15/07/2026
Al unir en su Persona, sin confusión ni separación, la naturaleza divina
a la naturaleza humana, Cristo ha devuelto a esta a su estado primigenio,
apareciendo así como el nuevo Adán. Al mismo tiempo, la ha conducido a
la perfección a la que está destinada: la perfecta semejanza con Dios, la
participación en la naturaleza divina (cf. 2 Pe 1,4). Así, por su gracia, ha
concedido llegar a ser dios a cada persona humana que, en la Iglesia -que
es su cuerpo-, está unida a Él por el Espíritu