06/10/2026
MARTES XXVII TIEMPO ORDINARIO
Lc 10, 38-42.
En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude".
El Señor le respondió: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará".
* El Señor nos da una lección muy especial, nos hace ver que nuestra humanidad no está reñida con la santidad, el tener amigos entrañables, el sentirnos amados y acogidos y corresponder a estas atenciones, es propio del estilo cristiano; si esto falta, la santidad está fallando en algo esencial. Tener estas actitudes con nuestros semejantes, inclusive con Dios, debe ser lo más natural, no debemos sentirlo como una obligación o imposición, debe brotar como lo más natural y con alegría, a ejemplo del Señor y de nuestra Madre Santísima.
El servicio y atención amable debe ser una tónica habitual en nuestra conducta como cristianos que decimos ser. Ciertamente, en el camino de la santidad no hay dos santos iguales, así como estas dos hermanas que ambas aman al Señor y lo quieren atender con su manera particular de ser. Tal vez, la respuesta del Señor a Marta, no es tanto un reproche, sino el hacerle ver que cada quien tiene su particularidad y a la vez, la misma importancia; es decir: Sentirse amadas por Dios y desde su singularidad responder a ese amor. No hay que perder la paz a la hora de realizar lo que nos corresponde, sin perder de vista la presencia del Señor; hacemos lo que nos toca con cariño, sin reclamos, aunque nadie esté, valore o tenga en cuenta nuestro esfuerzo; en la discreción es donde se manifiesta la grandeza del ser y eso no pasa desapercibido a los ojos del Señor.
En nuestro mundo actual, no solo las secuelas de las epidemias y pandemias, sino también la basura, la explotación y destrucción indiscriminada de los recursos naturales, los virus y las bacterias de toda la vida y los que van surgiendo, contaminan, enferman y matan a la humanidad; pero además, estamos gravemente abrumados y enfermos por el ruido: el estruendo de las máquinas, el bullicio del tráfico, la música estridente (incluso la de los eventos religiosos), el abuso de la comunicación virtual y los reuniones “on line” sin límites de horarios. Hemos matado el silencio, ya no sabemos escuchar. Todos hablamos, reclamamos, protestamos, exigimos, imponemos nuestros criterios, avasallamos violentamente a los demás imponiendo a gritos destemplados nuestro pobre y desacertado punto de vista. Nadie escucha, por consiguiente, no hay comunicación, no hay entendimiento, no hay comprensión y sigue la espiral del caos que a todos nos engulle.
La intransigencia es nuestro gran defecto, nos ponemos nerviosos ante lo que no nos gusta, ante lo que no coincide con nuestros esquemas mentales; enseguida queremos juzgar, condenar y extirpar. Solo en un paréntesis de silencio podremos examinar, conocer nuestra verdadera dimensión, revisar nuestra conducta, sopesar el pro y el contra de nuestros conflictos y tomar resoluciones acertadas que nos devuelvan el equilibrio en la vida. El Papa Pablo VI nos enseñó que “el verdadero diálogo, más que hablar a la mente del otro, consiste en escuchar con el corazón”. Necesitamos que el esposo, la esposa, el hijo, el que trabaja con nosotros pueda hacernos sentir sus sentimientos; así podremos sacar a la superficie lo mejor de ellos mismos y a la vez compartir lo mejor de nosotros.
Tampoco tenemos tiempo para escuchar a Dios, porque trasladamos a nuestra relación con Él, todo el vértigo de nuestra vida; nos cuenta San Lucas que, María dejó de lado sus quehaceres para escuchar a Jesús, de esta manera nos enseña que el activismo sin sentido, sin amor, sin conciencia de la presencia del Señor, fatiga y nos destruye. Recobraríamos la paz y el equilibrio, si hiciéramos silencio para abrirnos a Dios, la paciencia nos haría fuerte y la esperanza, alegres. A Él le toca juzgar lo que está bien y lo que está mal; no es un Dios ciego ni mudo ni impedido: Habla de muchos modos, nos mira, insinúa, sugiere, nos coloca señales en el camino, envía mensajeros cuando no entendemos sus señales. Él nos hizo y sabe bien lo que necesitamos.
“TOMEN MI YUGO SOBRE USTEDES Y APRENDAN DE MÍ, QUE SOY MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN, Y ENCONTRARÁN DESCANSO, PORQUE MI YUGO ES SUAVE Y MI CARGA LIGERA.” Mt 11,28-30.
**MAESTRO, ¿PODRÍAS HABLAR UN POCO MÁS ALTO PARA QUE ME ENTERE YO TAMBIÉN?
Sobre la anécdota de Marta y María, un tanto gastada por el uso, y, por lo demás, muy sencilla de interpretar (en la Iglesia deben complementarse la vida activa y la contemplativa), se ha hecho recientemente algún comentario jocoso; Marta habría estado más acertada si, en vez de protestar, hubiese dicho a Jesús: “Maestro, ¿podrían hablar un poco más alto para que me entere yo también?”
