Templo del Carmen Toluca

Templo del Carmen Toluca Comunidad Católica atendida por los Frailes Carmelitas. Un espacio que promueve el acercarnos a Dios

23/08/2026

Celebración Eucarística domingo XXI de tiempo Ordinario

22/08/2026

Celebración Eucarística sábado 22 de agosto

20/08/2026

UNA PREGUNTA DECISIVA - José Antonio Pagola
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«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.
Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.
La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».
Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.
La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?
Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.
Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.
José Antonio Pagola

21 Tiempo ordinario – A
(Mateo 16,13-20)
23 de agosto

José Antonio Pagola
[email protected]

Fuentes: http://www.gruposdejesus.com
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/

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Solo descubrirás quién es jesús si vives lo que hay de divino en ti
Fray Marcos
DOMINGO 21 (A) (Mt 16,13-20)
Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús. Reflejan, no lo que dijo o hizo, sino lo que las primeras comunidades interpretaron de los que recordaban de él. El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia, sino que se la da.
Se diferencia la opinión de la gente de la de los discípulos para expresar una fórmula de la fe primitiva. La diferencia estaría entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la experiencia pascual.
Mientras vivieron con él le mostraron una gran admiración y estima, pero no se dieron cuenta de toda la novedad que aportaba. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de la visión nacionalista del Mesías, que era general entre judíos, al Mesías que demostró ser Jesús. Solo después de la experiencia pascual consiguieron dar ese paso.
De Jesús, como ser humano sí podemos hablar. De lo divino que hay en Jesús, nada podemos decir con propiedad, escapa a nuestra capacidad intelectual. Pero lo divino se manifestó en su humanidad y aunque no podemos definirlo, podemos intuirlo.
Si nos empeñamos en pensar lo divino y lo humano como diferentes, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es divino. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Al contrario, Dios es el fundamento de lo humano y el hombre solo llegará a su plenitud en lo divino.
La respuesta de Pedro no supone ninguna novedad. El objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera dicho esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona cercana a Dios que tiene una misión especial.
No podemos definir con dogmas lo que es Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús nunca lo descubriremos. Todo intento de responder con fórmulas racionales será inútil. La respuesta no puede ser teórica. Solo tomaré conciencia de lo que es Jesús en la medida que viva lo que él vivió.
Dar por completas y definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha llevado a la ruina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús en la que queda reflejada su divinidad. Nuestra tarea será descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida.
Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. Los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es este un dato muy interesante que tiene que hacernos pensar. Mt lo relata con toda intención.
Debemos tener en cuenta que existe otro texto paralelo en Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.
En dos lugares tan próximos del mismo evangelio dan el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Esto quiere decir que la última palabra la tiene siempre la comunidad. Pedro actúa como cabeza de la comunidad no en nombre propio.
A Jesús nunca le pudo pasar por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adherencias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Lo mismo intentaron sus inmediatos seguidores.
Fray Marcos

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Pedro, entre Dios y satanás
José Luis Sicre
Domingo 21. Ciclo A
El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor. El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.
Lo que piensa la gente
Camino de Cesarea de Felipe, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.
Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.
Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).
La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta mu**to, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.
Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.
Las promesas de Jesús a Pedro
Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.
Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».
Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.
Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la «roca» es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).
La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios») se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar, sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.
El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.
¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.
Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, cuando Pedro no era «el Papa», ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.
Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva
Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «Reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).
Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.
Lo mismo ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».
Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?
Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.
Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.
La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.
José Luis Sicre

