Templo del Carmen Toluca

Templo del Carmen Toluca Comunidad Católica atendida por los Frailes Carmelitas. Un espacio que promueve el acercarnos a Dios

¡Te esperamos! Domingo 31 de mayo. Templo del Carmen Toluca.
24/05/2026

¡Te esperamos! Domingo 31 de mayo. Templo del Carmen Toluca.

24/05/2026

Velada de Pentecostés 2026

23/05/2026

Sábado VII de Pascua

21/05/2026

José Antonio Pagola - INVOCACIÓN AL ESPÍRITU
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Ven, Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios, nuestro Padre, a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.
Ven, Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.
Ven, Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.
Ven, Espíritu Santo. Purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.
Ven, Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.
Ven, Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.

Pentecostés A
Jn 20,19-23
24 de mayo

José Antonio Pagola
[email protected]

Fuentes: http://www.gruposdejesus.com
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/

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DIOS ES ESPÍRITU
Fray Marcos
PENTECOSTÉS (A)
Jn 20,19-23
Hablar del Espíritu Santo es pretender recoger agua de lluvia en un cesto de mimbres. Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. Más de 500 veces encontramos la palabra en la Biblia y ap***s podremos descubrir dos pasajes en los que tenga el mismo significado. En ningún caso podemos entenderlo como una entidad separada.
Los evangelios escenifican diversas venidas del Espíritu, aunque más sencillas que la de Lucas. Esas “venidas” indican claramente que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. No estamos recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos viviendo una realidad que está sucediendo en este instante como hace dos mil años.
La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.
Pablo dijo que sin el Espíritu no podríamos decir: “Jesús es el Señor”, ni: “Abba”. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos estamos fundamentados en Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello.
El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: Lo llama papá, hace su voluntad; le escucha siempre. El mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Su predicación estuvo encaminada a hacer ver a sus seguidores que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud que él alcanzó.
El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que lucha contra las fuerzas desintegradoras: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos.
Si Dios está en todos, no puede haber privilegiados. Dios no se puede partir. Si todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio se justifica apelando a Él. "El que quiera ser primero sea el servidor de todos." “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro".
El Espíritu es la fuerza que mantiene a cada uno integrado en la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden. La lengua del Espíritu es el amor, es el único lenguaje que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. “Dios hace de todos los pueblos uno, destruyendo el muro que los separaba, el odio”.
Para las primeras comunidades, Pentecostés fue el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en una institución jurídica.
“Obediencia” fue la palabra que caracterizó la vida de Jesús. Pero si nos acercamos a Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados. No fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.
Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu. Tanto el superior como el inferior, tienen que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Pero debemos estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás anulará una verdadera escucha del Espíritu.
Fray Marcos

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SENTIMOS EL VIENTO DE DIOS
José Enrique Galarreta
Jn 20, 19-23

