13/12/2025
"Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos" (Romanos 16:17).
Una de las experiencias más dolorosas y sangrantes que un cristiano sensible puede sufrir, es la división de su Iglesia o denominación. Un sentimiento que puede compararse al dolor que causa un divorcio, sobre todo para los hijos del matrimonio roto.
¡Cuánto dolor! ¡Cuántas pérdidas irrecuperables! ¡Cuántos años cuesta la restauración! ¡Y qué humillante la fea cicatriz que nos queda.
Tanto daño hace una división en el seno del Pueblo de Dios, que la Biblia está llena de advertencias en contra de ese mal, así como de exhortaciones implícitas o expresas a que los cristianos seamos “solíctos en guardar la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3).
Cuando se produce una división, pasa como cuando estalla una guerra. Da igual si se concluye que la guerra era inevitable o incluso “justa”: el dolor y las pérdidas son tan grandes que al final nos lamentaremos siempre de no haber hecho lo suficiente para evitarla.
Sin embargo, una guerra no es igualmente dolorosa para todos. Para "los mercenarios" la guerra es un modo de vida, una profesión y un beneficio, por lo que van a la guerra con entusiasmo y sin importarle las terribles consecuencias para las vidas de las personas y para la paz de los pueblos. Incluso tienen un eufemismo para describir esas consecuencias: "daños colaterales". Lo mismo pasa con los "divisores” en el seno de la Iglesia a los que alude el apóstol Pablo, personas que, bien por la extraña gratificación personal que les produce, bien por algún interés espurio perseguido, van a una división como el mercenario a la guerra, con entusiasmo y excitación. Como buitre que mira a su presa, sus sentidos se ponen en estado de alerta cuando huelen la oportunidad de un cisma, ruptura o división.
EL PERFIL DE UN DIVISOR
La pregunta es entonces, ¿cómo distinguir entre un divisor y un auténtico defensor de la fe? ¿Es esto posible? Desde luego, no siempre es fácil, y para eso existe un "don de discernimiento de espíritus" (1 Cor. 12:10), pero he aquí algunas pistas basadas en nuestra observación personal de las Escrituras y de algunas dolorosas experiencias que, creemos, nos pueden ayudar a estar advertidos acerca de estos maestros del acoso y del derribo:
1. Un divisor no “se aparta”, sino que “aparta” a los demás, señalándoles, o excluyéndoles.
Dice Mateo 1:19 que, cuando José supo que María estaba encinta, “como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente”. Esto demuestra que el mismo Espíritu que había hecho concebir a María, gobernaba el corazón noble y piadoso de José. Ante la posibilidad de que María hubera pecado, como la amaba, no pensó en acusarla, vengarse, despreciarla o hacerle daño, sino en apartarse de ella con la mayor discreción.
Ésta es una actitud en las antípodas del espíritu de los que causan divisiones y tropiezos, cuya reacción casi nunca es “apartarse” para evitar mayores males a la Iglesia o a la organización, sino acusar, despreciar y, si es posible, “apartar a otros”.
Un auténtico defensor de la fe intentará advertir al pastorado de la Iglesia de un error con temor de Dios, pero se cuidará mucho de abrigar un espíritu, arrogante o vengativo.
2.Un divisor busca"robar el corazón" de los descontentos e ingenuos.
Porque tales personas", advertía Pablo a los cristianos de Roma, "no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos.” (Romanos 16:18).
Absalón es un paradigma de divisor. Dice la Biblia que, descontento con su padre el rey David, Absalón se situaba a las puertas de la ciudad donde se administraba justicia “y a cualquiera que tenía pleito y venía al rey a juicio, Absalón le llamaba y le decía (…) Mira, tus palabras son buenas y justas; mas no tienes quien te oiga de parte del rey. Y decía Absalón: ¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia! Y acontecía que cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, él extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera hacía con todos los israelitas que venían al rey a juicio; y así robaba Absalón el corazón de los de Israel.” (2 samuel 15:2-6). 3. Un divisor no “va de frente” ni es constructivo, sino que conspira buscando “derribar y destruir”.
El apóstol Pablo se esforzaba por hacer en sus discusiones con judíos y griegos, buscando convencer, defendiendo sus argumentos a cara descubierta, arriesgando su vida y su reputación personal, los divisores nunca buscan reformas o mejoras..., sino escombros. Por eso su crítica es siempre destructiva. Y arriesgan poco o nada. Solo dan la cara cuando ven clara la victoria de sus propósitos, o algún beneficio o gratificación personal. Hasta entonces, se mueven en las sombras. “Divide y vencerás”, es la máxima suprema de un divisor. Detrás de las intenciones de un divisor siempre hay un inconfesable objetivo oculto, sea un beneficio personal, o sea una ventaja para la iglesia, facción u organización a la que sirve. Un beneficio o ventaja que, desde su punto de vista, solo conseguirá si logra debilitar o dominar a la iglesia, denominación u organización, que se interpone en el camino de sus objetivos. El caso de Diótrefes, mencionado por el apóstol Juan en su tercera carta, es un buen ejemplo de divisor, aunque los hay con perfiles y características diversas."... solo hay algo más grave que sufrir una división: provocarla o alentarla." ............. LA PAZ DE DIOS.