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Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo
Domingo veintiuno del tiempo ordinario (Mt 16,13-20)
Cuando Jesús les pregunta a sus discípulos “¿quién dice la gente que soy yo?” es porque está perplejo ante las reacciones que provoca su actuación. El domingo pasado veíamos a un Jesús que se distancia de la Galilea, porque necesita tomarse un respiro ante el acoso de fariseos y letrados. Vuelve a Galilea (es bueno leer Mt 15,29-39 – Mt 1-12 para saborear el evangelio de este domingo) y Jesús se sigue implicando compasivamente, a él acuden “cojos, ciegos, lisiados, sordomudos y otros muchos enfermos”, y la gente corriente, el pueblo llano, la gente sencilla “alababa al Dios de Israel” por lo que estaba viendo. Jesús se conmueve ante la gente que le sigue porque “no tienen que comer” y no los puede dejar ir así “porque se derrengarán por el camino”. ¡Realmente el evangelio es un canto a la compasión y a la vida!
Pero Jesús se encuentra que, los saduceos y fariseos, los propietarios de Dios, no ven motivos de alabanza al Dios de Israel porque su pueblo se dignifica y sana, “quieren y le piden una señal que venga del cielo”, da la impresión de que las “señales de la tierra” no les valen. Que ceguera, que falta de compasión, que falta de sensibilidad, que falta de corazón para no ver que la Gloria de Dios es que sus criaturas vivan. Jesús está perplejo, para unos alaba al Dios Vivo, para otros, “los de mala intención”, lo que hace es “solamente humano” obra de Belcebú. Nos encontramos otra vez en el núcleo más intimo de la experiencia de Jesús: “Padre la gente sencilla me entiende, los sabios y entendidos no” (Mt 11,25-30)
Jesús pregunta porque no esperaba que su compasión agitara el sistema religioso como lo está haciendo. Vuelve a retirarse a Cesárea de Filipo, al norte de Galilea casi en tierra Fenicia, para estar a solas con los suyos. Esa pregunta, “¿quién dice la gente…?”, no la dirige a todo el mundo, tan sólo a su comunidad. Es momento de clarificarse, comentar lo que está pasando con su comunidad, y Pedro le contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta confesión es honda y certera, toca la identidad más intima de Jesús; es decir: “Jesús tu eres el regalo del Padre, tu eres el que tenía que venir, tu eres el que viene de las entrañas compasivas del Padre y Creador, eres su Hijo…”. Jesús le dice a Pedro que sobre esa confesión de fe se edificara su comunidad futura, la Iglesia, y que nada, ningún in****no de este mundo podrá derrotar la compasión, la ternura y la fidelidad inquebrantable del Dios de la Vida que se manifiesta en Jesús y en la comunidad convocada por él.
Pero Jesús sabe lo que le viene encima: senadores, letrados y sumos sacerdotes no pararán hasta quitárselo de encima… pero Pedro ya no quiere oír eso, no quiere saber nada de un Mesías, un Cristo, entregado hasta el final porque sólo ha venido a servir, un Hijo que preferirá soltar la vida, cederla antes que autoafirmarse generando violencia. A Dios no se le acredita por la fuerza sino con la debilidad compasiva. Pedro no quiere saber nada de un Buen Pastor que no huye. Jesús será muy claro con Pedro, eres satanás y sólo generarás sufrimiento si no configuras tu vida desde la compasión, y entonces no serás piedra sobre la que edificar comunidad… Pedro, como nosotros tendrá que pasar por el abandono de Getsemaní y encontrar la paz en el amor incondicional, la Pascua del Señor, para entender y comprender de qué va Jesús y su Reino.
Toni Catalá SJ

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Ingratitud
Ahí va el ingrato,
persiguiendo imposibles.
Pasa la vida
mascullando decepciones.
Quiere encadenar el aire.
Arruga el ceño
ante los límites.
Le ofende un no.
Exige el amor.
Solo nota las carencias.
Pobre.
Olvidó
que vivimos de prestado.
El tiempo, el pan,
la palabra, la caricia,
y la ternura
en otros ojos,
todo es don.
José María R. Olaizola, SJ