El soplo de Dios
Juan nos tiene acostumbrados a hacer estupendos tratados de teología bajo el vestido de una narración. Aquí riza el rizo de su especialidad.
· La comunidad llena de miedo: Jesús se hace presente en medio de ellos.
· El mismo Jesús, el de carne y hueso, el crucificado: su presencia produce la paz y la alegría.
· Sopla sobre ellos: les envía con el mensaje del perdón.
Todo un tratado de eclesiología. Quizá el signo más claro, aunque nosotros nos movemos mal en ese mundo, es el soplo. Juan nos tiene también acostumbrados a citar continuamente el AT sin nombrarlo. Recordemos su prólogo ("en el principio... puso su tienda...")
Aquí encontramos otra cita muy clara. "Sopló sobre ellos". La misma palabra empleada en Génesis 2,7, cuando crea al hombre del barro. "El aliento de la vida" salido de la boca de Dios = la comunicación del Espíritu. "Y el hombre vino a ser un ser viviente".
"Es el Espíritu el que da vida, la carne no vale para nada" (Juan 6, 63). Lo mismo pasa aquí: el Espíritu de Jesús es el que da vida a la comunidad: es como una nueva creación. Ese viento de Jesús no es para ellos, es para que lo extiendan por todo el mundo.
La nueva creación
Esto nos hace reflexionar una vez más sobre la presencia de Dios en nuestra vida, sobre "el espíritu de nuestra vida". ¿Con qué espíritu vive la humanidad, vivimos nosotros?.
En la Creación, el hombre viene a ser un ser viviente. Y esto es por el Espíritu de Dios. Pero este Espíritu no termina con crear. Es el Espíritu Salvador. Ha sido de hecho necesario que Jesús lo haga presente en el mundo, y que al marcharse, su Espíritu haya sido re-infundido en el mundo. Los hombres suelen vivir con un espíritu de mera supervivencia, o de mero disfrute del mundo.
El Espíritu que nos anima es más ambicioso y más generoso. El Espíritu de nuestra vida es no conformarnos con menos que con ser Hijos, es el espíritu que clama "Abbá, Padre", y es el espíritu que nos ha comprometido en la Misión de Jesús, comunicar a todos ese mismo Espíritu. Dios creador no deja de crear, de llevar adelante a sus hijos: su Soplo está siempre presente. El Espíritu de Jesús es el Viento de Dios, del Padre creador que sigue engendrando hijos y empujando a sus hijos hasta su plenitud.
El viento de Dios
A Dios nadie le ha visto jamás. Ni le verá, no es materia que puedan captar estos ojos de barro. Ni podemos hablar de Él con conceptos, ni podemos hacer metafísica sobre Él. Podemos hablar de Él con parábolas, con símbolos, y así lo hizo Jesús. El símbolo de hoy es el viento y el fuego. Y aquellos hombres y mujeres "se llenaron" de ese viento y de ese fuego, como se enciende una vela, como se llena una botella de líquido, como se infla un globo de aire caliente...
Símbolos. Mala tentación, confundir el símbolo con la realidad simbolizada. Dicen que, cuando alguien señala algo con el dedo, es propio de tontos quedarse mirando al dedo. Nos pasa algo así. Las llamas, el viento, llenarse... Miremos a lo que significan. Significan que aquella comunidad había sido transformada por la fe en Jesús, vivía de modo diferente y convincente. Significa que nosotros vemos en eso la acción de Dios Libertador, como la vimos en Jesús.
La fiesta de Pentecostés es una invitación a mirar el mundo y sentir el viento de Dios, presente, activo, irresistible. Muchas veces contemplamos la presencia de Dios en los esplendores de la naturaleza. Es necesario tener los ojos de Jesús y contemplar al Espíritu en los humanos: "ver" la presencia del viento de Dios en sus frutos, en el espíritu de Jesús presente en tantos seres humanos.
El espíritu de Jesús
El espíritu de Dios es el espíritu de Jesús. El espíritu de Jesús es el espíritu de la Iglesia. (¿O no?)
¿Cuál es el Espíritu de Jesús? El Espíritu le hace Hijo. Lo primero del Espíritu es reconocer a Dios, creer en Abbá de una vez y abandonar definitivamente a los dioses/jueces que necesitan sangre para perdonar.
El Espíritu de Jesús exige en nosotros la liberación, y antes que nada, la liberación de los falsos dioses, señores poderosos que castigan y piden sacrificios de sangre. Ese cambio de Dios es el que nos cambia, y así sentimos el Espíritu de Jesús en nuestro modo de vivir, cuando aborrecemos nuestras cadenas, nuestras enfermedades, nuestro pecado, cuando sentimos el irresistible deseo de ser Hijos, cuando sentimos como un sueño irrenunciable la exigencia de "Ser perfectos como es perfecto vuestro Padre".
Tenemos el Espíritu de Jesús si somos caminantes, si estamos saliendo de la agradable esclavitud del pecado a la exigente libertad de los Hijos.
