Pastoral Vocacional VILLA Azueta,ver.

Pastoral Vocacional VILLA Azueta,ver. La Pastoral Vocacional Parroquial trabaja en busca de jóvenes con inquietudes vocacionales. Oremos por las Vocaciones La mies es mucha y los obreros son pocos

26/05/2026

*MISA SECTORES (COLONIAS)*
*PARROQUIA* *"CRISTO REY"* *MES DE MAYO 2026*

■ *SECTOR* COL. TEJEDA
NUEVA APERTURA
*Martes 26 de mayo 5 pm*
Calle Francisco I Madero entre Lopez Mateos y Francisco Villa.
Casa de Gil y Maty.

■ *SECTOR JUQUILITA*
COLONIA VALLE DORADO
*26 de mayo a las 6 pm*
Calle Framboyanes (última entrada, una calle antes del gas el atlántico
Casa de Alberto (gordo) y Rosalba (Rosa)

■ *SECTOR SEÑOR DE LA MISERICORDIA*
COLONIA NUEVO PROGRESO
Calle psicología, entrada por la UGM.
*miércoles 27 de mayo 4 pm*
Casa de Alvara Lara

■ *SECTOR SAN JUAN PABLO II* NUEVO SECTOR
COLONIA EL MIRADOR
*Miércoles 27 de Mayo 5 PM*
Calle Alejandro Ramírez Honda (por la cabaña Ing. Omar Ramírez )
Casa Yuliana Hernandez Tadeo

■ *SECTOR SAN MIGUEL ARCÁNGEL*
COLONIA BOSQUE
*Jueves 28 de mayo 10 am*
Av. Veracruz casi esq. P.Gamboa. casa de los maestros Rodrigo y Carolina

■ *SECTOR SAN JUAN DIEGO*
COLONIA VENECIA
*Jueves 28 de mayo 11 am*
Calle Libertad entre Emilio de la Fuente y Constitución
Casa Familia Nolazco Conti.

■ *SECTOR SAGRADO CORAZON*
COLONIA VÁZQUEZ VELA
*Viernes 29 de mayo 4 pm*
Av. Pablo Fernandez esquina Calle Obregón "
Capillita de la Virgen de Guadalupe.
Por la casa Sra. Isabel (Chavelita) Regueyra Vázquez

Los asesores de la pastoral Vocacional les deseamos muchas felicidades a todos las mamás en su día Dios les ha dado la g...
11/05/2026

Los asesores de la pastoral Vocacional les deseamos muchas felicidades a todos las mamás en su día

Dios les ha dado la gracia de dar vida... y vivir la maternidad!!

Bendiciones y muchas felicidades

06/05/2026
La Pastoral Vocacional Parroquial Felicita a la Azucena de Mayo 2026Profra. DORA A. BAUTISTA BRAVO. FELICIDADES
05/05/2026

La Pastoral Vocacional Parroquial
Felicita a la Azucena de Mayo 2026
Profra. DORA A. BAUTISTA BRAVO.

FELICIDADES

En la foto Damien de Veuster, el padre Damián. Hay una isla en el océano Pacífico que durante casi un siglo fue el lugar...
23/04/2026

En la foto Damien de Veuster, el padre Damián.
Hay una isla en el océano Pacífico que durante casi un siglo fue el lugar más temido del mundo. No por sus volcanes, aunque los tiene. No por sus tormentas, aunque las tiene también. Sino porque allí enviaban a los que la sociedad había decidido que ya no existían.

Se llamaba Molokai. Y lo que ocurrió allí es una de las historias más extraordinarias que el cristianismo ha producido en los últimos doscientos años. Una historia que empieza con un hombre joven bajando de un barco en un muelle de madera podrida, mirando a su alrededor, y eligiendo quedarse.

Pero para entender lo que eligió, hay que entender primero lo que era Molokai en 1873.

