23/04/2026
En la foto Damien de Veuster, el padre Damián.
Hay una isla en el océano Pacífico que durante casi un siglo fue el lugar más temido del mundo. No por sus volcanes, aunque los tiene. No por sus tormentas, aunque las tiene también. Sino porque allí enviaban a los que la sociedad había decidido que ya no existían.
Se llamaba Molokai. Y lo que ocurrió allí es una de las historias más extraordinarias que el cristianismo ha producido en los últimos doscientos años. Una historia que empieza con un hombre joven bajando de un barco en un muelle de madera podrida, mirando a su alrededor, y eligiendo quedarse.
Pero para entender lo que eligió, hay que entender primero lo que era Molokai en 1873.
La lepra llegó a Hawái a mediados del siglo diecinueve, traída probablemente por trabajadores chinos que llegaron a las plantaciones de azúcar. El reino hawaiano, aterrorizado ante la velocidad con que se propagaba, tomó una decisión que los gobiernos de aquella época tomaban con regularidad y que hoy nos parece imposible de imaginar. Una decisión que se pronunciaba con palabras técnicas y administrativas para que sonara menos a lo que era.
Deportación indefinida. Sin juicio. Sin fecha de regreso. Sin posibilidad de apelación.
Quien tenía lepra desaparecía. Las autoridades llegaban a tu casa, te separaban de tu familia, te subían a un barco, y te dejaban en la península de Kalaupapa, en la isla de Molokai, rodeada de acantilados de más de ochocientos metros que hacían imposible la huida. Allí te quedabas. Allí morías.
Entre 1866 y 1969, más de ocho mil personas fueron deportadas a Molokai. Ocho mil. Hombres, mujeres, niños. Separados de todo lo que conocían, de todos los que amaban, enviados a morir en un pedazo de tierra hermosa y maldita en medio del Pacífico.
Lo que encontraban cuando llegaban no era un hospital ni un refugio ni ningún intento de organización humana digna. Era el caos más absoluto. No había médicos. No había sacerdotes. No había estructura social de ningún tipo. Los más fuertes tomaban lo que querían. Los más débiles, los más enfermos, los niños, no tenían a nadie. El alcohol circulaba libremente porque nadie había decidido que los condenados de Molokai merecieran ningún tipo de regulación moral. La violencia era cotidiana. La desesperación era el único ambiente.
Un testigo que visitó la colonia en sus primeros años la describió con tres palabras: Molokai no existe.
En ese lugar, en ese año de 1873, llegó un sacerdote belga de treinta y tres años que se llamaba Jozef Damiaen de Veuster y que todos conocían como el Padre Damián.
No lo mandaron. Fue él quien pidió ir.
Eso hay que detenerlo un momento y dejarlo aterrizar de verdad. Nadie obligó a Damián a ir a Molokai. No era un castigo, no era una misión impuesta, no era la única opción que le quedaba. Era un sacerdote joven con una parroquia en la isla grande de Hawái, con salud, con futuro, con todo lo que una vida razonablemente buena podía ofrecer. Cuatro sacerdotes de su congregación habían acordado turnarse en Molokai, tres meses cada uno, para que ninguno tuviera que quedarse demasiado tiempo en un lugar tan peligroso y tan devastador.
Damián fue el primero en llegar. Y cuando llegaron los tres meses y llegó el momento de irse, escribió a sus superiores una carta que con el tiempo se ha convertido en uno de los documentos más hermosos de la historia del sacerdocio moderno.
Dijo que no podía irse. Que había ocho mil personas en aquella isla que no tenían a nadie. Que si él se iba, volvían a no tener a nadie. Y que eso no podía ser.
Se quedó dieciséis años.
Los primeros tiempos fueron de una dureza que sus cartas describen con una honestidad que todavía duele leer. No había casa para él al principio, dormía bajo un árbol. No había iglesia donde celebrar misa, usaba una capilla diminuta y desvencijada que se caía a pedazos. No había manera de no estar en contacto permanente con la enfermedad, con las heridas abiertas, con los cuerpos que la lepra iba deshaciendo lentamente.
Y hay algo que Damián hizo desde el primer día que ninguno de sus predecesores había hecho, que ninguno de los funcionarios que administraban la colonia hacía, que era la primera cosa que esas personas necesitaban antes que cualquier medicamento o cualquier organización o cualquier estructura.