A Jesús, el Espíritu le hace Salvador, el que entrega la vida para la liberación y la salud de todos. El Espíritu de Jesús nos compromete en la Misión de Jesús: liberar a todo ser humano del pecado y de sus consecuencias. Sentimos que nos anima el Espíritu de Jesús cuando experimentamos en nosotros la tendencia a ayudar, a salvar, a perdonar, a fijarnos en lo bueno, a comprometernos en los problemas ajenos, cuando sentimos que toda injusticia, enfermedad... todo mal de cualquiera nos afecta como nuestro.
El Espíritu hace a Jesús pobre, desinteresado, desprendido. El Espíritu de Jesús nos lleva a usar de todo lo que tenemos para el Reino, porque no queremos tirar la vida, no consentimos en desperdiciar nada, ni la salud ni el dinero, ni la inteligencia, ni la habilidad, ni el tiempo ni nada... porque todo esto puede ser precioso para siempre y no nos conformamos con sea sólo agradable para unos años.
Reconocemos que actúa en nosotros el Espíritu de Jesús cuando sentimos cierto recelo ante la comodidad, ante el placer, ante la seguridad, ante la felicidad que producen las cosas de fuera a dentro, cuando nos sentimos inquietos si nos aprecia todo el mundo, cuando sentimos satisfacción interior en el esfuerzo, en la austeridad, en la ayuda desinteresada y anónima, cuando tenemos que sufrir por la verdad, por el perdón, por la honradez. Y nos damos cuenta de que todo eso no nace simplemente de nosotros sino que es el Espíritu de Jesús el que lo produce, y estamos agradecidos de que se nos exija, porque así salvamos esta vida de la mediocridad, y de la muerte.
Reconocemos el Espíritu de Jesús cuando "sentimos a Dios", dentro de nosotros y en todas las cosas, cuando percibimos que está ahí, hablando constantemente, exigiendo y perdonando y alentando la vida y liberando, y experimentamos que podemos conectar con Él en lo más íntimo, y que no llamamos FE a una serie de dogmas, sino a experimentar su Presencia Liberadora que cambia la vida y la hace válida.
Y sentimos que todo esto no nos lo inventamos sino que lo recibimos de Él, y sentimos que la vida es más, que hay un sentido y un plan y una presencia y un futuro.
Reconocemos que el Espíritu de Jesús está en nosotros cuando lo vemos actuar en el mundo y en la Iglesia, y vemos bondad y esfuerzo, y honradez y solidaridad y cuidado de la naturaleza, y dedicación a los débiles.
Con los ojos del Espíritu comprobamos con gozo la presencia del mismo Espíritu en tanto bien, tanta capacidad de sacrificio, tanta compasión como existen en las personas, a pesar de tantos poderes opresores, de tanta frivolidad deshumanizadora, tantas desgracias y abusos, y advertimos que sabemos "leer" su presencia en la vida de las personas para bien, y también el rechazo de muchos a esa presencia, para mal.
Pero sobre todo nos hace capaces de ver a los hombres como Hijos, y quererles (querernos) a pesar de sus (de nuestros) pecados. Nosotros no amamos a los demás porque nos caen bien, sino porque el Espíritu que está en nosotros nos hace amar primero y mirar después. Y somos capaces de reconocer el Espíritu de Dios actuando en el mundo, en la bondad, en el sacrificio, en la imaginación, en la... en todo lo positivo que hacen los hombres. "Sabemos" que es la acción de Dios.
El Espíritu, alma de la Iglesia, hace de la Iglesia un Pueblo libre dedicado a liberar. El Espíritu no deja tranquila a la Iglesia: la compromete. Ser la Iglesia es muy comprometido; sabemos que muchas personas verán al Espíritu o no verán al Espíritu si lo ven, o no lo ven, en nosotros. Somos la iglesia en la medida en que el Espíritu de Jesús inspira nuestra vida.
Si no hay Espíritu de Jesús en nuestra vida, pertenecemos al "Cuerpo" físico, social, externo de la Iglesia, pero nada más.... y el Espíritu de Jesús no será visible.
Por eso, no pocas veces no reconocemos en la Iglesia el Espíritu de Jesús sino otros "malos espíritus" (que diría san Ignacio). Porque en la vida soplan espíritus diversos, y de la misma manera que los sentimos actuar en nosotros, para estropearnos, los vemos también en la Iglesia entera, y nos duele cuánto la estropean. Podemos resumirlo así:
Es de la Iglesia el que tiene el Espíritu de Jesús.
Por sus frutos los conoceréis.
"Porque tuve hambre y me disteis de comer"
Y así sentimos que Jesús es la Vid, y el Padre el Labrador. Nos sentimos injertados en buena planta, sentimos que crecemos, que la savia de Dios corre por nosotros, que podemos cambiar nuestro mundo, que la planta de los humanos puede florecer.
Todo eso es el Espíritu, el Espíritu que se mostraba plenamente en Jesús, el Espíritu que se mostraba en aquella comunidad.
Y eso es lo que sucedió, y lo que sucede, que el Espíritu de Dios, que hizo de Jesús el Hijo Vivo Para Siempre, sigue soplando en el mundo para hacernos a todos Hijos Vivos Para Siempre.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Ven, Espíritu Creador,
visita el corazón de tus hijos.
Llénalos de tu fuerza,
Tú que los has creado,

