25/12/2024
Celebrar la Navidad es una práctica legítima y profundamente cristiana.
Quienes pertenecemos a la Iglesia Apostólica de generaciones sabemos que la Navidad ha sido parte de nuestra historia y no una concesión a lo pagano. No se dejen llevar por las corrientes recientes que descalifican esta celebración, muchas de las cuales provienen de movimientos religiosos radicales o incluso de influencers y youtuberos conspiranoicos que difunden información simplista y descontextualizada. Estas enseñanzas suelen carecer de una base teológica sólida y tienden a imponer cargas innecesarias al pueblo de Dios.
Es verdad que Jesús no nació el 25 de diciembre; las evidencias sugieren que probablemente su nacimiento ocurrió entre septiembre y octubre, quizás durante la Fiesta de las Trompetas. Sin embargo, el cristianismo eligió estratégicamente esta fecha para contrarrestar las festividades paganas, como las Saturnales romanas y la celebración del Sol Invicto, comunes en el Imperio Romano.
La idea de que la Navidad tiene un origen pagano se utiliza como argumento, pero históricamente los cristianos redimieron esta fecha al darle un significado cristocéntrico. En el siglo IV, el cristianismo adoptó el 25 de diciembre para reemplazar festividades paganas como el culto al Sol Invictus, proclamando que Jesús es la verdadera luz del mundo (Juan 8:12).
Religiones solares, como el mitraísmo, también celebraban el nacimiento de su deidad el 25 de diciembre. Pero cuando el cristianismo estableció esta fecha, no fue para rendir homenaje a deidades solares, sino para redimir una práctica cultural, sustituyendo lo pagano por la celebración del nacimiento de Cristo. Hoy en día, nadie asocia la Navidad con deidades solares; las personas piensan en Cristo, no en Tammuz, Mitra o Saturno.
La Iglesia del siglo IV, que aún no había centralizado plenamente su poder político y social (un proceso que se consolidaría tras la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 d.C. y se afianzaría durante la Edad Media), actuó con sabiduría al establecer la celebración del nacimiento de Cristo en una fecha familiar para el mundo romano. Esta estrategia no implicó una contaminación del cristianismo con paganismo, sino que sustituyó una práctica pagana por una celebración cristiana.
No es un acto de sincretismo con una tradición pagana, sino su reemplazo por una tradición profundamente cristiana.
El pueblo de Dios, por llamado divino, tiene una larga historia de redimir prácticas culturales y orientarlas hacia la gloria de Dios. A diferencia de otras religiones, el cristianismo no busca destruir de inmediato, sino transformar y redimir lo que está caído. Es cierto que este enfoque implica el riesgo del sincretismo religioso, pero la clave está precisamente en redimir, no en mezclar. Ejemplos claros de este principio de redención en las Escrituras incluyen:
• Los sacrificios: Comunes en las religiones antiguas, pero redimidos por Israel y convertidos en un acto de adoración al único Dios verdadero.
• El día de reposo: Aunque culturas paganas ya practicaban días consagrados, la ley mosaica lo santificó como un recordatorio del reposo en Dios.
• El sacrificio del hijo: Culturas antiguas sacrificaban niños; sin embargo, Dios redimió esta idea al ofrecer a Su Hijo como el único sacrificio perfecto y suficiente.
Como cristianos, estamos llamados a ser estratégicos, “prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10:16); no basta con ser dóciles como palomas, sino también astutos como serpientes. Esto significa actuar con sabiduría y estrategia, como la levadura que transforma toda la masa desde dentro. Un ejemplo bíblico claro es Pablo en el Areópago (Hechos 17:28), donde citó al poeta griego Epiménides al decir: “Porque en él vivimos, nos movemos y somos”. De esta manera, Pablo utilizó elementos culturales familiares para su audiencia como un puente para presentarles el mensaje del único Dios verdadero.
En el mismo espíritu, la Navidad no es una concesión al paganismo, sino una afirmación del poder transformador del Evangelio para redimir lo caído. Celebrar el nacimiento de Cristo en esta fecha no es un acto de idolatría, sino una proclamación de la encarnación de Dios: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Correctamente entendida, la Navidad es una oportunidad invaluable para compartir este mensaje de redención y esperanza. No debemos perder de vista este propósito.
Es importante reconocer que las descalificaciones contra la Navidad, en el mejor de los casos, pueden provenir de un deseo de pureza doctrinal. Sin embargo, debemos advertir que muchas de estas críticas surgen principalmente de ideologías externas, como la secularización o el Islam, que buscan desacreditar tradiciones cristianas históricas y minimizar la influencia del cristianismo en Occidente. Este ataque no se limita a la Navidad, sino que forma parte de un esfuerzo más amplio por borrar elementos clave de la cultura cristiana.
Aun así, como Pablo enseña en Romanos 14:5-6: “uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”. Si alguien decide no celebrar la Navidad por convicción personal, no debemos contender con él, pero tampoco debemos permitir que esas opiniones se conviertan en una carga sobre quienes la celebran en libertad. Pablo nos exhorta a no discutir sobre cuestiones que no afectan la esencia del evangelio, sino a caminar en amor y respeto mutuo. Quien celebra la Navidad para el Señor, lo hace; y quien no la celebra, también lo hace para el Señor. No debemos imponer nuestras convicciones sobre los demás, pues el reino de Dios no consiste en fechas ni prácticas externas, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).
Nuestro verdadero desafío no es la conexión histórica con religiones solares, sino la secularización de Occidente y los esfuerzos actuales por borrar a Cristo de la cultura, incluso en estas festividades. No contendamos por esto, sino que vivamos en la libertad y el amor que el evangelio nos da.
Así que…
¡FELIZ NAVIDAD!