Las tocaba.
No con guantes. No con la distancia higiénica y compasiva del que ayuda pero se cuida de no contaminarse. Las tocaba. Les lavaba las heridas con sus manos. Les cortaba el pelo. Les sostenía la cabeza cuando estaban muy débiles para sostenérsela ellos solos. Les abrazaba.
En un mundo que llevaba años enviando el mensaje de que esas personas eran intocables, que su sola presencia era una amenaza, que merecían ser borradas del mapa de lo humano, Damián de Veuster llegó y puso sus manos sobre ellas.
Eso fue la mitad del milagro. La otra mitad fue lo que ocurrió después.
Porque Damián no solo tocaba. Construía. Con una energía y una capacidad organizativa que sus superiores encontraban a veces difícil de seguir, empezó a transformar Molokai de un campo de abandono en algo que se parecía, lentamente, a una comunidad.
Construyó casas. No chozas, casas. Casas donde los enfermos pudieran vivir con dignidad. Construyó una iglesia, con sus manos, enseñando a los que podían ayudar, adaptando las tareas a los que habían perdido dedos o movilidad. Construyó un acueducto para llevar agua limpia. Construyó un orfanato para los niños que llegaban solos o que se quedaban sin padres. Construyó una banda de música, porque había decidido que la alegría no era un lujo sino una necesidad, y que la gente que vivía rodeada de muerte necesitaba algo que afirmara la vida con sonido y con ritmo.
Fuenteovejuna todo esto. Consiguió que el gobierno hawaiano enviara materiales. Escribió cartas a obispos, a organizaciones benéficas, a cualquiera que pudiera escuchar. Fue el primero en hablar en voz alta, con nombres y datos y descripciones concretas, de lo que estaba pasando en Molokai, rompiendo el silencio cómodo que convenía a todos los que preferían no saber.
Gracias a él, el mundo empezó a saber.
Y mientras construía, mientras escribía cartas, mientras organizaba, mientras celebraba misa cada mañana en la iglesia que había levantado con sus propias manos, Damián hacía algo más. Algo que no aparece en ninguna lista de logros pero que quienes lo conocieron describían como la cosa más importante de todo.
Aprendía los nombres.
Cada persona que llegaba a Molokai, cada hombre, cada mujer, cada niño que bajaba de ese barco con el miedo en los ojos y la enfermedad en el cuerpo y el peso de saber que nunca iba a volver a casa, Damián aprendía su nombre. No el nombre de su diagnóstico. No el número de su expediente. Su nombre. Y lo usaba. Y preguntaba por su familia, y recordaba lo que le había contado la semana anterior, y cuando morían los enterraba con dignidad, con una ceremonia, con una oración, con la certeza de que alguien en el mundo sabía quiénes habían sido.
Eso es lo que hace el amor cuando no es una emoción sino una decisión.
En 1885, doce años después de llegar a Molokai, Damián estaba celebrando misa cuando metió el pie por accidente en agua hirviendo. No sintió nada. Se quedó mirando el pie durante un largo momento. Y supo.
La lepra tarda años en aparecer. Y uno de sus primeros síntomas es la pérdida de sensibilidad. Damián llevaba años sin usar ninguna protección especial, tocando heridas, lavando cuerpos, viviendo en el mismo aire que sus parroquianos. Lo había sabido siempre que era una posibilidad. Lo había elegido de todas formas.
El domingo siguiente, en su homilía, empezó con una frase que corrió por el mundo católico como una llama. No dijo yo tengo lepra con miedo o con dramatismo. Lo dijo de otra manera. Abrió la homilía mirando a su congregación, a las personas que llevaba doce años sirviendo, y dijo:
Nosotros los leprosos.
Nosotros.
En ese pronombre está todo. En ese nosotros hay más teología que en cien tratados académicos. En ese nosotros Damián de Veuster cruzó la última frontera que separaba al que ayuda del que pertenece, al que sirve del que ama, al extranjero compasivo del hermano de verdad.
A partir de ese momento ya no era el sacerdote belga que había ido a ayudar a los leprosos de Molokai. Era uno de ellos.