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¿Quién eres, Señor?
Cualquier día,
en cualquier momento,
a tiempo o destiempo,
sin previo aviso
lanzas tu pregunta:
y tú, ¿quién dices que soy yo?
Y yo me quedo a medio camino
entre lo correcto y lo que siento,
porque no me atrevo
a correr riesgos cuando tú me preguntas así.
Nuevamente me equivoco
y me impones silencio
para que escuche tu latir
y siga tu camino.
Y al poco, vuelves a la carga:
Y tú, ¿quién dices que soy yo?
Enséñame lo que tú sabes.
Llévame a tu ritmo
por los caminos del Padre
y por esas sendas marginales
que tanto te atraen.
Corrígeme
cánsame.
y vuelve a explicarme
tus proyectos y quereres,
quién eres......
Cuando en tu vida toda
encuentre el sentido
para los trozos de mi vida rota;
cuando en tu sufrimiento y en tu cruz
descubra el valor de todas las cruces;
cuando haga de tu causa mi causa;
cuando ya no busque salvarme
sino perderme en tus quereres...
Entonces, Jesús, vuelve a preguntarme:
Y tú, ¿quién dices que soy yo?

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Tus manos
Pronuncias mi nombre
y cuando lo oigo en tu voz
se caen los miedos, las expectativas
las frustraciones.
Porque siento que no tengo que demostrar nada
me sostienes con las mismas manos
que me dieron la vida.
Manos que son cuna,
hogar, taller y refugio.
Manos que dan, cuidan la vida
y la hacen eterna.
Javi Montes, sj

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¿Qué dice hoy la gente?
por José María Rodríguez Olaizola, sj
La cuestión de Dios sigue despertando polémicas, preguntas y enfrentamientos. Hoy hay creyentes y no creyentes, personas que dudan, buscadores de Dios, gente que está de vuelta, algunos sin haberse hecho ni una sola pregunta, y otros sin haber encontrado ninguna respuesta... Hay debates. Un nuevo ateísmo tan militante como el viejo cristianismo. Y, en todo caso, gente que sigue hablando, y sigue peleando por encontrar una verdad. Ahí sigue la eterna pregunta, que de vez en cuando cada quién tenemos que intentar responder. ¿Quién dice la gente –y uno mismo– que eres Tú, Jesús?
Verás. Hoy en día hay de todo. Hay quien dice que, todo lo más, eres un hombre que vivió hace bastante y dejó una huella honda, porque debías ser carismático, sorprendente o provocador. Pero que luego tus discípulos se inventaron toda una mística de victoria, de resurrección, de eternidad y así convirtieron un fracaso en la victoria más sorprendente de la historia. Pero vamos, todo un cuento, o una evasión, o un autoengaño, según se quiera ver.
Otros dicen que la historia está marcada por grandes figuras. Hombres o mujeres que tienen en sí la semilla de la humanidad más profunda, más auténtica y más noble,en todas sus posibilidades. Y eso emerge, algunas veces, de manera sorprendente, en gente como tú. Gente que deja una huella indeleble. Entonces te llaman profeta, sabio, maestro, líder, mesías. Un hombre especial, al fin y al cabo.
Hay quienes seguimos creyendo que tú eres Dios. Hoy mucha gente mirará con sorna a quien diga esto. Porque lo de “Dios” como que se escapa. Para muchos, Dios no existe y punto. Para otros, de existir, es algo indefinible, algo así como un principio, una fuerza, una energía, un algo que no se sabe muy bien dónde o cómo se relaciona con la propia vida. Pero, claro ¿pensar en un Dios hecho persona? ¿Un Dios que caminó por nuestros caminos, bebió la misma agua, que tuvo agujetas, y heridas, se rió a carcajadas o lloró con desgarro? Parece otra eterna versión de las mitologías de todas las culturas. Como los griegos hablando de sus dioses en un Olimpo que es como una convención de superhéroes de la Marvel, los aztecas sacrificando enemigos para contento de sus dioses guerreros, o Anubis mandando una barca para recoger a los difuntos y llevarlos al otro lado del Nilo. Superstición, pensamiento primitivo, restos de otras épocas, dicen… Algo incompatible con nuestra mentalidad racional, pragmática, científica, dicen también.
Pero yo sigo creyendo que, de existir Dios, y si nuestro universo tiene un origen y un destino, y si hay un sentido en lo que hacemos, que pasa por el amor y una sed de plenitud… ¿por qué no va a poder reflejarse en el misterio más profundo de un ser humano? ¿Por qué no va a poder vaciarse en su creación? ¿Por qué no va a poder expresarse en el lenguaje que nos es más comprensible? El lenguaje de lo humano, hecho ternura y amor, hecho dolor y compromiso, hecho justicia y estremecimiento. El lenguaje que pasa por la vida y la muerte (que no tiene la última palabra). Eres la única palabra que Dios podría decir sin encadenarnos, pues de otra manera nos habría convertido en esclavos, y nos habría obligado a creer y a adorar. Pero no. No eres la Palabra impuesta de Dios, sino su propuesta para las vidas. Una ventana que nos permite asomarnos a Dios. Un espejo que nos permite ver las posibilidades enormes escritas en nuestra entraña. Pues eso.