Tú que eres el Salvador,
regalo del mismo Dios,
fuente viva, fuego, amor,
dulzura y fuerza de Dios.

Da luz a nuestros sentidos,
pon amor en los espíritus,
llena de tu fortaleza
la debilidad de nuestras vidas.

Aleja nuestros temores,
concédenos la paz,
haz que, guiados por Ti,
nos liberemos del mal.

Haz que conozcamos al Padre,
que comprendamos a Jesús,
y que siempre creamos
en Ti, Aliento de la vida.

Demos gracias a Dios Padre
y al Hijo, Jesús resucitado,
y al Espíritu vivificador,
por los siglos de los siglos.

José Enrique Galarreta

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LA IMPORTANCIA DEL ESPÍRITU
José Luis Sicre

Domingo de Pentecostés. Ciclo A
La liturgia de la misa no ha tratado muy bien al Espíritu Santo. En el Gloria, después de extenderse en el Padre y el Hijo, al final, casi por compromiso, se añade: «con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre». Y el Credo, aunque lo reconoce «Señor y dador de vida», da más importancia a su relación con las otras personas divinas («procede del Padre y del Hijo») y limita su acción al Antiguo Testamento («habló por los profetas»). Afortunadamente, los textos bíblicos ofrecen una imagen mucho más rica. Pero también más compleja. Lucas y Juan ofrecen dos versiones muy distintas del don del Espíritu Santo, porque cada uno quiere ofrecer un mensaje peculiar. Pero es preferible comenzar por el texto más antiguo, el de la primera carta a los Corintios (escrita hacia el año 51).
La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)
En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.
La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)
A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Ya lo había anunciado el profeta Joel cuando dijo que el Señor enviaría su espíritu sobre todos los israelitas sin distinción de género (hijos e hijas) de edad (ancianos y jóvenes) ni de clase social (siervos y siervas). Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por diez). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.
La representación pictórica más famosa de esta escena es del cuadro de El Greco, conservado en el museo del Prado. Hay en él un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). El Greco no podía pintar una comunidad de ciento veinte personas, pero ha sugerido la diversidad y totalidad del don a través de la Magdalena.
La versión de Juan 20, 19-23
Este pasaje ya lo leímos el segundo domingo de Pascua. En el comentario que entonces envié destacaba los distintos temas: el miedo de los discípulos, el saludo de Jesús, la prueba de las manos y el costado, la alegría de los discípulos, la misión y el don del Espíritu. Recuerdo lo que dije a propósito del último tema, fundamental en la fiesta de hoy.
Los evangelios de Mc y Mt no dicen nada de este don, y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.
Conclusión
Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.
El don de lenguas
«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).
El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.
El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).
Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.
José Luis Sicre