Los cuatro años que siguieron fueron los más productivos de su vida y los más dolorosos de su cuerpo. La enfermedad avanzó. Sus manos, las mismas manos que habían construido casas y lavado heridas y sostenido a los moribundos, empezaron a perder sensibilidad y forma. Su cara cambió. Su cuerpo fue cediendo de la misma manera en que había cedido el cuerpo de cada uno de los que había acompañado hasta la muerte.
Pero siguió trabajando. Siguió escribiendo cartas. Siguió construyendo. Siguió aprendiendo nombres.
Llegaron a acompañarle en sus últimos años otras personas extraordinarias. Una religiosa llamada Madre Marianne Cope, que también sería beatificada, llegó con un grupo de hermanas y se quedó. Un hermano laico llamado Joseph Dutton abandonó una vida de excesos en América, llegó a Molokai en 1886 y se quedó cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro. Sin irse ni una sola vez. Cuarenta y cuatro años dando de comer, curando heridas, escribiendo cartas por los que no podían escribir.
Damián murió el 15 de abril de 1889. Tenía cuarenta y nueve años. Lo enterraron en Molokai, bajo el árbol donde había dormido la primera noche que llegó a la isla, cuando no tenía todavía ni un techo bajo el que cobijarse.
El mundo entero lo lloró. Cosa extraña para alguien que había pasado los últimos dieciséis años de su vida en uno de los lugares más remotos e ignorados del planeta. Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro, visitó Molokai poco después de la muerte de Damián y escribió sobre él una de las defensas más apasionadas que un escritor ha dedicado jamás a un ser humano. Mahatma Gandhi dijo que la vida de Damián era una de las que más le habían influido. No Gandhi el político. Gandhi el hombre que creía en el poder de una sola persona que decide quedarse donde todos se van.
La Iglesia lo canonizó en 2009. El Papa Benedicto XVI presidió la ceremonia. Entre los que lloraron ese día había descendientes de los deportados de Molokai, personas cuyas familias habían sido tocadas, literalmente, por las manos de ese hombre.
Pero hay algo que quiero contar antes de terminar. Algo que ocurrió mucho antes de la canonización, mucho antes de que nadie pronunciara la palabra santo en relación con Damián de Veuster, en los primeros años de su llegada a Molokai, cuando todavía era solo un sacerdote joven bajo un árbol en una isla maldita.
Hay cartas que escribió a su hermano Pamphile, que también era sacerdote y que había querido ir a Molokai antes que él pero que la enfermedad le había impedido viajar. Cartas que escribía de noche, a la luz de una vela, después de días que habrían aplastado a cualquier persona normal. Cartas en las que describía los funerales que había celebrado ese día, los niños que había encontrado solos, las heridas que había curado, el olor que impregnaba todo y que nunca desaparecía del todo.
Y en esas cartas, junto a todo eso, hay algo que reaparece una y otra vez con una regularidad que al principio sorprende y luego deja de sorprender porque es la única explicación posible de todo lo demás.
Alegría.
No la alegría superficial del que no entiende lo que tiene delante. No la alegría forzada del que necesita convencerse de que todo está bien cuando no lo está. Sino algo más profundo y más extraño, una alegría que coexistía con el dolor y con el cansancio y con la soledad y con el horror cotidiano de lo que veía, una alegría que no dependía de las circunstancias porque no venía de las circunstancias.
En una de esas cartas escribió algo que me parece una de las frases más honestas que un ser humano ha puesto por escrito sobre el sentido de la propia vida. Dijo: soy feliz y contento, y no cambiaría mi suerte con ningún rey del mundo.
Estaba escribiendo desde Molokai. Llevaba años sin ver a su familia. Tenía delante otro día de funerales y heridas y niños abandonados y un cuerpo que ya empezaba a mostrar los primeros signos de la lepra que lo mataría.
Y era feliz. No a pesar de todo eso. Con todo eso. Dentro de todo eso.
Porque había encontrado lo que muy poca gente encuentra en una vida entera. El lugar exacto donde su vida y la necesidad del mundo se tocaban. El punto preciso donde lo que él podía dar coincidía con lo que alguien desesperadamente necesitaba recibir. El momento en que dejas de preguntarte para qué sirves y simplemente sirves, y en ese servicio encuentras algo que ninguna comodidad, ningún éxito, ningún reconocimiento puede darte.
Damián de Veuster fue a Molokai a salvar a los leprosos.
Y los leprosos lo salvaron a él.