La lepra llegó a Hawái a mediados del siglo diecinueve, traída probablemente por trabajadores chinos que llegaron a las plantaciones de azúcar. El reino hawaiano, aterrorizado ante la velocidad con que se propagaba, tomó una decisión que los gobiernos de aquella época tomaban con regularidad y que hoy nos parece imposible de imaginar. Una decisión que se pronunciaba con palabras técnicas y administrativas para que sonara menos a lo que era.

Deportación indefinida. Sin juicio. Sin fecha de regreso. Sin posibilidad de apelación.

Quien tenía lepra desaparecía. Las autoridades llegaban a tu casa, te separaban de tu familia, te subían a un barco, y te dejaban en la península de Kalaupapa, en la isla de Molokai, rodeada de acantilados de más de ochocientos metros que hacían imposible la huida. Allí te quedabas. Allí morías.

Entre 1866 y 1969, más de ocho mil personas fueron deportadas a Molokai. Ocho mil. Hombres, mujeres, niños. Separados de todo lo que conocían, de todos los que amaban, enviados a morir en un pedazo de tierra hermosa y maldita en medio del Pacífico.

Lo que encontraban cuando llegaban no era un hospital ni un refugio ni ningún intento de organización humana digna. Era el caos más absoluto. No había médicos. No había sacerdotes. No había estructura social de ningún tipo. Los más fuertes tomaban lo que querían. Los más débiles, los más enfermos, los niños, no tenían a nadie. El alcohol circulaba libremente porque nadie había decidido que los condenados de Molokai merecieran ningún tipo de regulación moral. La violencia era cotidiana. La desesperación era el único ambiente.

Un testigo que visitó la colonia en sus primeros años la describió con tres palabras: Molokai no existe.

En ese lugar, en ese año de 1873, llegó un sacerdote belga de treinta y tres años que se llamaba Jozef Damiaen de Veuster y que todos conocían como el Padre Damián.

No lo mandaron. Fue él quien pidió ir.

Eso hay que detenerlo un momento y dejarlo aterrizar de verdad. Nadie obligó a Damián a ir a Molokai. No era un castigo, no era una misión impuesta, no era la única opción que le quedaba. Era un sacerdote joven con una parroquia en la isla grande de Hawái, con salud, con futuro, con todo lo que una vida razonablemente buena podía ofrecer. Cuatro sacerdotes de su congregación habían acordado turnarse en Molokai, tres meses cada uno, para que ninguno tuviera que quedarse demasiado tiempo en un lugar tan peligroso y tan devastador.

Damián fue el primero en llegar. Y cuando llegaron los tres meses y llegó el momento de irse, escribió a sus superiores una carta que con el tiempo se ha convertido en uno de los documentos más hermosos de la historia del sacerdocio moderno.

Dijo que no podía irse. Que había ocho mil personas en aquella isla que no tenían a nadie. Que si él se iba, volvían a no tener a nadie. Y que eso no podía ser.

Se quedó dieciséis años.

Los primeros tiempos fueron de una dureza que sus cartas describen con una honestidad que todavía duele leer. No había casa para él al principio, dormía bajo un árbol. No había iglesia donde celebrar misa, usaba una capilla diminuta y desvencijada que se caía a pedazos. No había manera de no estar en contacto permanente con la enfermedad, con las heridas abiertas, con los cuerpos que la lepra iba deshaciendo lentamente.

Y hay algo que Damián hizo desde el primer día que ninguno de sus predecesores había hecho, que ninguno de los funcionarios que administraban la colonia hacía, que era la primera cosa que esas personas necesitaban antes que cualquier medicamento o cualquier organización o cualquier estructura.

Las tocaba.

No con guantes. No con la distancia higiénica y compasiva del que ayuda pero se cuida de no contaminarse. Las tocaba. Les lavaba las heridas con sus manos. Les cortaba el pelo. Les sostenía la cabeza cuando estaban muy débiles para sostenérsela ellos solos. Les abrazaba.

En un mundo que llevaba años enviando el mensaje de que esas personas eran intocables, que su sola presencia era una amenaza, que merecían ser borradas del mapa de lo humano, Damián de Veuster llegó y puso sus manos sobre ellas.

