se enfurecieron. Hoy como ayer, se espera de las altas jerarquías de la sociedad, ya sea política, como religiosa, y de todos aquellos que la ostentan: rectitud, verdad, honradez, justicia, pero es todo lo contrario. Al cuidado cordial de Dios con el hombre, no responde éste con el fruto esperado, que es, curiosamente, “derecho y justicia”; Dios quiere que su buen obrar con el hombre se reproduzca en las obras de éste con sus semejantes.
En el Nuevo Testamento, esa viña elegida del Señor es su Iglesia; pero también los cristianos de hoy podemos repetir la conducta del pueblo judío, también puede afectarnos su complejo de superioridad. Si leemos detenidamente la parábola nos encontramos con el verbo “arrendar” o alquilar, pero, ¿cuántos de nosotros nos hemos creídos dueños de la Iglesia? Somos apenas servidores, no los patrones. Una manera de apoderarnos de ella es programarla a nuestra imagen y semejanza: Cómoda, conformista, burocrática, empresarial, a veces flexible, otras veces monolítica, y algunos como feudos personales.

Otra manera es imponer a los demás “nuestra verdad”, nuestra visión parcializada y, por tanto, defectuosa; aunque la verdad del Señor es una y única, pero son múltiples los modos de captarla y de relacionarse con Él; no podemos imponer nuestros criterios como los únicos válidos, porque Dios tiene para cada ser humano una forma muy singular de relacionarse. Si no, observemos, la diversidad en la santidad. Otra forma de creernos dueños, como los viñadores homicidas, es exigir a los demás que se inscriban en nuestro estilo de piedad: unas veces austero, otras sentimental, desinhibido o demasiado estructurado, rígido y pesado en observancias de reglas o light y trivial.
Siempre olvidamos que lo esencial del Evangelio es una entrega personal al Señor, en la sinceridad, en la confianza, en la caridad. Otras veces también nos presentamos como dueños de la Iglesia porque juzgamos, condenamos e imponemos nuestra propia interpretación de la ley, con toda su letra menuda; nos apoderamos del hombre.

Los cristianos no estamos lejos de la manipulación a través de una aparente vida virtuosa, si predicamos un Dios exclusivo y a nuestro servicio, si limitamos la entrada a su templo, y con prácticas aparentemente correctas, quizás, hemos herido a muchos y aún podríamos haber matado a alguien, y el Señor nos ha dicho: “Lo que hicieron con alguno de éstos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicieron”. Para evitar todo esto, comprendamos que la Iglesia – aquella viña- no es un regalo para disfrutarlo, es ante todo un Don para compartirlo. El Señor está esperando los frutos.

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*Contemplamos el misterio del rechazo de Dios en general, y de Cristo en particular. Sorprende la reiterada resistencia de los hombres ante el amor de Dios.
Pero la parábola hoy se refiere más específicamente al rechazo que los judíos tuvieron con Cristo: «Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron» (Mt 21,37-39). No es fácil entender esto: es porque Cristo vino a redimir al mundo entero, y los judíos esperan a su “mesías” particular que les dé a ellos el dominio de todo el mundo…

Cuando estuve en Tierra Santa me dieron un prospecto turístico de Israel donde están los judíos más famosos de la historia: desde Moisés, Gedeón y Josué hasta Ben Gurión, que fue el realizador del Estado de Israel. Sin embargo, en ese prospecto no está Jesucristo. Y Jesús ha sido el judío más conocido de la historia: hoy se le conoce en el mundo entero, y ya hace dos mil años que murió…

A los grandes personajes, al cabo del tiempo, se les admira, pero no se les ama. Hoy nadie ama a Cervantes o a Miguel Ángel. Sin embargo, Jesús es el más amado de la historia. Hombres y mujeres dan la vida por amor a Él. Unos de golpe en el martirio, y otros “gota a gota”, viviendo sólo para Él. Son miles y miles en el mundo entero.

Y Jesús es el que más ha influido en la historia. Valores hoy aceptados en todas partes, son de origen cristiano. No sólo eso, sino que además se constata que hoy hay un acercamiento a Jesucristo, también entre judíos (“nuestros hermanos mayores en la fe”, como dijera San Juan Pablo II). Pidamos a Dios particularmente por la conversión de los judíos, pues este pueblo, de grandes valores, convertido al catolicismo, puede ser un gran beneficio para la humanidad entera.
*P. Jorge LORING SJ (evangeli.net)

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