24/05/2026
Hay corazones que no nacieron fríos…
solo fueron endurecidos por el dolor.
Personas que un día amaron sinceramente, confiaron, lloraron, se entregaron…
pero las heridas, las traiciones, los abandonos y las decepciones fueron levantando piedra sobre piedra dentro del alma.
Y poco a poco dejaron de sentir.
Ya no lloran igual.
Ya no confían igual.
Ya no aman igual.
Pero lo más hermoso del Evangelio es que Dios no desecha los corazones endurecidos…
los transforma.
“Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra…” — Ezequiel 36:26
Solo Dios puede entrar donde nadie más pudo.
Solo Él puede romper cadenas invisibles, sanar memorias, arrancar amarguras y devolver sensibilidad a un corazón que aprendió a sobrevivir endureciéndose.
Porque un corazón de piedra puede aparentar fuerza…
pero un corazón de carne vuelve a sentir la presencia de Dios.
Y quizá llevas mucho tiempo diciendo: “Ya no puedo cambiar.” “Así soy.” “Ya no siento nada.”
Pero Dios sigue teniendo poder para hacer latir otra vez lo que el dolor había apagado.
Él todavía restaura.
Todavía sana.
Todavía transforma corazones imposibles.