Eso fue la mitad del milagro. La otra mitad fue lo que ocurrió después.

Porque Damián no solo tocaba. Construía. Con una energía y una capacidad organizativa que sus superiores encontraban a veces difícil de seguir, empezó a transformar Molokai de un campo de abandono en algo que se parecía, lentamente, a una comunidad.

Construyó casas. No chozas, casas. Casas donde los enfermos pudieran vivir con dignidad. Construyó una iglesia, con sus manos, enseñando a los que podían ayudar, adaptando las tareas a los que habían perdido dedos o movilidad. Construyó un acueducto para llevar agua limpia. Construyó un orfanato para los niños que llegaban solos o que se quedaban sin padres. Construyó una banda de música, porque había decidido que la alegría no era un lujo sino una necesidad, y que la gente que vivía rodeada de muerte necesitaba algo que afirmara la vida con sonido y con ritmo.

Fuenteovejuna todo esto. Consiguió que el gobierno hawaiano enviara materiales. Escribió cartas a obispos, a organizaciones benéficas, a cualquiera que pudiera escuchar. Fue el primero en hablar en voz alta, con nombres y datos y descripciones concretas, de lo que estaba pasando en Molokai, rompiendo el silencio cómodo que convenía a todos los que preferían no saber.

Gracias a él, el mundo empezó a saber.

Y mientras construía, mientras escribía cartas, mientras organizaba, mientras celebraba misa cada mañana en la iglesia que había levantado con sus propias manos, Damián hacía algo más. Algo que no aparece en ninguna lista de logros pero que quienes lo conocieron describían como la cosa más importante de todo.

Aprendía los nombres.

Cada persona que llegaba a Molokai, cada hombre, cada mujer, cada niño que bajaba de ese barco con el miedo en los ojos y la enfermedad en el cuerpo y el peso de saber que nunca iba a volver a casa, Damián aprendía su nombre. No el nombre de su diagnóstico. No el número de su expediente. Su nombre. Y lo usaba. Y preguntaba por su familia, y recordaba lo que le había contado la semana anterior, y cuando morían los enterraba con dignidad, con una ceremonia, con una oración, con la certeza de que alguien en el mundo sabía quiénes habían sido.

Eso es lo que hace el amor cuando no es una emoción sino una decisión.

En 1885, doce años después de llegar a Molokai, Damián estaba celebrando misa cuando metió el pie por accidente en agua hirviendo. No sintió nada. Se quedó mirando el pie durante un largo momento. Y supo.

La lepra tarda años en aparecer. Y uno de sus primeros síntomas es la pérdida de sensibilidad. Damián llevaba años sin usar ninguna protección especial, tocando heridas, lavando cuerpos, viviendo en el mismo aire que sus parroquianos. Lo había sabido siempre que era una posibilidad. Lo había elegido de todas formas.

El domingo siguiente, en su homilía, empezó con una frase que corrió por el mundo católico como una llama. No dijo yo tengo lepra con miedo o con dramatismo. Lo dijo de otra manera. Abrió la homilía mirando a su congregación, a las personas que llevaba doce años sirviendo, y dijo:

Nosotros los leprosos.

Nosotros.

En ese pronombre está todo. En ese nosotros hay más teología que en cien tratados académicos. En ese nosotros Damián de Veuster cruzó la última frontera que separaba al que ayuda del que pertenece, al que sirve del que ama, al extranjero compasivo del hermano de verdad.

A partir de ese momento ya no era el sacerdote belga que había ido a ayudar a los leprosos de Molokai. Era uno de ellos.

Los cuatro años que siguieron fueron los más productivos de su vida y los más dolorosos de su cuerpo. La enfermedad avanzó. Sus manos, las mismas manos que habían construido casas y lavado heridas y sostenido a los moribundos, empezaron a perder sensibilidad y forma. Su cara cambió. Su cuerpo fue cediendo de la misma manera en que había cedido el cuerpo de cada uno de los que había acompañado hasta la muerte.

