27/07/2026
Hoy nos reunimos con un mismo sentir,
con un corazón agradecido
y una sola voz que proclama:
¡Hasta aquí nos ha ayudado el Señor!
Treinta y cuatro años...
No son solo números escritos en el tiempo,
son huellas de la fidelidad de Dios,
son promesas cumplidas,
son lágrimas convertidas en esperanza.
Esta casa ha sido refugio,
escuela de fe,
hospital para el alma,
y puerto seguro
para quienes llegaron cansados
y encontraron descanso en Cristo.
Aquí vimos entrar niños en brazos,
consagrados al Señor con alegría.
Los vimos crecer entre cantos,
escuelas dominicales,
campamentos, enseñanzas
y abrazados por el amor de la iglesia.
Aquí celebramos bautizos,
cuando muchos decidieron morir al viejo hombre
y levantarse para una nueva vida en Cristo.
Las aguas fueron testigos
de corazones rendidos
y vidas transformadas.
¡Qué grande ha sido la misericordia de Dios!
También fuimos testigos
de sonrisas llenas de ilusión.
Vimos a nuestras jovencitas
vestidas de esperanza en sus quince años,
agradeciendo al Señor
por una nueva etapa de su vida.
Y cómo olvidar las bodas...
El altar vestido de blanco,
las promesas hechas delante de Dios,
las familias creciendo,
los hijos llegando,
y el Señor bendiciendo cada hogar.
Cuántas generaciones
han caminado por estos pasillos.
Abuelos, padres, hijos y nietos,
todos aprendiendo
que Jesucristo sigue siendo
el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Porque Dios nunca cambia.
Pero no todo fue fácil.
También llegaron días de incertidumbre.
El mundo se detuvo.
Las puertas del templo tuvieron que cerrarse.
El silencio ocupó los bancos.
Nos abrazamos a la distancia.
Aprendimos a orar desde nuestros hogares,
a cantar detrás de una pantalla
y a confiar aún más
en el Dios que nunca dejó de estar presente,
Porque la iglesia nunca dejó de ser iglesia.
Y cuando parecía que las fuerzas faltaban,
el Señor renovó nuestro ánimo.
Volvimos a reunirnos,
Volvimos a cantar,
Volvimos a abrazarnos.
Y comprobamos una vez más
que el amor de Dios
es más fuerte que cualquier adversidad.
También hubo despedidas.
Hubo lágrimas.
Hubo sillas que quedaron vacías.
Hermanos y hermanas
que caminaron con nosotros,
que sirvieron con amor,
que dejaron un legado de fe.
Hoy ya descansan en la presencia del Señor.
Los extrañamos...
Pero no perdimos la esperanza.
Porque sabemos
que para los que duermen en Cristo
la muerte no tiene la última palabra.
Su ejemplo permanece.
Su servicio permanece.
Su fe nos inspira
a seguir adelante.
Y mientras recordamos sus vidas,
también levantamos la mirada
hacia la esperanza eterna.
¡Cristo vive,
y porque Él vive,
nosotros también viviremos!
Treinta y cuatro años
de cultos, vigilias, campañas,
oraciones, ayunos,
escuela bíblica,
servicio y amor,
Treinta y cuatro años
viendo milagros,
respuestas,
sanidades,
restauraciones
y vidas transformadas.
No porque seamos perfectos,
sino porque Dios ha sido fiel.
Él merece toda la gloria.
Hoy miramos hacia atrás
con gratitud.
Miramos el presente
con confianza.
Y miramos el futuro
con esperanza.
Porque el mismo Dios
que comenzó esta obra,
la seguirá sosteniendo.
Vendrán nuevas generaciones.
Nuevos bautizos.
Nuevas bodas.
Nuevos niños.
Nuevos testimonios.
Nuevos milagros.
Y seguiremos diciendo:
¡Hasta aquí nos ha ayudado Jehová!
Gracias, Señor,
por cada pastor,
por cada líder,
por cada servidor,
por cada familia,
por cada niño,
por cada joven,
por cada mujer
y por cada hombre
que ha sido parte de esta historia.
Gracias por los días de alegría
y también por los de prueba.
Gracias por enseñarnos
que tu fidelidad nunca termina.
Hoy celebramos treinta y cuatro años,
pero creemos
que lo mejor aún está por venir.
Que esta iglesia
siga siendo luz en medio de la oscuridad,
sal para esta tierra
y un hogar donde muchos
encuentren salvación.
Y mientras tengamos aliento,
seguiremos proclamando:
¡A Dios sea toda la gloria, toda la honra y toda la alabanza, por los siglos de los siglos!
¡Amén!