04/03/2023
Solo perdonando puedo cambiar
Cuando nos sentimos heridos por el daño que afecta a nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestro ser interior, cuando ese mal lo causa una persona, o varias, o, sin haberse puesto de acuerdo llega a ser un cúmulo de agresiones que vienen de diversas partes, el corazón se resiente y queda herido.
Otras veces hay que poner el corazón en cuidados intensivos, esperando que sea Dios el que serene, cure y reavive el rostro interior con el que lo miramos y miramos al mundo.
Ese mundo contemplado por Jesús desde la cruz, abandonado de todos, sin nada, despojado de derechos y de cualquier defensa, es el mundo en el que estamos inmersos y el que tanto nos duele en ocasiones.
Muchas personas se han sanado y liberado cuando ponen su vida y se lo pedrense a nuestro Señor Jesucristo.
Pedir perdón es una cuestión de humildad; el reconocimiento del propio error necesita de un corazón abierto y limpio.
Jesús pide al Padre que perdone a quienes lo humillan, maltratan, juzgan, condenan y asesinan.
Jesús, pide perdón para quienes lo envidian y calumnian, para los que lo niegan, para quienes desconfían de su autoridad -reconocida por el pueblo por su cualidad de Maestro, de sabio, de hombre de Dios-. No pide venganza ni ajuste de cuentas, ni pasa factura. Sigue siendo amigo de sus amigos.
A Jesús le toca enseñar a sus discípulos a perdonar, dentro de una sociedad que establece las relaciones humanas con una religiosidad basada en formas conductuales con respecto a una ley, y que asume con toda naturalidad devolver el bien con el bien así como el mal con el mal. Ojo por ojo y diente por diente.
Cuando el corazón tiene una parte ocupada por sentimientos negativos hay menos espacios para el amor gratuito. Al igual que el cerebro es limitado, el mundo de los sentimientos también.
No se puede vivir en coherencia con el Evangelio sin haber perdonado. La oración sincera es la que cambia, transforma y da vida nueva a uno mismo y a quienes han hecho daño, a ti o a los que quieres como algo tuyo.
Comprende que sólo perdonando las personas cambian y Dios va realizando su voluntad. Comprende que, cuando uno no puede cambiar las actitudes de los demás, Dios sí puede. Pedir perdón en cada Padre Nuestro no es otra cosa que reconocerlo así.
Necesitamos del perdón para ser liberados no ya de una sensación de culpa cuanto por la necesidad de perdonamos a nosotros mismos, y de ser perdonados por los demás.
Si me cuesta perdonar he de pedirle a Dios el poder vencer las resistencias, justificaciones de uno mismo, romper con los mecanismos de defensa; dejar, por tanto, que fluya la gracia en mi del perdón y sólo como Dios quiera, no como a nosotros nos gustaría programar.
El perdón es real cuando nos damos el abrazo de la paz, somos perdonados y aprendemos a perdonar, a cicatrizar las heridas del corazón y a seguir hacia delante sin quedarme anclado en el pasado.
Orar liberado, es la expresión personal de confianza, con infinita confianza de que Dios está ahí y que él hace salir el sol sobre justos y pecadores. Dejemos que él llegue donde nosotros no logramos entrar. Perdonar sin que se nos pida el perdón.
P. Óscar