19/05/2026
Al pasar de los siglos la comunidad de creyentes que llamamos Iglesia ha tenido un sin fin de celebraciones que varían de región en región y de motivo en motivo. Las costumbres que se fraguan en el proceso de evangelización destacan una didáctica de acercamiento del Evangelio a los naturales, a los cuales se le educa en la fe, por ello, la gran mayoría de costumbres acentúan la posibilidad de encuentro entre los creyentes y Dios, que dejan de lado su egoísmo festivo y se reúnen en la celebración de la acción divina en la creación.
No se puede hoy prejuiciar una costumbre religiosa por falta de razón o decadencia de la doctrina cristiana sin comprender la arqueología catequética que movió en algún momento al evangelizador a promover dicha actividad pastoral. Es siempre propio de la sabiduría evangélica el fortalecer las costumbres en la finalidad de trascender en el mundo la unidad cristiana y los valores de la piedad católica, y si se llega a iniciar una nueva celebración debe ir encaminada a la unidad de los cristianos, la fidelidad a la oración, la acción de gracias a Dios que sigue gobernando su creación; no así cuando la celebración va encaminada al egoísmo, el lucro o la exhibición de valores privativos del común encuentro y la falta de la oración.
Es por todo eso que la visita del Señor de Tlalmimilolpan es una fiesta de petición a la Providencia de Divina para un buen temporal de lluvia, es la acción del pueblo que sigue pidiendo a su Creador no los abandone a sus pasiones desordenadas, es la alabanza y oración a una imagen que nos recuerda que Dios está con su pueblo.
A lo mejor no hubo gran estruendo de cohetes, bailes y comilonas, sin embargo, más vale un corazón contrito y leal a Dios que mil desfiguros que no unen a los Cristianos sino solo enfatizan el egoísmo y su lucimiento ante los otros.
Gracias Señor de Tlalmimilolpan por tu visita a Tlalmanalco. Gracias por la lluvia derramada en nuestros campos. Gracias por las bendiciones que nos has dejado.
¡Gloria a Dios!