Probablemente en la mente de Jesús y en la del evangelista revolotea justamente esta intención. Hay mucho que hacer en el mundo por mejorarlo, por que funcione según el proyecto de Dios y en él se vayan manifestando los valores del Reino. Pero también los constructores de esta nueva humanidad deben estar atentos a la Palabra de Jesús, que será la que los siga motivando y orientando. ¿Habrá en las palabras de Jesús a Marta un cierto reproche al activismo, a un afán temporal que pueda llegar a perder su sentido de edificación de un mundo mejor? ¿habrá tal vez una crítica a la sociedad de la producción, de la eficacia inmediata y palpable, que tal vez olvida su motivación última?
Como Marta, ignoramos el tema de conversación de su hermana María con Jesús. Pero su largo departir, probablemente en voz muy baja, en un rincón de la casa, nos habla de la importancia del silencio, la reflexión, algo de soledad para estar con el Señor. Y eso era entonces tan necesario como ahora, o quizá no tanto como ahora, pues no había llegado la sociedad del estrés y de las prisas. Ya siglos antes, había lamentado el profeta Jeremías: “la tierra está desolada, porque nadie se recoge a reflexionar” (Jr 12,11). ¿Será posible la reflexión en nuestra sociedad, llena de ruidos, estímulos permanentes en nuestros sentidos…? Algunos temen la llegada no sólo de una generación superficial, sino de una generación de sordos ruidosos.
Todavía sigue habiendo en la Iglesia quienes cuestionan la forma de vida de los monasterios cartujos o trapenses, la de tantas monjas de clausura. En el peor de los casos consideran a esas personas como desencantadas de la vida, que acaban huyendo de todo. Esto a veces en abierta contradicción con la fascinación ejercida por prácticas oracionales extra cristianas, venidas de las viejas religiones asiáticas.
Tal vez haya en ellas mucho aprovechable; pero es muy deseable saborear antes lo de Jesús, acostumbrarnos a beber en nuestro riquísimo propio pozo, saber “perder el tiempo”, como María de Betania.
Y antes de concluir nuestra reflexión, será bueno que dirijamos una mirada rápida a la leyenda de Jonás, que va a tener buena resonancia en la predicación de Jesús (“Aquí hay algo superior a Jonás”: Lc 11,32). Por medio de Jonás se recuperó Nínive para la salvación; y Jesús está dispuesto a recuperar a nuestro mundo, que a veces nos parece perdido. Y a él hay que prestarle más atención que a Jonás.
**Severiano Blanco, cmf. / ciudadredonda.
*** LA MEJOR PARTE.
¿Está Jesús alabando la holgazanería? Claro que parece que la mejor parte es quedarse sentado escuchando y dejando que otros hagan… Y puede que la actitud de Jesús parezca algo injusta. ¡Pobre Marta! Se afanaba para que todo saliera bien… Y eso es muy bueno. Pero, como de costumbre, parece que Jesús va a algo más profundo. Se trata de elegir entre Dios y uno mismo. Se trata de no buscar todo el protagonismo para sí mismo, y de “quedar bien” haciendo mucho. Se trata de dejar aparcada la ansiedad… “tú te preocupas por muchas cosas…” Una sola es necesaria. Se trata de optar por lo más importante y dejar el protagonismo a Dios.
Y hay algo más en todo esto y la clave se nos da en la primera lectura. Los seguidores de Cristo se alegran de que, al fin, Pablo haya escogido la mejor parte. Que le haya llegado la gracia. Marta se resiente de que María haya escogido la mejor parte. Hay que pasar por encima de las comparaciones, el resentimiento y la envidia para alegrarse del bien de otros. María ha escogido lo mejor. Pablo ha escogido lo mejor. Pero la actitud de los de alrededor es muy distinta: entre el agradecimiento y el resentimiento. Alegrarse del bien del otro es principio de salvación, porque es celebrar la obra de Dios.
Por supuesto que Jesús no condena la actividad, que es necesaria. Pero busca el corazón, con pureza de intención y limpio de resentimientos. Dicen los padres de la Iglesia que siempre tiene que haber Martas y Marías: que se trata de buscar las manos de Marta, pero el corazón de María. Un corazón no centrado en la preocupación y la ansiedad, sino en la escucha de Cristo. La acción tiene que brotar de la escucha. La escucha debe llevar a la acción. Pero a Dios no es necesario impresionarle con las buenas obras o la mucha actividad: Él conoce el corazón, como dice el Salmo hoy: tú conoces cuando me siento y cuando me levanto… hasta lo más íntimo. Tú sabes si he elegido la mejor parte que eres Tú, aunque al hacerlo tenga que desarrollar mucha actividad, o he elegido la actividad, pero por mí mismo, y sin ti.
***Carmen Fernández Aguinaco / ciudadredonda.