23/06/2026
NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA.
Lc 1, 57-66. 80.
Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.
El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel.
* "Entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan el Bautista", ha dicho Jesús. Es el único santo, después de Jesús y María, que la Iglesia celebra su nacimiento. En él encontramos toda la fuerza del profetismo del Antiguo Testamento, dando apertura a una ruta alterna para allegarse a Dios. Su nombre que significa, "Dios da su gracia", nos pone de manifiesto que el Señor siempre está decidido a auxiliar al hombre, a nadie niega su amor, por más grave que sean sus pecados. Toda la trama que se da en el nacimiento de Juan, pone de manifiesto lo que el mismo Dios ha dicho al hombre por boca del profeta Isaías: "Porque no son mis pensamientos sus pensamientos, ni sus caminos son mis caminos"; he ahí la confusión de la gente: "Ninguno de tus parientes se llama así"; se rompe la tradición, el niño debería llevar el nombre de su padre o de un pariente.
Esto da pie a una ruptura más honda, el destino del niño: "¿Qué va a ser de este niño?". Ya no será sacerdote como su padre. Dios siempre da lugar a caminos inéditos, para que nos acerquemos a Él sin excusa, rompe esquemas, estructuras, tradiciones, porque Él es siempre nuevo, somos nosotros los que nos amarramos a estructuras y actitudes rutinarias que nos hartan, pero no queremos dejarlas. El mensaje del Bautista sigue siendo actual y atrayente para los que quieren verdad y honestidad en la vida; demandará justicia, denunciará la inmoralidad de los que gobiernan, exigirá un cambio de vida personal, preparará caminos en lugares impensables, despertará anhelos profundos, promoverá nobles actitudes, abriendo la senda por donde llega el Sol que nace de lo Alto para darnos la Salvación.
Como todo profeta, creó incomodidad en muchos de los oyentes al cuestionar conductas, sistemas y tradiciones, siempre pasa esto cuando alguien quiere reformas de fondo, no cosméticas. Él marchó al desierto y ahí cumplía su misión, puede que nosotros también debamos abandonar todo aquello que nos da seguridad y confort, como lo decía el Papa Francisco, de ir a la periferia, poniendo distancia crítica, ante a las circunstancias y estructuras sociales, políticas, ideológicas y religiosas cuyas propuestas están muy lejos de ser evangélicas y que no permiten que brille la Luz sobre las naciones golpeadas por el hambre, la injusticia, la explotación, la discriminación en todas sus formas, las grandes desigualdades económicas, la ausencia de gobiernos verdaderamente democráticos, la explotación indiscriminadas de los recursos naturales y las enfermedades virales y sus secuelas, evidencian, aún más, las fragilidades de los seres humanos y sus estructuras sociales, políticas, económicas, culturales, incluso, eclesiales; todo esto nos debe impulsar a hacer cambios que son necesarios, es imperante escuchar a Juan y a los profetas de hoy, aunque sean molestos, para recobrar la Vida en todas sus dimensiones.
*LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE JUAN
José M. Vega, cmf.
La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en El Profeta, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “sus hijos no son hijos suyos. Vienen a través de ustedes, pero no vienen de ustedes. Y, aunque están con ustedes, no les pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a su padre, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento: parece que ya nada tiene que decir, pero tiene todavía la fuerza suficiente para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero válidas para todo el mundo. Juan dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.
En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.
La liturgia reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan. De esta forma destaca la extraordinaria cercanía de Juan (desde luego y, sobre todo, de María) con Jesús. En Juan descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.
En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”, se lamenta el profeta Isaías. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración suponen ese sentido, pues hablan de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta ni quejarse ni proclamarlo.
Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que, como Juan, le han preparado el camino.
El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es todavía más evidente en María, la humilde sierva del Señor, y, por encima de todos, en Jesús, que no vive para sí, sino libremente sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).
Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, tuvimos a algún Juan el Bautista que nos introdujo al conocimiento de Cristo. Y cada uno de nosotros, como todo cristiano, estamos llamados a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, no nos señalamos a nosotros mismos, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36). (ciudadredonda)