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Con el corazón lleno de agradecimiento, te adoro, dulce Niño Jesús, te bendigo y te amo con todo el fervor de mi alma y confiadamente levanto mis ojos hasta ti, mi Dios, buscando tu mirada llena de amor y misericordia. Creemos en la Resurrección de Cristo; sabemos que Él murió y resucitó por nosotros y esperamos también nosotros resucitar con Él y participar de su vida divina. Por
eso no debemos tener miedo a nadie ni a nada, ni siquiera a la muerte porque nada tiene dominio ni poder sobre Él. La calavera que tiene debajo de sus manos, y es en el que está recostado, representa la humanidad que todavía no ha alcanzado la plenitud de la gloria eterna y que peregrina en este mundo con el corazón puesto en Dios. Por eso las manos del divino Niño están sobre ella, como protegiéndola y descansando plácidamente, dándonos a entender que nada debemos de temer porque él está allí, con nosotros, llenándonos de paz y de amor.