24/05/2026
🌹 Día 23 — Los tres días de angustia: cuando María buscó a Jesús con el corazón herido
Como cada año, María y José habían subido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.
Todo parecía transcurrir con normalidad.
Jesús ya no era un pequeño niño: comenzaba a crecer y a manifestar una sabiduría que sorprendía incluso en su silencio.
Terminada la fiesta, emprendieron el regreso junto a la caravana.
Y entonces comenzó la angustia.
Jesús no estaba.
Al principio quizá María pensó que iba junto a otros familiares o conocidos del camino. Pero conforme pasaban las horas, el corazón de una madre comenzó a estremecerse.
Lo buscaron…
y no lo encontraron.
¡Qué dolor tan profundo debió atravesar el alma de María!
Aquella que había cuidado al Niño en Belén…
la que huyó con Él hacia Egipto…
la que lo vio crecer en Nazaret…
ahora caminaba con el corazón herido buscándolo desesperadamente.
Las calles, las plazas y los caminos debieron llenarse de preguntas angustiosas.
“¿Lo han visto?”
“¿Está aquí?”
“¿Pasó por este lugar?”
Y mientras más pasaba el tiempo, más pesada se volvía aquella ausencia.
La espada anunciada por Simeón comenzaba nuevamente a tocar el corazón de María.
Porque perder a Jesús, aunque fuera por poco tiempo, era para ella un dolor inmenso.
Durante tres días lo buscaron.
Tres días de incertidumbre.
Tres días de lágrimas silenciosas.
Tres días donde María experimentó el sufrimiento de no comprender plenamente los caminos de su Hijo.
Y sin saberlo aún, aquella angustia era también una sombra profética de otro dolor futuro.
Un día volvería a “perder” a Jesús durante tres días…
pero ya no sería un Niño en el templo.
Sería el Redentor entregado a la muerte para cumplir la voluntad de su Padre.
Y nuevamente habría:
lágrimas,
silencio,
aparente ausencia,
y una espera dolorosa antes del reencuentro glorioso.
Finalmente, María y José encontraron a Jesús en el templo.
No estaba perdido en realidad.
Estaba entre los doctores de la ley, escuchando y enseñando con una sabiduría que dejaba maravillados a todos.
Entonces María, con la ternura y el dolor acumulado de una madre, le dijo:
“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te buscábamos llenos de angustia.”
Y Jesús respondió con palabras que debieron quedar grabadas profundamente en el corazón de María:
“¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”
¡Qué misterio tan profundo!
Jesús amaba infinitamente a María y José…
pero comenzaba a mostrar claramente que su misión venía del Padre celestial.
María quizá no comprendió completamente aquellas palabras en ese momento.
Pero no se rebeló.
No dejó de confiar.
No dejó de amar.
El Evangelio diría nuevamente que guardaba todas estas cosas en su corazón.
Porque así era María: incluso cuando no entendía del todo los caminos de Dios, seguía creyendo.
Hoy aprendemos algo profundamente humano y santo:
amar verdaderamente a Jesús también significa aceptar que su voluntad muchas veces supera nuestra comprensión.
🌹 Jaculatoria del día:
María fiel en la angustia, enséñame a seguir buscando a Jesús aun en los momentos de oscuridad y silencio.