17/05/2026
La Belleza de la Unidad en la Verdad Encarnada
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Hermanos y hermanas en Cristo: existe una tendencia muy humana a leer las Sagradas Escrituras como si se tratara de un archivo histórico mu**to, una mera crónica de eventos que sucedieron en el polvo de la antigua Judea. No obstante, la liturgia de hoy nos arranca de esa comodidad intelectual y nos empuja al terreno más íntimo y sagrado de toda la revelación cristiana.
El Evangelio de Juan nos introduce en el Cenáculo. El aire aún está denso por las palabras de despedida, y de pronto, el Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, levanta sus ojos. Jesucristo, el Verbo encarnado, habla con su Padre. Es la Oración Sacerdotal. Estamos escuchando el diálogo interno de la Santísima Trinidad.
Cristo inicia su ruego pidiendo glorificación: "Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti". Cuando el mundo moderno escucha la palabra gloria, inmediatamente la asocia con el aplauso, el poder terrenal o el reconocimiento efímero. La gloria de la que habla Jesús es de una naturaleza completamente distinta.
Es el Pulchrum, el esplendor absoluto del orden divino que está a punto de manifestarse en la madera áspera de una cruz. La belleza de Dios no es una estética superficial, sino el amor redentor llevado hasta las últimas consecuencias. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios, y para hacernos partícipes de la naturaleza divina.
Fíjense con qué precisión define el Maestro nuestro destino final: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". Aquí radica el corazón de nuestro anuncio evangélico. Este conocimiento no es una simple acumulación de datos dogmáticos, ni un frío dislate argumental diseñado para ganar debates. Es una relación viva, un encuentro empírico y transformador. La Verdad, mis queridos hijos, no es una idea que analizamos bajo un microscopio, es una Persona a la que adoramos. Para nosotros, los que nos nutrimos de la tradición apostólica y de la nobleza del Libro de Oración Común, lo evangélico y lo sacramental son inseparables. Experimentamos esa Verdad encarnada en el olor del incienso, en el tacto del agua bautismal y, sobre todo, cuando nos arrodillamos ante el altar para recibir el remedio expedito de Su Cuerpo y de Su Sangre. No somos salvados por un gélido decreto judicial dictado en el vacío absoluto, sino por nuestra inserción real en este Cristo vivo.
Añadido a esto, el Señor declara algo que fundamenta nuestra propia existencia como comunidad: "Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron". Esta es la esencia misma de la catolicidad: la transmisión inquebrantable de la fe. Lo que creemos y celebramos hoy en este templo no es un invento reciente. No hemos fabricado nuestra religión. Hemos recibido un depósito —un Depositum Fidei— que ha sido protegido con sangre a lo largo de los siglos por obispos y mártires. Cristo entregó las palabras del Padre a los Apóstoles, y ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, las conservaron y expusieron fielmente.
Por otro lado, cada vez que enseñamos a nuestros niños a persignarse, cada vez que cantamos los himnos antiguos, estamos participando en esa misma entrega. Somos la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, edificada sobre el fundamento de aquellos hombres que escucharon a Jesús orar aquella noche. No estamos solos; una gran nube de testigos nos acompaña. Educar en la fe es, fundamentalmente, anclar nuestras vidas en la historia de la salvación, asegurando que el Credo que un adulto o un joven confiesa en su bautismo sea exactamente el mismo que profesaba San Ignacio, San Atanasio o San Agustín.
De ahí que se deduzca el clamor final de este pasaje, el ruego que debe perforar nuestras conciencias esta mañana: "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros". El Unum. La Unidad. Para los Padres de la Iglesia, el mal y el pecado representan siempre la disgregación, la ruptura de la armonía, una voluntad fragmentada que huye del Creador. Nuestra cultura actual celebra la fragmentación; idolatra las preferencias subjetivas y eleva el egoísmo a la categoría de virtud suprema. Cristo, en agudo contraste, ruega para que seamos uno. No una unidad administrativa superficial o un mero acuerdo de convivencia humana, sino una unidad ontológica, un reflejo de la comunión perfecta que existe entre el Padre y el Hijo. Esa unidad tiene que ser visible y palpable aquí, en las bancas de nuestra parroquia. Desde el niño más inquieto hasta el anciano que descansa en la liturgia, la santidad a la que estamos llamados requiere que nos soportemos mutuamente con caridad, que nos perdonemos con prontitud y que nuestra adoración derribe las barreras del orgullo. Si el mundo va a creer que el Padre envió al Hijo, no será meramente por la agudeza de nuestros silogismos, sino porque ven en nosotros un amor que desafía la lógica del egoísmo humano.
Cristo levantó los ojos al cielo porque sabía que la cruz era el único camino para darnos vida eterna. Sus palabras en el Cenáculo no quedaron flotando en el aire; fueron selladas en el Calvario y vindicadas en la tumba vacía. Acérquense hoy al Sacramento con asombro reverente. Vengan a recibir al que oró por ustedes antes de que el mundo fuera formado. Permitan que el Espíritu Santo moldee sus almas hasta que el resplandor de la Unidad, la Verdad y la Bondad divinas sean el único lenguaje de sus vidas.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.