Pero siguió trabajando. Siguió escribiendo cartas. Siguió construyendo. Siguió aprendiendo nombres.

Llegaron a acompañarle en sus últimos años otras personas extraordinarias. Una religiosa llamada Madre Marianne Cope, que también sería beatificada, llegó con un grupo de hermanas y se quedó. Un hermano laico llamado Joseph Dutton abandonó una vida de excesos en América, llegó a Molokai en 1886 y se quedó cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro. Sin irse ni una sola vez. Cuarenta y cuatro años dando de comer, curando heridas, escribiendo cartas por los que no podían escribir.

Damián murió el 15 de abril de 1889. Tenía cuarenta y nueve años. Lo enterraron en Molokai, bajo el árbol donde había dormido la primera noche que llegó a la isla, cuando no tenía todavía ni un techo bajo el que cobijarse.

El mundo entero lo lloró. Cosa extraña para alguien que había pasado los últimos dieciséis años de su vida en uno de los lugares más remotos e ignorados del planeta. Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro, visitó Molokai poco después de la muerte de Damián y escribió sobre él una de las defensas más apasionadas que un escritor ha dedicado jamás a un ser humano. Mahatma Gandhi dijo que la vida de Damián era una de las que más le habían influido. No Gandhi el político. Gandhi el hombre que creía en el poder de una sola persona que decide quedarse donde todos se van.

La Iglesia lo canonizó en 2009. El Papa Benedicto XVI presidió la ceremonia. Entre los que lloraron ese día había descendientes de los deportados de Molokai, personas cuyas familias habían sido tocadas, literalmente, por las manos de ese hombre.

Pero hay algo que quiero contar antes de terminar. Algo que ocurrió mucho antes de la canonización, mucho antes de que nadie pronunciara la palabra santo en relación con Damián de Veuster, en los primeros años de su llegada a Molokai, cuando todavía era solo un sacerdote joven bajo un árbol en una isla maldita.

Hay cartas que escribió a su hermano Pamphile, que también era sacerdote y que había querido ir a Molokai antes que él pero que la enfermedad le había impedido viajar. Cartas que escribía de noche, a la luz de una vela, después de días que habrían aplastado a cualquier persona normal. Cartas en las que describía los funerales que había celebrado ese día, los niños que había encontrado solos, las heridas que había curado, el olor que impregnaba todo y que nunca desaparecía del todo.

Y en esas cartas, junto a todo eso, hay algo que reaparece una y otra vez con una regularidad que al principio sorprende y luego deja de sorprender porque es la única explicación posible de todo lo demás.

Alegría.

No la alegría superficial del que no entiende lo que tiene delante. No la alegría forzada del que necesita convencerse de que todo está bien cuando no lo está. Sino algo más profundo y más extraño, una alegría que coexistía con el dolor y con el cansancio y con la soledad y con el horror cotidiano de lo que veía, una alegría que no dependía de las circunstancias porque no venía de las circunstancias.

En una de esas cartas escribió algo que me parece una de las frases más honestas que un ser humano ha puesto por escrito sobre el sentido de la propia vida. Dijo: soy feliz y contento, y no cambiaría mi suerte con ningún rey del mundo.

Estaba escribiendo desde Molokai. Llevaba años sin ver a su familia. Tenía delante otro día de funerales y heridas y niños abandonados y un cuerpo que ya empezaba a mostrar los primeros signos de la lepra que lo mataría.

Y era feliz. No a pesar de todo eso. Con todo eso. Dentro de todo eso.

Porque había encontrado lo que muy poca gente encuentra en una vida entera. El lugar exacto donde su vida y la necesidad del mundo se tocaban. El punto preciso donde lo que él podía dar coincidía con lo que alguien desesperadamente necesitaba recibir. El momento en que dejas de preguntarte para qué sirves y simplemente sirves, y en ese servicio encuentras algo que ninguna comodidad, ningún éxito, ningún reconocimiento puede darte.