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CUANDO CONTEMPLO EL MAR
Pedro Miguel Lamet
Cuando contemplo el mar, me pregunto: ¿Quién soy yo, el que contempla o lo contemplado?
También en vacaciones la mente corre que se las pela. Está y no está. Se angustia con las noticias, se recrea en el pasado, se inquieta por lo que le espera en el regreso y las preocupaciones futuras.
La mente solo se calla cuando descubro que no soy ella, que no soy tan siquiera este personajillo que creo ser, con nombre, apellidos, obras, imagen.
Soy otro, una corriente de energía y luz que se oculta en ese yo temporal y aparente. Mi cuerpo puede envejecer, deteriorarse. Mi personaje, desaparecer. ¿No acaban desapareciendo los grandes políticos, escritores, actores, deportistas e incluso sus obras quedan sumidas en el olvido?
“El que no se niega a sí mismo” de Jesús no es una anulación masoquista, sino todo lo contrario. Es sustituir mi “yo pequeño” por un “Yo soy” identificado con la plenitud.
Puedo estar perdiéndolo todo y ser feliz. Puedo estar incluso muriéndome y sentirme flotar en la vida, precisamente porque el yo pequeño de la mente ya no puede dar la tabarra y gritar: “Me falta eso, me falta lo otro”.
Vuelve al mar que es.
Jesús, cuando enseña a morir en vida, no está cercenándonos su disfrute, sino lo que de “mundo” (como él lo llama, no en el sentido cósmico, sino en el de sus criterios): poder, posesión, dinero, competencia, envidia, celos, puede contagiarnos.
Contemplo el mar y soy el mar.
No me separo del mar cuando vuelvo a casa después de vacaciones, porque el mar va conmigo a dondequiera que yo voy.
¿Qué cómo se percibe esto? Con el silencio interior. Basta un minuto para entrar en ese espacio del que vine, al que voy y en el que, aunque no lo perciba, estoy. Ver menos
Pedro Miguel Lamet

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La casa preparada
María nos está esperando "a mesa puesta"
Dolores Aleixandre
Me voy a prepararos lugar, decía Jesús, y cuando vaya y os prepara el lugar, vendré de nuevo a llevaros a mi casa para que donde yo esté, estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).
Si estiramos la imagen, podemos pensar que María, la primera en llegar a la Casa, toma parte con su Hijo en la tarea de preparar ese lugar para que un día, donde ella esté, estemos también nosotros. Ya la tradición sapiencial había presentado a la Sabiduría con la imagen femenina de un ama de casa que prepara un banquete para los pequeños y desvalidos: La sabiduría ha edificado su casa, ha labrado sus siete columnas; ha preparado su alimento, ha mezclado su vino, ha puesto también su mesa; ha enviado a sus doncellas, y clama desde los lugares más altos de la ciudad: El que sea simple que entre aquí. Al falto de entendimiento le dice: Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que he mezclado. Abandonad la necedad y viviréis, y andad por el camino del entendimiento (Pr 9,1-6).
Podemos escuchar esa invitación como dirigida a nosotros, que nos reconocemos tantas veces simples y faltos de entendimiento,por parte de Aquella que nos espera "a mesa puesta" en ese banquete del que tanto le gustaba hablar a su Hijo.