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Recibid el Espíritu Santo
Domingo de Pentecostés (Jn 20,19-23)
Ha sido necesario estar cincuenta días desde el domingo de Pascua celebrando, orando y reflexionando sobre todo lo acontecido en Jesús de Nazaret. Ahora ya podemos “entender” que, en el Evangelio de San Juan, la Resurrección del Señor, el encuentro con los discípulos y el don del Espíritu sean un mismo acontecimiento. “Estiramos” el tiempo para posar lo vivido y entendernos, pero lo que celebramos como único es que la muerte no tiene la última palabra, sino que la última palabra sobre nuestra vida y nuestra historia la tiene la Vida Compasiva manifestada en Jesús.
Muerte es vivir con miedo a la vida y el miedo nos la mata y nos esclaviza. No somos superhombres ni supermujeres, somos simplemente humanos, criaturas vulnerables, y es verdad que sentimos miedo a la muerte física y a la muerte social. Sentimos el miedo a no ser tenidos en cuenta, sentimos el miedo a la soledad, sentimos el miedo a la enfermedad… pero cuando hemos experimentado que lo que está en el fondo de nuestras p***s y miedos es la inquebrantable fidelidad del Amor que nos envuelve y abraza, el miedo no desaparece mágicamente, seríamos personas enfermas, pero ya no le otorgamos todo el poder sobre nuestras vidas porque resuena una vez más “la Paz contigo, la Paz con vosotros” ¡Gracias, Jesús!
Muerte es vivir con miedo a Dios. Qué pena y qué dolor mas grande ver a gente buena que sigue aterrorizada ante Dios, ante una posible condena y castigo por su parte. Qué dolor ver a gentes que se siguen autoproclamando representantes de Dios para juzgar y condenar a otras criaturas como ellos. San Pablo nos dice genialmente que el Espíritu que recibimos nos impide recaer en el temor porque nos hace hijos es hijas. El Espíritu Santo es espíritu de libertad y de filiación. Se nos da el Espíritu para generar dinámicas y ámbitos de perdón, nunca para condenar, en este mundo tan endiabladamente complejo. Y cuando no podemos perdonar, somos humanos no somos dioses, podemos “retener” la situación hasta que el Dios Fuente de todo Bien, que tiene la última palabra sobre todo y sobre todos, nos ilumine ¡Gracias, Jesús! No se trata de perdón o condena, sino de perdón y discernimiento.
Muerte es vivir cerrados sobre nosotros mismos. El Espíritu nos abre a la comunidad, a la eclesialidad. El seguimiento no lo hacemos en solitario. Si en Jesús se revela la Paternidad y Maternidad de Dios, a este Dios se le acredita, se le testifica, se hace verdad y se santifica su Nombre en la medida que nos abrimos a la comunidad. Es un Espíritu que nos quiere libres y diversos, cada uno tiene su don, su “chispa de gracia”, no anula la diversidad porque eso sería muerte, no anula las particularidades culturales y personales porque eso sería totalitarismo, sino que es un Espíritu que une lo diverso para que nos reencontremos en nuestra radical dignidad de Hijas e Hijos, la unidad está en nuestra misma humanidad ¡Gracias, Jesús!
Han sido necesarios cincuenta días, y toda una vida, para disfrutar de la Buena Noticia de la Pascua del Señor Jesús, para ahondar en todo lo acontecido en Él. Si hoy después de tantos siglos seguimos sintiendo que nuestros corazones arden, aunque sea un poquito, cuando nos acercamos a Él, es porque su Santo Espíritu sigue aleteando.
Toni Catalá SJ