Damián de Veuster fue a Molokai a salvar a los leprosos.

Y los leprosos lo salvaron a él.

✨🙏💒 UN AGRADECIMIENTO A LOS GRUPOS APOSTÓLICOS 💒🙏✨A todos los grupos apostólicos que, con amor ❤️‍🔥, entrega 🤲 y alegría...
21/04/2026

✨🙏💒 UN AGRADECIMIENTO A LOS GRUPOS APOSTÓLICOS 💒🙏✨

A todos los grupos apostólicos que, con amor ❤️‍🔥, entrega 🤲 y alegría 😊, trabajan arduamente 💪 en cada una de nuestras parroquias ⛪…

¡Gracias infinitas! 🙌✨ Por su servicio generoso 💖, por su fe viva 🔥 y por ser instrumentos de Dios ✝️ en medio de su comunidad 🕊️.

19/04/2026

Vive tu día con mucha alegría.🎊💯🎉🎊 Muchas Felicidades 🎊🎉💯🤩📌📝📢
TE ESPERAMOS EN CATEMACO, VER. 🔴Sigue la transmisión por 🎥 iniciamos a las 9 am en Catemaco, Veracruz.

EL SEGUNDO PAPA AMERICANO E INCLUSO HISPANOAMERICANOEl 8 de mayo de 2025, cuando salió el humo blanco de la Capilla Sixt...
19/04/2026

EL SEGUNDO PAPA AMERICANO E INCLUSO HISPANOAMERICANO

El 8 de mayo de 2025, cuando salió el humo blanco de la Capilla Sixtina y el cardenal protodiácono se asomó al balcón para pronunciar el Habemus Papam, algo ocurrió en Chiclayo que no estaba en ningún protocolo vaticano ni en ninguna transmisión en vivo de los medios internacionales.

La gente salió a la calle a llorar.

No de tristeza. De esa cosa que no tiene nombre exacto pero que todos reconocen cuando la sienten, que es la mezcla de alegría y de orgullo y de incredulidad y de amor, todo junto, tan grande que el cuerpo no sabe qué hacer con ello y entonces llora porque es la única respuesta que tiene.

Y mientras lloraban, decían algo que va a durar en la memoria de esa ciudad mucho más que cualquier titular de periódico.

Decían: el padrecito que decía misa en Chiclayo es el Papa.

Piénsalo. El padrecito que decía misa aquí. Que conocían. Que había caminado por sus calles, que había comido su cabrito y su arroz con pato y su ceviche, que había montado a caballo hacia las comunidades de la serranía lambayecana cuando no había otro modo de llegar, que había alzado la voz contra Sendero Luminoso cuando alzar la voz era peligroso, que había dicho lo que había que decir sobre Alberto Fujimori y sobre Dina Boluarte con esa precisión serena de quien no le teme al poder porque le debe obediencia a algo más alto que el poder.

Ese padrecito.

El Papa.

Pero para entender completamente quién es este hombre, hay que contar la historia desde el principio. Y el principio no está en Chicago, aunque Chicago sea donde nació. El principio está en la historia de dos familias de inmigrantes que llegaron a los Estados Unidos con nada más que lo que podían cargar, y que trajeron consigo algo que ningún arancel del mundo puede detener en la frontera.

La fe. Y el apellido.

La madre del Papa se llamaba Mildred Martínez. Era hija de inmigrantes españoles, de esa España que cruzó el Atlántico en varias direcciones durante siglos, que dejó su lengua y su sangre y su devoción en América desde el Caribe hasta Patagonia y desde Chihuahua hasta Tierra del Fuego. Mildred Martínez creció en Chicago, estudió bibliotecología, se graduó de DePaul University, organizó eventos parroquiales, cantó en el coro de St. Mary of the Assumption, presidió la Altar and Rosary Society de su parroquia, era de esas mujeres que sus vecinas llamaban church ladies, de las que iban a misa todos los días, limpiaban los altares y eran el tejido invisible que sostiene a las comunidades cuando nadie está mirando.