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¿Derecho a equivocarse?
por Álvaro Lobo, sj
Es la típica frase que todos hemos dicho alguna vez. O cuando alguien se quejaba de no poder hacer algo, o porque sencillamente quedaba bien. Y está en el aire, ya sea en una serie de Netflix o en una conversación entre amigas. Surge, porque así lo creemos, pero no por ello no deja de ser una pequeña mentira de nuestro tiempo.
De las equivocaciones se aprende. Todos lo hemos vivido. Meteduras de pata, errores o fracasos que con el tiempo se han tornado algo positivo, porque fue un punto de inflexión, porque nos hizo recapacitar o porque se abrió un nuevo horizonte. Y es que Dios no quiere nuestro mal, pero puede hacer de ese mal un espacio de fe, de aprendizaje y de crecimiento.
Sin embargo, equivocarse nunca puede ser un derecho, porque a veces conlleva una dosis de dolor para nosotros y para otros e implica pactar con el mal. Y porque decir que algo es un derecho incluye decir que es una posibilidad, y que por tanto no es tan malo. Y en las decisiones uno debe aspirar siempre al bien. Nadie tira un penalti para fallarlo.
Los errores llegan tarde o temprano y nos sirven para aprender, pero ya que estamos, mejor no equivocarse, porque no está el mundo para hacerse daño así como así. Ojalá tengamos siempre la lucidez de saber dar en el clavo, aún sabiendo que equivocarse forma parte del camino y nos ayuda a crecer, pero nunca será un derecho, ni tampoco un drama, dicho sea de paso.

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Mi lugar en el mundo
por Álvaro Lobo, sj
Todos tenemos un lugar en el mundo. Sea cual sea nuestra vida. Es la posición en el campo donde nuestros talentos se desarrollan plenamente, donde parece que todo se ordena, donde la vida cobra mayor sentido. A veces llega pronto, y otras tardamos años en darnos cuenta. Los cristianos lo llamamos vocación -porque nos sentimos llamados por Dios a ello en el seno de la Iglesia-, pero no solo es cosa de gente creyente. Es nuestro lugar en el mundo.
Sin embargo, hay una tentación clara: quedarnos solo en nuestro propio lugar, y olvidarnos de todo lo demás. Y de esta forma caemos en el egoísmo del yo, mi, me, conmigo. Y es que esta ubicación se hace teniendo en cuenta el mundo, no lo podemos soslayar. Es decir, que también debemos preguntarnos cómo podemos servir mejor al mundo. O dicho de otro modo, qué puedo hacer yo por el mundo, recordando aquel discurso mítico de Kennedy en Berlín. No olvidemos que el mundo nos necesita y quizás la pregunta debe enriquecerse de esta forma: ¿yo, con mis talentos y mis dones, cómo puedo servir al mundo de la mejor manera posible? ¿Cómo puedo hacerlo más y mejor?
En trigonometría, necesitamos tres puntos para ubicar una posición con precisión, así funcionan los GPS. Para el ser humano esos puntos son la propia persona, Dios y el mundo. De lo contrario es fácil que andemos perdidos o desorientados. O tendremos dirección, pero no sentido. O ni una cosa ni la otra. O sencillamente buscaremos donde no debemos. O daremos vueltas sobre nosotros mismos sin llegar nunca a buen puerto.
Ojalá seamos capaces de encontrar nuestro lugar en el mundo. Ojalá seamos valientes para preguntar a Dios, mientras contemplamos el dolor del mundo, en qué posición debemos jugar. Tan sencillo y a la vez tan complicado como hacernos esta doble pregunta: Señor, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Qué puedo hacer por el mundo?

