18/08/2019
GRANDES LECCIONES DE GRANDES HISTORIAS.
Uzias era rey sobre Jerusalén, había empezado a gobernar desde muy joven (16 años), prosperando en los días que buscó al Señor, había peleado muchas batallas contra Filisteos, Árabes y Amonitas, sin duda grandes ejércitos en sus tiempos, mando a resguardar la ciudad, edificando lugares altos y bien abastecidos de armas para cuálquier ataque; creo un ejército de guerreros, quienes eran poderosos y fuertes para ayudar al rey contra los enemigos, he hizo crecer la agricultura en la nación "...su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse fuerte". Ahora teniendo todo esa fuerza, honor y reconocimiento declara la escritura que "su corazón se enalteció" tanto que llegó a creer que podría entrar al lugar santo y ofrecer incienso; cuando los sacerdotes llegan a él y dicen: "No te toca a ti, oh Uzias, el quemar incienso al Señor, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo, sal del santuario". Uzias se enoja tanto que Dios lo hiere de lepra en la frente, al darse cuenta los sacerdotes le hacen salir a prisa y el sale huyendo del lugar santo. Uzias murió siendo leproso.
Cuántas veces hermanos Dios nos da la victoria en contra de Satanás, nos da prosperidad en nuestras vidas, nos regala de sus dones espirituales, y parece que todo marcha perfecto que nos olvidamos de nuestro mediador, olvidamos que hemos de entrar al lugar santo por medio de la redención de Cristo, Uzias peco pensando no necesitar más salvador que el mismo, pensando que no era necesario pedir al sumo sacerdote que ofreciera el aceite de la unción que representa la mediación de Jesús como salvador de la humanidad, Uzias fue segado por su propia gloria, que fue necesario hacerle ver su pecado con lepra (representación completa del pecado) y justo en la frente dónde todo quién lo viese se daría cuenta de su pecado, el abriendo sus ojos espirituales decidió salir huyendo invitado en parte por los sacerdotes, tal y como muchos salen de la presencia del Señor por su altanería.
La humildad siempre debe ser la bandera que ondee la iglesia redimida.
Palabra por presbítero Rosario Potenciano Vidal.
Imagen: literaturabautista.com