Murió en 1990. No llegó a ver lo que su hijo más pequeño iba a llegar a ser. Pero lo formó.

El padre se llamaba Louis Marius Prevost, de ascendencia francesa e italiana. Fue teniente de la Marina en la Segunda Guerra Mundial, patrullando el Mediterráneo, y cuando volvió se dedicó a la educación, fue superintendente de escuelas en los suburbios del sur de Chicago, uno de esos hombres que construyen comunidades desde adentro, que creen que lo que le enseñas a un niño importa más que cualquier discurso.

De ese padre francés e italiano y esa madre española nació en Chicago el 14 de septiembre de 1955 un niño que se llamó Robert Francis Prevost. Que en América Latina usaba su nombre completo como se usa en el español, con los dos apellidos, porque el segundo apellido era el de su madre y ese apellido era Martínez.

Robert Francis Prevost Martínez.

En Roma lo llamaban el yankee latino. Y era exactamente eso. Un hombre que llevaba en el cuerpo la historia de las migraciones que construyeron América, el norte y el sur, el hispanohablante y el angloparlante, el que cruzó el Atlántico desde España y el que cruzó el Atlántico desde Francia e Italia. Un hombre que pertenecía a todas esas historias y a ninguna de ellas completamente, exactamente como le corresponde a quien va a ser pastor de todos.

Pero la historia que más importa para entender a León XIV no es la de Chicago. Es la de Perú.

En 1985, un joven sacerdote agustino de treinta años llegó a Chulucanas, en Piura, al norte del Perú. No llegó de turismo. No llegó a pasar unos años y volver. Llegó como misionero, que es una palabra que en el vocabulario de la Iglesia significa exactamente lo que dice: alguien que va adonde los demás no van, que se queda cuando los demás se van, que aprende el idioma y la comida y la música y los santos locales y los nombres de los enfermos y las historias de los mu***os.

En la serranía lambayecana no hay carreteras para llegar a todas las comunidades. Hay caballos. Y Robert Prevost montaba a caballo. Solo. Hacia los pueblos donde nadie más iba. Para celebrar misa, para escuchar confesiones, para estar presente. Para ser el sacerdote que esas comunidades necesitaban y que sin él no habrían tenido.

Pasó dieciocho años en Perú. No seguidos, pero casi. Piura. Chulucanas. Trujillo. Chiclayo. Aprendió el Perú de adentro, de esa manera que solo aprenden los que viven y no los que visitan. Aprendió sus santos, la Santísima Cruz de Motupe, el milagro eucarístico de Eten, la religiosidad popular del norte peruano que mezcla lo precolombino y lo colonial y lo moderno en una fe que tiene raíces más profundas que cualquier doctrina que uno pueda leer en un libro.

Y Chiclayo lo aprendió a él.

En algún momento de esos veinte años en América Latina, Robert Prevost tomó una decisión que dice todo lo que hay que saber sobre quién es. Tramitó la ciudadanía peruana. No porque lo obligaran. No porque le diera alguna ventaja institucional. Sino porque había llegado al punto en que Perú no era el lugar donde trabajaba sino el lugar donde pertenecía.

Tiene DNI peruano. El Papa tiene DNI peruano.

Cuando el obispo de Chiclayo, Édinson Farfán Córdova, escuchó que Prevost había sido elegido Papa, dijo algo que es la descripción más completa que existe de cómo este hombre fue viviendo el Evangelio durante todos esos años: "Chiclayo está en su corazón, el Perú está en su corazón. Le gusta el cabrito, el arroz con pato y el ceviche, eran sus platos preferidos. Le gusta la Santísima Cruz de Motupe, el milagro eucarístico de Eten, la religiosidad popular."

Esa lista no es protocolar. Es la lista de alguien que conoció a un hombre de verdad. Que sabe lo que le gustaba comer. Que recuerda los santos que veneraba. Que tiene la imagen concreta de ese obispo que llegaba a las celebraciones populares y se metía entre la gente porque la gente era su lugar.

