01/09/2026
Cada 1 de septiembre, la Iglesia celebra a San Gil, también conocido como San Egidio Abad, un monje benedictino de origen griego que vivió entre los siglos VI y VII. La tradición lo recuerda como un hombre bondadoso y misericordioso, dedicado a llamar a todos a la conversión.
Nacido en Atenas alrededor del año 640, pertenecía a una familia noble y rica. Sin embargo, decidió renunciar a sus bienes y repartir su patrimonio entre los pobres. Luego se trasladó al sur de Francia, donde se entregó a la oración y la ascesis, primero junto a otros y después como eremita en un bosque cercano al río Ródano.
Según una antigua tradición, Dios concedió a San Gil realizar numerosos milagros. Sanó a enfermos, ayudó a quienes habían sido mordidos por serpientes y, según la leyenda, incluso resucitó mu***os. Su fama de santidad llegó hasta el rey Childeberto I, quien lo encontró mientras el santo protegía a una cierva que el monarca pretendía cazar.
El encuentro con el rey marcó un momento importante en la vida de San Gil. El monarca le confesó un pecado gravísimo y encontró consuelo en las palabras del eremita, comprendiendo que Dios ofrece su misericordia incluso al pecador arrepentido. Como muestra de gratitud, mandó construir un monasterio en el lugar donde vivía el santo, quien se convirtió en su primer abad bajo la regla benedictina. Allí recibió durante años a numerosos peregrinos que buscaban ayuda para sus males del cuerpo y del alma. San Gil es venerado como “abogado de los pecadores” y protector de los pobres y enfermos. Murió santamente, ya anciano, hacia los años 720-725.
Cada 1 de septiembre, la Iglesia celebra a San Gil, también conocido como San Egidio Abad, un monje benedictino de origen griego que vivió entre los siglos VI y VII. La tradición lo recuerda como un hombre bondadoso y misericordioso, dedicado a llamar a todos a la conversión.
Nacido en Atenas alrededor del año 640, pertenecía a una familia noble y rica. Sin embargo, decidió renunciar a sus bienes y repartir su patrimonio entre los pobres. Luego se trasladó al sur de Francia, donde se entregó a la oración y la ascesis, primero junto a otros y después como eremita en un bosque cercano al río Ródano.
Según una antigua tradición, Dios concedió a San Gil realizar numerosos milagros. Sanó a enfermos, ayudó a quienes habían sido mordidos por serpientes y, según la leyenda, incluso resucitó mu***os. Su fama de santidad llegó hasta el rey Childeberto I, quien lo encontró mientras el santo protegía a una cierva que el monarca pretendía cazar.
El encuentro con el rey marcó un momento importante en la vida de San Gil. El monarca le confesó un pecado gravísimo y encontró consuelo en las palabras del eremita, comprendiendo que Dios ofrece su misericordia incluso al pecador arrepentido. Como muestra de gratitud, mandó construir un monasterio en el lugar donde vivía el santo, quien se convirtió en su primer abad bajo la regla benedictina. Allí recibió durante años a numerosos peregrinos que buscaban ayuda para sus males del cuerpo y del alma. San Gil es venerado como “abogado de los pecadores” y protector de los pobres y enfermos. Murió santamente, ya anciano, hacia los años 720-725.
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