25/08/2026
Hay cosas que cuidamos mucho porque se ven: la ropa que usamos, la imagen que damos, las palabras que pronunciamos delante de los demás. Pero hay otras que solamente Dios conoce: las intenciones del corazón, los resentimientos escondidos, las heridas que no hemos querido sanar y la distancia que puede existir entre lo que decimos y lo que realmente vivimos.
Hoy Jesús no condena las prácticas religiosas; nos advierte que podemos cumplir muchas cosas y, al mismo tiempo, olvidar lo esencial. Por eso, el Evangelio nos invita a vivir tres verbos.
Distinguir lo importante de lo secundario, porque a veces “colamos el mosquito” al señalar un pequeño error de los demás, pero “nos tragamos el camello” de nuestra indiferencia, nuestro orgullo o nuestra falta de amor. Nos preocupa que alguien no haya hecho las cosas como nosotros queríamos, pero no nos preocupa haberlo herido con nuestras palabras; cuidamos llegar puntuales a Misa, pero quizá ignoramos al que necesita ser escuchado.
El segundo verbo es practicar. Jesús nos recuerda que la justicia, la misericordia y la fidelidad no son ideas bonitas para admirar, sino caminos para recorrer. Practicar la justicia es no aprovecharse de nadie; practicar la misericordia es acercarse al que falló sin condenarlo; practicar la fidelidad es permanecer cuando sería más fácil marcharse, cumplir la palabra dada y seguir amando incluso cuando nadie lo reconoce.
Y el tercer verbo es limpiar. “Limpia primero por dentro el vaso”, nos dice el Señor. No se trata de aparentar que somos buenos, sino de permitir que Dios transforme aquello que todavía no lo es. Limpiar por dentro es reconocer con humildad: “Señor, aquí hay orgullo; aquí guardo rencor; aquí necesito aprender a perdonar”. Porque cuando el corazón se llena de Dios, las obras comienzan a hablar por sí solas: las manos ayudan, la boca bendice, los ojos miran con compasión y la vida deja de ser apariencia para convertirse en testimonio.
Hoy Jesús no nos pide perfección; nos pide verdad. Que no tengamos una fe impecable por fuera y vacía por dentro, sino un corazón sencillo que se deje ordenar, sanar y limpiar por Él.
Porque el cristiano no es quien parece santo, sino quien cada día permite que Dios lo haga más justo, más misericordioso y más fiel. Así sea.