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El mismo día en que comienza la nueva creación (19: primero de la semana); esta realidad va a ser considerada ahora desde el punto de vista de la nueva Pascua., con alusión al éxodo del Mesías. Los discípulos, todos los que dan su adhesión a Jesús; no hay nombres propios ni limitación alguna. Con las puertas atrancadas, etc. Muestra su desamparo en medio de un ambiente hostil. El miedo denota la inseguridad; aún no tienen experiencia de Jesús vivo (16,16). Como José de Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38). Situación como la del Antiguo Israel en Egipto (Éx 14,10); pero están en la noche (Ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1).
Jesús se hace presente, como había prometido (14,18s; 16, 18ss). En el centro; fuente de vida, punto de referencia, factor de unidad. Paz con vosotros, cf. 14,27s; 16,33; el saludo les confirma que ha vencido al mundo y a la muerte. Les muestra los signos de su amor y de su victoria (20). El que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz; se les muestra como el Cordero de Dios, el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera de la muerte (Éx 12,12s); el Cordero preparado para ser comido esta noche (Éx 12,8), es decir, para que puedan asimilarse a él. La permanencia de las señales en las manos y el costado indica la permanencia de su amor; Jesús será siempre el Mesías-rey crucificado, del que brotan la sangre y el agua. Alegría, cf. 16,20.22.
La repetición del saludo (21) introduce la misión, a la que tendía la elección de los discípulos (15,16; 17,18). Ha de ser cumplida como él la cumplió, demostrando el amor hasta el fin (manos y costado). El Espíritu (22) los capacitará para la misión. Sopló o “exhaló su aliento”, verbo usado en Gn 2,7 para indicar la infusión en el hombre del aliento de vida. Jesús les infunde ahora su propio aliento, el Espíritu (19,30). Crea la nueva condición humana, la de “espíritu” (3,6; 7,39). Por el “amor y lealtad” que reciben (1,17). Culmina la obra creadora; esto significa “nacer de Dios” (1,13), estar capacitado para “hacerse hijo de Dios” (1,12). Quedan liberados “del pecado del mundo” (1,19) y salen de la esfera de la opresión. La experiencia de vida que da el Espíritu es “la verdad que hace libres” (8,31s); quedan “consagrados con la verdad” (17,17s). El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del “mundo” injusto (17,15), sino dando la adhesión a Jesús y, de este modo, dejando de pertenecer a él (17,6.14).
Resultado positivo y negativo de la misión (23), en paralelo con la de Jesús. El pecado, la represión o supresión de la vida que impide la realización del proyecto creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto. Los pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación.
El testimonio de los discípulos (15,26s), la manifestación del amor del Padre (9,4), obtendrá las mismas respuestas que el de Jesús: habrá quienes lo acepten y quienes se endurezcan en su actitud (15, 18-21; 16,1-4).
Al que lo acepta y es admitido en el grupo cristiano, rompiendo de hecho con el sistema injusto, la comunidad le declara que su pasado ya no pesa sobre él; Dios refrenda esta declaración infundiéndole el Espíritu que lo purifica (19,34) y lo consagra (17,16s). A los que rechazan el testimonio, persistiendo en la injusticia, su conducta perversa, en contraste con la actividad a favor de los hombres que ejerce el grupo cristiano, les imputa sus pecados. La confirmación divina significa que estos hombres se mantienen voluntariamente en la zona de la reprobación (3,36).
Síntesis. “El día primero de la semana” alude a la celebración de la eucaristía. De Jesús brota la fuerza de vida que anima a la comunidad y le impulsa a la misión. En ella, el grupo cristiano prolonga el ofrecimiento de vida que hace el Padre a la humanidad por medio de Jesús. Ante él cada hombre ha de hacer su opción. La integración en la alternativa de Jesús da realidad a la ruptura con el sistema injusto. La opción negativa pone en evidencia la injusticia del hombre; la existencia de la comunidad es la imputación objetiva de su culpa.
Juan Mateos SJ

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De la homilía de este Pentecostés – José María Rodríguez Olaizola
Podéis pensar que esto no os ha pasado, que nunca hemos sido capaces de arder, ni siquiera de dar una pequeña luz. Pero no es verdad…. ¡Hay mucho bien en torno! Y mucho bien en nosotros mismos. Y quizás ahora, cuando es tan fácil desanimarse, es más necesario si cabe detectarlo, en nosotros y en otros. Son todos esos dones del espíritu, esa semilla que Dios va poniendo en nosotros…
¿Alguna vez habéis sido capaces de perdonar, más allá de motivos, razones o medidas? En ese perdón está el espíritu de misericordia, que nos sana y nos devuelve a la concordia
¿Alguna vez habéis amado u os habéis sentido amados mucho más de lo que mereceríais, tal y como sois, sintiendo que quien os quiere os quiere de verdad, sin negociación ni exigencia… y eso os ha dado seguridad, certidumbre y esperanza? Ese es el espíritu de Amor que se nos ha prometido.
¿Alguna vez te conmueves por las cosas que ocurren, y entonces algo dentro te dice que no puede ser, y sientes el impulso de hacer algo, de dedicar tu tiempo, tus capacidades y energías, a intentar sanar alguna herida, tender algún puente, abrazar alguna soledad? Es el espíritu de compasión que llevamos grabada en la entraña.
¿Alguna vez os habéis negado a enzarzaros en espirales de violencia, de crítica mordaz, de ruido que solo destruye, optando, en cambio, por el silencio, la palabra de reconciliación o la paz? He ahí el espíritu de la paz con la que el Señor nos envía.
¿Alguna vez habéis descubierto, en un momento de lucidez, que muchas de las cosas que perseguimos en la vida son en realidad mentiras, y con ese descubrimiento ha venido la paz, la alegría profunda, el sentido? Lo llamamos espíritu de sabiduría
¿Alguna vez habéis llorado, pensando que no había salida, y sin embargo la ha habido (a veces en forma de palabra, de canción, de gesto o de alguien que ha tirado de vosotros)? Espíritu de esperanza
¿alguna vez, pese a las dudas y lo incierto, pese a la rutina y la grisura, pese a su silencio, o vuestra resistencia, os habéis atrevido a decir: “Creo”? Porque en esa apertura, arriesgada, valiente, audaz, a Dios. Que es al tiempo pregunta, respuesta, silencio y palabra… ahí está el espíritu de fe.
Todo eso era y es el espíritu de Dios, fuego que nos sigue encendiendo, para incendiar el mundo…

