24/07/2026
La mirada que aprende a ver
Mis ojos me acompañan desde que despierto hasta que termina el día, con ellos contemplo personas, lugares, alegrías y preocupaciones.
Sin embargo, descubro que no siempre miro de verdad. Muchas veces me quedo en las apariencias, paso de largo o no alcanzo a reconocer lo que Dios está haciendo delante de mí.
Hoy pido una gracia sencilla: aprender a mirar como mira Jesús. Quiero dejar que eduque mis ojos y mi corazón, porque cuando transforma mi mirada, también transformas mi vida.
Mientras se acerca a Jericó, “un ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna” (Lc 18,35). Lo primero que llama mi atención es la multitud.
Todos llevan sus ojos puestos en ti, te siguen, escuchan tus palabras y contemplan tus pasos. Sin embargo, el Evangelio no dice que sus vidas cambiaran.
Me pregunto si también yo puedo estar muy cerca de ti y permanecer igual. Puedo verte en la Eucaristía, escuchar tú Palabra y participar en la oración, pero mi corazón puede seguir distraído.
Después mi mirada se dirige hacia el ciego. Él no tiene el privilegio de contemplarte. “Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello” (Lc 18,36).
Mientras la multitud ve, él escucha. Su fe comienza donde terminan sus ojos. Cuando le dicen: “Es Jesús de Nazaret que pasa” (Lc 18,37), no duda. Comienza a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (Lc 18,38).
Sin haberte visto, ya sabe quién eres. Yo también quiero aprender esa fe que no depende sólo de lo que veo, sino de la confianza en tú presencia.
Algunos intentan hacerlo callar. “Los que iban delante lo reprendían para que se callara” (Lc 18,39). Pienso en las voces que también quieren apagar mi confianza: el miedo, el cansancio, las decepciones.
Pero el ciego “gritaba mucho más” (Lc 18,39). No deja que nadie le robe la oportunidad de encontrarse contigo.
Entonces sucede el momento que más deseo contemplar: Jesús se detuvo” (Lc 18,40). Tú dejas de mirar a la multitud y fijas tus ojos en un hombre que muchos habían ignorado.
Tú mirada no se queda en su pobreza, sino en su fe. En este instante siento que soy yo quien está delante de ti. También sobre mí descansa tu mirada.
No me miras con reproche, sino con misericordia, conoces mis luchas, mis heridas y mis deseos más profundos, y aun así no pasas de largo.
Después me preguntas: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Lc 18,41). Tú conoces mi corazón, pero quieres escuchar mi respuesta.
Hago mías las palabras del ciego: “Señor, que vea” (Lc 18,41). Que vea tu voluntad cuando me cuesta aceptarla, que vea a las personas con compasión, que vea con los ojos de la fe.
Entonces escucho tus palabras: “Recobra la vista; tu fe te ha salvado” (Lc 18,42). El milagro sucede. Los ojos del ciego se abren y lo primero que contemplan es tu rostro.
Comprendo que esa es también mi mayor necesidad: verte de verdad. Porque quien se deja mirar por ti aprende a mirar como tú. Al instante recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios” (Lc 18,43).
Señor, que ese sea también mi camino: escucharte, dejarme mirar por ti, abrir los ojos del corazón y seguirte cada día.
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P. Óscar