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Roca firme y brisa ligera
por José Yamid Castiblanco, sj
La Tierra no siempre es ese suelo firme que sostiene nuestros pasos. Cuando tiembla y tumba edificios, mata gente o destruye proyectos personales -como ha ocurrido recientemente en Colombia y Venezuela- recordamos que ella y la naturaleza, aunque sustento para la vida, pueden ser también causa de muerte. Eventos trágicos como los terremotos nos recuerdan además que las bases sobre las que cimentamos nuestras convicciones y seguridades también pueden derrumbarse. Material y espiritualmente hay momentos en que nos hallamos desprotegidos, confundidos, a la intemperie.
¿Y dónde está Dios en todo esto? ¿Acaso sacudiendo caprichosamente el piso o las circunstancias vitales? ¿Salvando a unos y sepultando a otros? El encuentro de Elías con el Dios verdadero, no el de nuestros imaginarios, resulta muy iluminador en estos momentos: pasó un huracán, luego hubo un terremoto y después se prendió un gran fuego, pero el Señor no estaba en nada de ello. Se oyó luego el rumor de una brisa y sólo entonces supo Elías que allí estaba el Señor. (Cf. 1 Reyes 19, 11-12).
Esa brisa ligera es la que se puede percibir en los voluntarios que ayudan, en los rescatistas que socorren, en los benefactores que donan, en el amigo que apoya. Tal como se reveló en Jesús, Dios está en lo sencillo y en el servicio, alentando sobre todo en los sufrimientos más irracionales o inesperados.
Dicen que Dios perdona siempre, los humanos a veces y la naturaleza nunca -cuando de estos eventos traumáticos se trata-. Esto último no depende de nosotros. Seguramente tampoco de un designio divino. Lo que sí depende de cada uno es vivir la vida como don y como entrega. Es (re)construir la existencia y las relaciones sobre la única roca firme y resistente a la muerte: el Amor.

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Cuando todo tiembla
por Anselmo Rabadán sj
Colombia tembló. Y desde Bogotá me ha golpeado este suceso y me encuentro sobrecogido especialmente por las imágenes: tantos brazos levantados entre los escombros, buscando un rastro de vida.
Pienso en quienes están ahí debajo. En sus familias. En quienes esperan una noticia. En quienes salieron de casa como cualquier otro día, con sus planes, sus preocupaciones, sus prisas… y de repente todo cambió. Cuántas conversaciones se han quedado sin acabar. Cuántos abrazos pendientes. Cuántos “luego hablamos”. Cuántos sueños que se quedaron a las puertas.
Quizá lo que más impresiona de un terremoto es eso: en unos segundos eternos se tambalean nuestras seguridades. La casa, la rutina, los planes, esa sensación de que mañana será como hoy. Y descubrimos, de golpe, que la vida es mucho más frágil de lo que queremos reconocer.
Pero también me conmueve Colombia. Ver a tantos unidos, buscando, ayudando, cargando, abrazando. Una vida entre los escombros se convierte en lo más importante. Porque lo es.
San Ignacio nos invita a buscar a Dios también cuando parece esconderse. Y quizá ayer estaba ahí: en cada brazo levantado, en cada persona que no se rindió, en cada gesto de cuidado, en cada oración al cielo.
Dios ama la vida. Ama a este pueblo. Ama a cada uno de los que hoy sufren.
Que no necesitemos que todo tiemble para agradecer el regalo de estar vivos, para volver a casa, para abrazar, para pedir perdón, para decir “te quiero”.
Y que aprendamos a vivir sabiendo que, aunque nuestras seguridades tiemblen, nunca estamos solos.

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