23/07/2026
Hay lágrimas que nacen del dolor, pero también hay lágrimas que nacen del amor. María Magdalena no está llorando porque perdió una cosa; está llorando porque siente que perdió a una Persona. Y Jesús no comienza dándole una explicación, sino haciéndole una pregunta: ”¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Qué hermoso sería que hoy cada uno respondiera con sinceridad. Porque muchas veces lloramos por el trabajo que no salió, por la salud que se quebrantó, por una relación que terminó, por un hijo que se alejó, por un sueño que no se cumplió… pero pocas veces nos preguntamos si, en el fondo, lo que realmente buscamos es a Cristo. Hay un llanto que nos encierra en nosotros mismos, pero hay otro que abre el corazón para que Dios entre. Nunca tengas vergüenza de llorar delante del Señor; las lágrimas ofrecidas a Dios jamás son estériles.
Pero después viene el segundo verbo: escuchar. María tiene a Jesús frente a ella y no lo reconoce. Lo confunde con el jardinero. ¡Qué parecido a nosotros! A veces el Señor ya está actuando en nuestra vida y seguimos pensando que está ausente. Está en esa persona que nos anima, en ese niño que nos abraza, en esa puerta que se cierra para abrir otra mejor, en esa enfermedad que nos hace cambiar el ritmo, en esa espera que nos enseña a confiar. Todo cambia cuando Jesús pronuncia una sola palabra: ”¡María!”. Él la llama por su nombre. Y ella lo reconoce. Dios sigue llamándonos por nuestro nombre todos los días. La pregunta es: ¿entre tanto ruido, todavía somos capaces de escuchar su voz?
Y el tercer verbo es anunciar. María no se queda abrazada a su experiencia. Sale corriendo a decir: ”¡He visto al Señor!”. Quien ha encontrado de verdad a Cristo no puede guardárselo para sí. Lo anuncia con palabras, pero sobre todo con su manera de vivir, de perdonar, de servir, de sonreír, de levantarse después de caer. El mundo no necesita únicamente personas que hablen de Dios; necesita hombres y mujeres cuya vida sea una prueba de que Cristo está vivo.
Pidámosle hoy al Señor la gracia de llorar sólo aquello que nos acerque a Él, de escuchar su voz por encima de todas las demás y de anunciar con nuestra vida, cada día y en cada lugar, la noticia más hermosa que ha cambiado la historia y puede cambiar también la nuestra: ¡He visto al Señor!. Así sea.