26/03/2026
Sinceramente, no pensaba escribir acerca de Sarah Mullally, quien fue ordenada como arzobispo de Canterbury dentro de la Iglesia de Inglaterra. No pensaba hacerlo porque, siendo honestos, es evidente que dicha institución se ha apartado de la verdad; su postura no sorprende, es una iglesia apostata.
Sin embargo, decidí escribir después de ver una publicación donde se celebraba que en ciertas iglesias “no se permite el pastorado femenino”. Y sí, en apariencia, eso es algo digno de reconocer.
Pero si somos realmente honestos, debemos decirlo con claridad: no se acepta el pastorado femenino en lo oficial, pero sí en la práctica.
No aceptan el pastorado femenino, pero permiten que las mujeres enseñen a toda la congregación.
No aceptan el pastorado femenino, pero en fechas "especiales" ,como el "día de resurrección" colocan a una mujer en el púlpito, tomando un lugar que no le corresponde.
No tienen pastoras, pero envían misioneras que terminan liderando congregaciones enteras. Predicando, aconsejando, liderando, etc.
No tienen pastoras, pero en la realidad muchas mujeres son quienes dirigen el rumbo de la iglesia.
No tienen pastoras, pero organizan ministerios donde la voz de autoridad "espiritual" visible es femenina.
No tienen pastoras, pero ponen en el ministerio de educación (ministerio que se encarga de doctrina) a mujeres.
Y así podríamos seguir.
Entonces, ¿de qué sirve sostener una postura correcta en el papel, si en la práctica se contradice constantemente?
Porque al final, esto no es un asunto meramente terminológico. No se trata de evitar un título mientras se permite la función. No se trata de decir “no tenemos pastoras”, mientras en la práctica se delega a mujeres el ejercicio de autoridad espiritual sobre la congregación.
La Escritura no solo establece nombres, sino también órdenes, funciones y responsabilidades. Y cuando esos límites se difuminan en la práctica, aunque se conserven en el discurso, lo que queda es una apariencia de supuesta fidelidad.