24/05/2026
Hay puertas que no se cierran con llave… se cierran con miedo.
Así estaban los discípulos aquella noche: cansados, confundidos, heridos, encerrados. Y el Evangelio dice algo precioso: Jesús no esperó a que abrieran. Él atravesó sus puertas cerradas y se puso en medio de ellos. Porque Dios siempre sabe entrar incluso en los lugares donde nosotros ya no sabemos cómo seguir.
Y quizá hoy también nosotros tenemos un pequeño cenáculo por dentro. Hay quien viene cargando silencios, cansancios, responsabilidades, duelos, heridas, culpas, incertidumbres… y por fuera sonríe, trabaja, sirve, canta, organiza, ayuda… pero por dentro hay noches donde uno siente que se va a caer. Y entonces Jesús vuelve a ponerse en medio y dice: “La paz esté con ustedes”.
Qué hermoso es pensar que el Espíritu Santo no llega solamente cuando todo está bien. No. El Espíritu Santo llega precisamente cuando el alma ya no puede sola. Por eso la secuencia dice:
“Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo”.
Qué frase tan profundamente humana. Paz en las horas de duelo… no ausencia de dolor… paz en medio del dolor.
Y hoy, al escuchar este Evangelio, vienen al corazón tres movimientos preciosos del Espíritu Santo para nuestra vida diaria.
Primero: entrar.
El Espíritu Santo entra donde nadie más puede entrar. Entra en el cansancio de una mamá. Entra en la preocupación silenciosa de un papá. Entra en la ansiedad de un joven que no sabe qué hacer con su vida. Entra en la soledad de quien se siente incomprendido. Entra incluso en la fe cansada de quien sirve todos los días en la Iglesia y a veces siente que ya no puede más.
Y qué regalo tan grande ha sido para esta comunidad aquel sueño del Padre Gerardo Zatarain… ese deseo de embellecer la Parroquia San José con estos vitrales que no solo adornan paredes, sino que evangelizan el alma. Porque hay vitrales que uno mira… y hay vitrales que lo sostienen a uno. Y particularmente ese vitral de la parte central… esa paloma… ese Espíritu Santo suspendido sobre nosotros como diciendo: “Aquí estoy”.
Y hago memoria agradecida… porque durante estos cinco años hubo momentos donde sentía que me iba a caer… literalmente que ya no podía… y dirigía la mirada a esa paloma y solamente decía: “Ven, Espíritu Santo”.
En las misas difíciles… porque sí, hay misas difíciles… hay días difíciles… hay homilías que salen desde las lágrimas… hay momentos donde el corazón viene roto aunque las vestiduras estén perfectamente puestas… y entonces volteaba a ver esa paloma y decía: “Ven, Espíritu Santo”.
Y nunca olvidaré aquella misa de cuerpo presente de mi mami… quizá una de las más duras… porque uno puede acompañar muchos dolores, pero cuando el dolor toca la propia casa, el alma tiembla distinto. Y en ese momento voltee a ver esa paloma… y le dije con todo mi corazón: “Ven, Espíritu Santo”.
¿A qué? No lo sé… pero ven.
Ven porque no tengo fuerzas.
Ven porque no entiendo.
Ven porque me duele.
Ven porque necesito sostenerme de algo más grande que yo.
Y qué hermoso descubrir que a veces la oración más poderosa no es la más elaborada… sino simplemente esa: “Ven”.
La segunda idea es sanar.
Dice la secuencia:
“Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas”.
Qué impresionante es el Espíritu Santo… porque no humilla nuestras heridas; las acaricia. No llega para exhibir nuestra fragilidad, sino para abrazarla. Hay personas aquí que siguen funcionando por fuera, pero por dentro están agotadas. Personas que sonríen y sirven… pero traen heridas de infancia, duelos no sanados, decepciones, cansancios espirituales. Y el Espíritu Santo viene como brisa suave, no para destruirte, sino para reconstruirte desde dentro.
Y finalmente, la tercera idea: enviar.
Jesús dice: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
El Espíritu Santo no solo nos consuela; también nos impulsa. Porque después de Pentecostés los discípulos dejaron de vivir encerrados. El miedo ya no tuvo la última palabra. Y eso también tiene que pasar con nosotros. Hay demasiada gente esperando una palabra buena, un abrazo sincero, una escucha paciente, una persona que vuelva a hablarles de Dios con ternura.
Tal vez creemos que evangelizar es hacer cosas extraordinarias… pero muchas veces evangeliza más una persona que, aun rota, sigue amando. Evangeliza quien sigue viniendo a misa aunque venga llorando. Evangeliza quien sigue sirviendo aunque tenga el corazón cansado. Evangeliza quien en medio de su noche todavía es capaz de decir: “Ven, Espíritu Santo”.
Porque al final, hermanos, todos tenemos momentos donde no sabemos exactamente qué pedir… pero sí sabemos a quién llamar.
Y hoy, frente a este Evangelio, frente a esta comunidad, frente a esta paloma que nos recuerda que el cielo sigue soplando sobre nosotros, quizá la oración más sincera que podemos hacer no es larga… es simplemente esta:
Ven, Espíritu Santo.
A mi casa.
A mis heridas.
A mi cansancio.
A mi duelo.
A mis miedos.
A mi vocación.
A esta parroquia.
A esta comunidad.
A este corazón que a veces no sabe ni cómo seguir.
Pero ven… porque contigo, incluso las puertas cerradas vuelven a abrirse.