25/06/2017
Bendiciones hermanos
SARA
Yo la bendeciré, y por medio de ella te daré un hijo. Tanto la bendeciré, que será madre de naciones, y de ella surgirán reyes de pueblos.
GÉNESIS 17:16
Dios prometió levantar una gran nación de una pareja que aún no tenía hijos, y prometió darles toda la tierra de Canaán como posesión para siempre. Por loco que eso pueda haber sonado, el esposo, Abram, y su esposa, Sarai, creyeron a Dios y, con su séquito, partieron para Canaán, la tierra prometida de Dios.
Después de haber estado allí un tiempo, llegó una hambruna, y Abram y Sarai se fueron a Egipto. Temiendo que los egipcios lo matasen para conseguir a su hermosa esposa, Abram pidió a Sarai que le permitiese llamarla su hermana. Eso era parcialmente verdad —ella era hija de su padre con otra mujer—, pero Abram no mencionó que ella era también su esposa.
Después de notar la sorprendente belleza de Sarai, Faraón la llevó a su palacio. Como respuesta, Dios afligió al gobernador egipcio y a su casa con enfermedades. Cuando Faraón descubrió el motivo, llamó a Abram y le expulsó junto con su esposa de Egipto.
Abram regresó a Canaán, donde Dios de nuevo le prometió tierra, que sería heredada por muchos descendientes. Pero Sarai, que tenía al menos sesenta y cinco años, aún no había tenido ni un sólo hijo.
A medida que pasaba el tiempo, Abram comenzó a preguntarse: “¿Pero dónde está este niño, Señor?” ¿Sería un sirviente quien se convertiría en su heredero? Dios prometió otra vez un hijo e hizo un pacto con Abram.
No es difícil imaginar las dudas que llenaban los pensamientos de la pareja. Pasaba el tiempo. Sus mejores años para la reproducción habían pasado, y no había ningún hijo a la vista. Por tanto, Sarai decidió generar un hijo por medio de su esclava, Hagar. El bebé sería considerado de Sarai, y quizá la promesa de Dios se cumpliría. Muy mal que ella no consultase a Dios antes de hacer esa elección, porque estaba llevando una gran angustia a su vida familiar.
Cuando Hagar se quedó embarazada, Sarai debió de haber comprendido que ella misma era la culpable de la incapacidad de ella y Abram para tener hijos. Las partes reproductoras de Abram estaban claramente funcionando. Cuando Hagar concibió, despreció a su señora. A cambio, Sarai trató a la sirvienta tan mal que Hagar huyó. Solamente la intervención de Dios le hizo regresar al campamento.
Después del nacimiento de Ismael, el hijo de Hagar, Dios confirmó su pacto con Abram y le puso por nombre Abraham. Sarai sería llamada Sara. Una vez más, Dios prometió que Sara tendría un hijo, y que sería la línea del pacto. Un año antes del nacimiento, tres misteriosos hombres aparecieron y prometieron a Abraham que Sara tendría un hijo. Sara, escuchando desde su tienda, se rió de la idea.
Antes de que naciera su hijo Isaac, Abraham demostró que no había aprendido ni una sola lección. Regresó al Neguev y dijo otra vez que Sara era sólo su hermana. Y de nuevo, un rey —esta vez de Gerar—la tomó. Pero Dios protegió a su pueblo, acercándose en un sueño para advertir a Abimélec de su mal sin intención. Por tanto, Sara fue enviada de nuevo a su esposo, junto con muchos regalos, para cubrir la ofensa.
Finalmente, en su ancianidad, Sara y Abraham tuvieron a Isaac. Pero Hagar y su hijo se pusieron celosos, así que Sara demandó que se fuesen. Dios le dijo a Abraham que siguiera el deseo de su esposa. La línea que Él había prometido era de Isaac, no de Ismael, aunque también él se convertiría en una gran nación.
Entonces llegó una gran prueba de fe. Dios ordenó a Abraham que sacrificase a este hijo de la promesa. La Escritura no menciona a Sara cuando relata este acontecimiento. Quizá ella no lo descubriera hasta después del hecho, cuando su hijo estaba a salvo. Pero podemos fácilmente imaginar sus emociones en la situación: el temor, la duda, y las preguntas fueron sustituidos por la certeza de la salvación de Dios.
Sara vivió hasta los 127 años de edad. Cuando murió, Abraham pidió a los heteos un sepulcro para ella, y ellos le ofrecieron el mejor que había disponible. Él compró un lugar escogido cerca de Mamre para su tan amada esposa.Ella no era perfecta, pero su Dios sí lo era. Aun después de que Sara cometiera un trágico error de juicio y tratara de tener un hijo de la manera equivocada, Dios confirmó sus promesas. Y Él la elogia en 1 Pedro 3:6, así que podemos suponer que ella era una mujer de verdadera fe, quien, bajo un estrés real, tuvo un fracaso moral.Al igual que Sara, no tenemos que ser perfectas para que Dios nos ame. Él ha escogido hacer eso, y no cambiará.