11/05/2026
Anunciar la Verdad
La persecución ha acompañado a la Iglesia prácticamente desde sus inicios. Primero fueron los judíos y, después, los gentiles quienes rechazaron a los cristianos. El Evangelio deja claro, con palabras del mismo Jesús, que el odio y la persecución forman parte de la vida del discípulo, porque el cristiano ya no pertenece al mundo, sino a Cristo. Y el mundo solo ama aquello que considera suyo.
El cristiano, con su forma de vivir, se convierte en un testimonio que confronta al mundo y denuncia el pecado. Por eso, el rechazo no debe entenderse solamente en un sentido social, sino profundamente teológico: quien sigue a Cristo inevitablemente entra en tensión con aquello que se opone a Dios.
Jesús mismo lo advirtió: “El siervo no es más que su señor”. Si Él vivió la persecución y terminó en la cruz, el discípulo no puede esperar un camino distinto. Seguir a Cristo implica heredar también las consecuencias de anunciar su verdad.
Sin embargo, no todo es rechazo. También hubo quienes creyeron y amaron a Jesús, y ese amor continúa gracias al testimonio vivo de la Iglesia. Aquí aparece la acción del Paráclito, el Espíritu Santo, que fortalece a los discípulos, les recuerda las palabras de Cristo y les da la capacidad de ser auténticos testigos. No se trata solo de recordar hechos, sino de comprender profundamente el misterio de Jesús para anunciarlo con valentía.
San Juan menciona, además, las pruebas concretas que vivirían los cristianos: ser expulsados de la sinagoga e incluso perseguidos hasta la muerte en nombre de Dios. Muchos consideraban a los cristianos como blasfemos, y por eso la fe cristiana significaba, para algunos, vivir bajo amenaza constante. Aun así, la Iglesia entendió desde el principio que la fidelidad a Cristo vale más que cualquier persecución.