23/08/2024
Desde mis meditaciones hamiltonianas.
"mi ídolo terrenal"
El 17 de abril de 1993, cuando no tenía a Cristo en mi corazón, asistí a un concierto en la ciudad de Anaheim California en el Anaheim Stadium; y en ese tiempo me consideraba afortunado y lo veía como un gran privilegio pues tocaría un tipo llamado Paul McCartney, ex integrante de una banda célebre llamada The Beatles.
Recuerdo que llegó en su limousine y entró al estadio justo en la entrada donde habíamos unos cuantos esperando la hora afuera del estadio y bajó la ventanilla y mostró pulgares arriba, era el mismísimo ex Beatle.
Fue de mucha felicidad para mí haberlo visto tan cerca.
Inició el concierto y le conté 30 canciones seguidas y cuando terminó, él y sus músicos se fueron a su camerino pero nadie se movió de su asiento en el estadio y todo mundo le gritaba y aclamaba para que volviera a salir y siguiera tocando, después de unos momentos salió y dijo: "vinimos aquí para divertirnos" y tocó 3 canciones más y se volvió a ir y la gente no se movió de sus lugares y le siguió aclamando pero ya no volvió a salir.
Así se sirve a un ídolo terrenal, se le aclama, se le imita, se le sigue, se le admira, se le invierte tiempo; se le invierte dinero en la compra de sus discos, películas, playeras u otros souvenirs y los consideramos como dioses aunque no nos conozcan, aunque no sepan dónde vivimos, aunque no conozcan nuestro nombre, aunque nunca hayan hecho algo grandioso por nosotros, aunque nunca se interesen en nuestros problemas, aunque nunca compartan sus riquezas con nosotros y aún así los admiramos y los idolatramos.
Resulta que eso que hacemos con ellos es lo que deberíamos hacer con Cristo Jesús. Él sí merece que le dediquemos tiempo, dinero, admiración, adoración e imitación porque Él sí nos conoce por nombre, sí sabe dónde vivimos, sí se interesa en ayudarnos en medio de nuestros problemas, sí ha hecho algo grande por nosotros pues murió en la cruz para salvarnos, sí comparte su riquezas con nosotros ahora y en la vida venidera, sí seca mis lágrimas y por todo eso merece nuestra adoración.
Si hoy tienes ídolos, cambia tus afectos y ponlos en Cristo Jesús.