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El espíritu sopla donde quiere
Siempre me sorprendes, Abba.
Cuando espero una luz deslumbrante, vienes en la penumbra.
Cuando un susurro, escucho tus trompetas.
Cuando un fuerte huracán, siento tu suave brisa en mi pelo.
Si un sol radiante, llegas con la luz blanca de la Luna.
Si pienso que en la noche, me llamas en tu mediodía.
Si en el silencio, te encuentro en el barullo del mercado o del taller.
Si en la belleza, estás en los diferentes.
Si quiero oírte en la música, te escucho hasta en el ruido de un motor.
Y es que me cuesta entenderte desde mi mente humana.
Pero cuando te siento desde el corazón, ahí estas.
Todo.
Tú, Abba.
Siempre.
(Jaime Foces)

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Pentecostés
Primero era la noche cerrada, y el frío,
y el temor a lo que ocultaban las sombras.
Luego una chispa prendió una llama,
y a su débil resplandor se empezaron a ver siluetas
que a nadie amenazaban.
La llama se hizo hoguera,
y a su alrededor se sentaron
los habitantes del bosque
para calentarse y compartir relatos y canciones.
Comprendieron lo solos que habían estado
hasta ese momento.
Recordaron a otros que, como ellos,
vagaban, entre temores y ausencias,
por la tierra sin luz.
Convirtieron algunas ramas en antorchas
y se marcharon a buscar
a quien erraba sin rumbo.
Ahora el bosque es un lugar menos sombrío,
salpicado por la luz de cien hogueras,
el calor de mil historias
y el eco de todos los cantos.
Algún día no quedarán
resquicios poblados por el miedo ni la bruma,
y todo estará bien.
José María R. Olaizola, SJ

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Espíritu
Te mira en los ojos risueños de un crío.
Te arrulla con voz familiar y segura.
Te impulsa a cantar en la tormenta.
Te habla a través de las gentes,
con palabras de amor y ternura.
Te sostiene en la caída
y te ayuda a levantar de nuevo.
Te pide, con mano implorante,
que le ayudes a sanar la dignidad
del mundo que se desangra
en tantos de sus hijos.
Hay días en que lo escuchas,
y otros en que lo ignoras,
pero cuando lo conoces
te hace más sabio,
más firme,
más humano.
Rompe las puertas selladas
que te encerraban en prisiones de dentro.
Y al salir de la estrechura,
te descubres amigo, hermano.
Entonces todos los idiomas
se vuelven un mismo canto.
Está en ti, susurrando su evangelio,
Acógelo, crece con Él,
que el Espíritu vive contigo.
José María R. Olaizola, SJ.
Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles
llena con tu divina gracia,
los corazones que creaste.
Tú, a quien llamamos Paráclito,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego,
caridad y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, dedo de la diestra del Padre;
Tú, fiel promesa del Padre;
que inspiras nuestras palabras.
Ilumina nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé nuestro director y nuestro guía,
para que evitemos todo mal.
Por ti conozcamos al Padre,
al Hijo revélanos también;
Creamos en ti, su Espíritu,
por los siglos de los siglos
Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos de los siglos. Amén.

