28/05/2026
JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE* (Lucas 22, 14-20).
Hoy celebramos una fiesta que toca el corazón mismo del misterio cristiano: *Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.* No celebramos a un sacerdote más, sino al único y definitivo Sacerdote, Aquel que no necesita sucesores porque su sacerdocio no pasa, vive para siempre.
*Cristo, el Sacerdote perfecto.*
La Carta a los Hebreos nos lo presenta con claridad deslumbrante:
«Tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo: Jesús, el Hijo de Dios» (Hb 4,14).
A diferencia de los sacerdotes del Antiguo Testamento, que tenían que ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados, Jesús no tiene pecado. Él ofrece el sacrificio perfecto: no ofrece animales, tampoco bienes ajenos, sino que se ofrece a sí mismo. Su vida entera es oblación. Desde el momento de la Encarnación, cuando dice: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Hb 10,7), hasta el momento culminante en la Cruz, donde su obediencia amorosa llega a su plenitud.
Él es Sacerdote y Víctima al mismo tiempo. En la Cruz, el altar y la víctima son la misma persona. Allí se cumple para siempre lo que el profeta Isaías había anunciado del Siervo sufriente: «Fue traspasado por nuestras rebeliones, molido por nuestras culpas» (Is 53).
*El sacerdocio según el orden de Melquisedec.*
La liturgia nos recuerda que Jesús es sacerdote «según el orden de Melquisedec» (Sal 110). Melquisedec, rey y sacerdote de Salem, ofreció pan y vino. Jesús, en la Última Cena, toma el pan y el vino, los bendice y nos los da como su Cuerpo y su Sangre. Así instituye el sacramento de su presencia eterna y el memorial de su sacrificio.
Por eso, cada Eucaristía no es un nuevo sacrificio, sino la actualización del único sacrificio de la Cruz. El mismo Cristo que se ofreció al Padre en el Calvario se hace presente sobre nuestros altares, intercediendo por nosotros.
*¿Qué significa esto para nosotros?*
- Para los sacerdotes: Hoy nos sentimos especialmente mirados y amados por Cristo. El sacerdocio ministerial no es un cargo, es una participación en el sacerdocio eterno de Jesús. El sacerdote no es dueño de la gracia, es ministro, siervo. Su grandeza no está en sus cualidades humanas, sino en su fidelidad para dejarse configurar con Cristo Sacerdote. Que nunca nos olvidemos: el sacerdote más santo es aquel que se deja amar y consumir por Jesús.
- Para todo el Pueblo de Dios: Todos los bautizados participamos del sacerdocio común de los fieles. Ofrecemos a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos, nuestras alegrías. Cada vez que amamos, perdonamos, servimos, estamos ejerciendo un verdadero sacerdocio. Toda nuestra existencia puede convertirse en ofrenda agradable a Dios.
- Para el mundo: En un mundo que ha perdido el sentido del sacrificio y del don de sí, Cristo Sacerdote nos recuerda que solo el amor que se entrega salva. Solo la vida entregada fructifica.
*Llamado final:*
Acerquémonos con confianza al trono de la gracia (Hb 4,16). Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, no está lejos. Él conoce nuestras debilidades porque las ha experimentado. Él intercede por nosotros constantemente. No tengamos miedo de acercarnos a Él tal como estamos.
Que María, la Madre del Sumo Sacerdote, nos enseñe a decir cada día con el corazón: «Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, haz de mi vida una ofrenda agradable al Padre,