15/06/2026
Si el amor de Dios dependiera de nuestros méritos, viviríamos constantemente preocupados por demostrar que somos dignos. Pero la fe bíblica enseña que el amor divino es un regalo, no una recompensa.
Reconocer nuestras limitaciones, errores y fragilidades no tiene por qué llevarnos a la desesperanza. Al contrario, puede abrirnos a la humildad. Cuando aceptamos que no somos perfectos, comprendemos mejor la profundidad de un amor que no se retira en nuestros momentos de fracaso ni aumenta únicamente en nuestros éxitos.
La misericordia de Dios, consiste precisamente en que Él nos ama no solo cuando hacemos el bien, sino también cuando nos sentimos perdidos, cansados o heridos y fallamos. Ese amor no ignora nuestras faltas, pero tampoco nos reduce a ellas. Nos invita a levantarnos, a crecer y a acercarnos más a Él en arrepentimiento.
Quizá la pregunta no sea si merecemos el amor de Dios, sino cómo respondemos a él. Una respuesta puede ser la gratitud: vivir cada día conscientes de que somos amados. Otra puede ser la misericordia: ofrecer a otros la misma comprensión y compasión que recibimos de Dios. Y otra más puede ser la confianza en Él: creer que ningún error es más grande que la posibilidad de transformación.
Como escribe el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: “Dios demuestra su amor para con nosotros en esto: que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. Para los cristianos, esta es una de las expresiones más profundas del amor gratuito de Dios: un amor que precede a nuestros méritos y que nos llama a una vida nueva.