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CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
Tiene muchos nombres. Es fuente de Vida, es Espíritu de verdad, Defensor, Consolador. Reparte sus dones sobre nosotros, cuando y como quiere. Y así, nos da sabiduría, temor de Dios, entendimiento, consejo, piedad, fortaleza, ciencia.
Es presencia discreta. Está sin imponerse. Nos habita, pero no nos invade. Es el modo en que Dios se hace presente hoy en nuestro mundo, en esta etapa de la historia de la salvación. Desde Pentecostés, creemos que inspira a la Iglesia para que busque y acoja la voluntad de Dios.
Es todo esto, que es común, y compartimos los creyentes cuando proclamamos nuestra fe. Y es también todo lo que uno, íntimamente, va llegando a comprender. Y que, seguramente, cada persona formularemos de una manera personal y única.
Es la fuerza que, a veces, cuando ya no puedes más, te ayuda a seguir adelante. Es la lucidez para mirarte en el espejo de dentro, y aceptar tus sombras, confiando en su luz. Es la perseverancia que tira de ti cuando se apagan los motivos.
Es el silencio que amansa a las fieras que te devoran. Es la hoguera que se te vuelve hogar al escuchar la Palabra. Es la alegría discreta que en ocasiones te invade.
Es la presencia que derriba los muros interiores y te muestra un horizonte hermoso y posible. Es la música callada que convierte los pasos vacilantes en baile.
Es la voz que te invita a tomarte en serio, a ti y a los otros. Es el vínculo de unión con otras personas igualmente seducidas por su canto. Es el brillo en la mirada al ver el mundo transfigurado.
por José María Rodríguez Olaizola, SJ

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Prioridad transcultural del Espíritu Santo
Pentecostés contra trumpismos
Juan Masiá Clavel
Poliedro cultural: unidad multinacional
Domingo de Pentecostés.Se recuerda en las iglesias la Misión del Espíritu de Vida: Id y aprended de todas las gentes para construir un pueblo nuevo en unidad diferenciada.
Lucas escenificó el discurso de Pedro ante un público internacional variadísimo. Pero no introdujo ningún personaje de traductor simultáneo, ni puso en labios de Pedro una lengua común. Enigmática y simbólicamente constata el evangelista que, mientras Pedro habla en su lengua, cada oyente le entiende en la propia (Hechos, 2, 8-11). Dos mil años de evangelización han leído este relato programático como invitación a construir, animada por el Espíritu, la comunidad humana “unida y diversa”.
Hoy que reviven brotes populistas con añoranzas retrógradas de prioridades aldeanas, ingenuamente narcisistas y cerrilmente tribales, conviene revivir el mensaje de Pentecostés: el que nuestro querido hermano Bergoglio (que en la Vida vive) llamaba el “poliedro cultural” de la unidad diferenciada.
El Papa Francisco eligió para emblema de esta pluralidad unificada la imagen del poliedro, en vez de la uniformidad homgeneizada de la esfera: “El poliedro refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno” (Evangelii gaudium, 236). Francisco propugnó una “cultura del encuentro y la inclusión” frente a toda exclusión, del bien común: frente a totalitarismos centralizadores, y frente a la fragmentación de los sectarismos locales.
El Papa Francisco aplicó la imagen de Pentecostés, poliedro de pueblos y unidad diferenciada, a la vida eclesial y a la sociedad civil. Vale para la reforma de las estructuras de parroquia, “comunidad de comunidades” (id., 28), con capacidad de acoger e integrar diversos rostros ymaneras diferentes de ser iglesia en diversos grupos, movimientos y asociaciones. Vale también para la construcción política de la vida en común por parte de unas personas que no se quedan en ser “meros habitantes, sino que se convierten en ciudadanos”, para construir juntos un pueblo, comunidad de comunidades y nación de naciones.
El Espíritu Santo sopla para disipar el miedo al pluralismo.. Es el mismo Espíritu Santo el que “suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad, sino multiforme armonía”. Por eso se opone a los fanatismos monoculturales y monocordes, que sacralizan la propia cultura (id., 117).
Juan Masiá Clavel

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