27/05/2026
El discernimiento no es simplemente tomar decisiones o elegir entre distintas opciones. En el sentido cristiano, discernir significa entrar en diálogo con Dios, aprender a escuchar su voz en medio de la propia historia y descubrir hacia dónde conduce su amor. No se trata solamente de preguntarse ¿qué quiero hacer?, sino ¿qué quiere Dios de mí? y ¿cómo puedo responder mejor a su llamado?.
La oración se convierte entonces en el espacio privilegiado del discernimiento. Allí, en el silencio del corazón, la persona aprende a reconocer las mociones que vienen de Dios, aquello que trae paz, verdad, entrega y vida. Orar no es únicamente hablar; también es escuchar. Muchas veces Dios habla a través de la Palabra, de los acontecimientos cotidianos, de las personas cercanas, de las alegrías y también de las heridas que forman parte de nuestra historia.
Discernir implica leer la propia vida con ojos de fe. Cada experiencia, incluso las más difíciles, puede convertirse en un lugar donde Dios se manifiesta y guía el camino. Por eso el discernimiento requiere sinceridad interior, paciencia y apertura. No siempre la respuesta llega de inmediato, pero quien persevera en la oración descubre poco a poco que Dios conduce con amor y nunca abandona.
Abrirse al proyecto de Dios significa confiar en que su voluntad no es una carga, sino un camino de plenitud. La vocación nace precisamente de este encuentro: cuando la persona reconoce que ha sido amada, llamada y enviada. Así, el discernimiento deja de ser miedo al futuro y se transforma en una experiencia de fe, libertad y esperanza.