Y hay algo más que es necesario contar para que la imagen sea completa.

Una mujer venezolana, indocumentada, que vivía en Perú, lo conoció en esos años. No en una audiencia oficial. En la calle, en el tipo de encuentro que tiene la gente con los sacerdotes que están disponibles de verdad. Y cuando cayó enferma, con cáncer de mama, sin papeles y sin dinero y sin red de apoyo, Robert Prevost la ayudó a pagar el tratamiento.

Esa mujer dijo años después, cuando lo eligieron Papa, que él siempre decía que el primer migrante del mundo fue Jesucristo.

El primer migrante del mundo fue Jesucristo.

Esa frase la dijo un hombre que es él mismo un migrante en múltiples sentidos. Que migró de Chicago a Perú. Que migró del norte al sur. Que lleva en la sangre la migración española de su madre y la francesa e italiana de su padre. Que habla inglés y español e italiano y francés y portugués. Que tiene dos pasaportes. Que pertenece a dos continentes.

Que el 8 de mayo de 2025 se asomó al balcón de San Pedro y dijo sus primeras palabras al mundo en español.

No en inglés. En español.

Y luego dijo algo que hizo que en Chiclayo la gente empezara a llorar antes de que terminara la frase. Dijo: "Si me permiten también una palabra, un saludo a todos y en modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo, en el Perú, donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto, para seguir siendo Iglesia fiel de Jesucristo."

Mi querida diócesis de Chiclayo.

No dijo mi antigua diócesis. No dijo la diócesis donde trabajé. Dijo mi querida diócesis. Con el adjetivo que usamos para las personas que amamos, no para los cargos que ocupamos.

Y Chiclayo lo escuchó. Y Chiclayo lloró.

Hay una manera de pensar en este pontificado que los titulares de los grandes medios no capturan bien porque están demasiado ocupados en la geopolítica, en la tensión con Trump, en las declaraciones sobre Irán y Venezuela. Esa manera de pensar es esta:

Por primera vez en dos mil años de historia, el sucesor de Pedro no es europeo de nacimiento ni latinoamericano de nacimiento. Es algo más complejo y más hermoso y más representativo de lo que el mundo es en realidad.

Es un hijo de inmigrantes españoles y franceses e italianos que nació en Chicago y que eligió Perú. Que tiene la sangre de la España que cruzó el Atlántico en su madre y el nombre francés de su padre. Que pasó dos décadas en el norte del Perú montando a caballo hacia las comunidades que nadie más visitaba. Que aprendió a amar el cabrito y la Cruz de Motupe. Que tiene DNI peruano y pasaporte americano y corazón chiclayano.

¿Es el primer papa americano? Sí, si por americano entendemos nacido en los Estados Unidos.

¿Es el segundo papa americano? Sí, porque Francisco llegó antes desde Buenos Aires.

¿Es el primer papa hispanoamericano nacido en el norte? Sí, si por hispanoamericano entendemos alguien que lleva lo hispano en la sangre y lo latinoamericano en el alma.

¿Es el primer papa que tiene DNI peruano? Definitivamente sí.

¿Es el padrecito que decía misa en Chiclayo? Eso es lo que dice la gente en las calles de Chiclayo cuando habla de él. Y esa descripción contiene más verdad teológica que todos los títulos juntos.

Porque el padrecito que decía misa en Chiclayo es exactamente el tipo de persona que la Iglesia necesita en su cumbre en este momento. No el papa que habla desde los balcones de la abstracción. Sino el que montó a caballo en la serranía. El que ayudó a pagar el tratamiento de la migrante venezolana sin papeles. El que sabe lo que es el milagro eucarístico de Eten y lo que le gusta el arroz con pato.

El que cuando se asomó al balcón de San Pedro por primera vez en su vida como Papa, lo primero que hizo fue saludar a Chiclayo.

Porque ahí está su corazón.

Y donde está el corazón de un pastor, ahí está la Iglesia.

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Altamirano S/n. Colonia Vázquez Vela
Villa Azueta
95580

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