03/07/2025
Volviendo al fuego del primer amor
A lo largo de la vida cristiana, es común caer en una rutina espiritual que lleva a la monotonía. Se pierde el primer amor, ese fervor con el que al principio se buscaba la presencia de Dios, se participaba en la congregación con alegría, y se oraba con pasión. Los domingos ya no son tan esperados como antes, y las oraciones comienzan a parecer vacías o sin propósito. El compromiso se debilita, y poco a poco se cae en una frialdad espiritual que puede pasar desapercibida.
En medio de este estancamiento, muchas veces surge un pensamiento engañoso: “Cada quien es responsable de su alma, no es necesario orar por los demás”. Sin embargo, este pensamiento encierra un pecado silencioso que muchos ignoramos: la mediocridad espiritual. Esta actitud conformista nos aleja del propósito de Dios, nos hace espectadores en lugar de obreros, y enfría el amor por las almas.
“Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:4-5).
Este llamado de Dios a la iglesia de Éfeso sigue vigente para nosotros hoy. No podemos permitir que la tibieza se adueñe del corazón.
Hoy en muchas iglesias ya no se percibe un interés genuino por llevar el mensaje de salvación. Las campañas evangelísticas que antes se esperaban con oración, ayuno y consagración, han sido reemplazadas por programas diseñados solo para entretener, emocionar o aumentar números, pero no para transformar vidas.
Lo más preocupante es que estos programas solo para convivencia y entretenimiento están creando creyentes débiles en la fe, que no soportan la sana doctrina ni la corrección.
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3).
La iglesia no es un club social ni un edificio decorativo. No es un lugar para cumplir con una rutina religiosa o un monumento. La iglesia es el cuerpo vivo de Cristo en la tierra.
"Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
“Porque nuestro Dios no es Dios de mu***os, sino de vivos” (Lucas 20:38).
Ante esta realidad, es urgente despertar del letargo espiritual. El verdadero avance no depende de circunstancias externas, ni de cuántas veces asistimos a una reunión, sino de un corazón sincero que reconoce su frialdad, se humilla delante de Dios y clama por un nuevo despertar.
“Examinémonos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová” (Lamentaciones 3:40).
Volver al primer amor no es solo recordar, sino también actuar. Es regresar a la oración ferviente, a la pasión por interceder por otros, a predicar el evangelio sin temor, a servir con gozo, a perdonar a nuestro prójimo y a amar como Cristo nos ama.
Muchos creyentes hoy se sienten mu***os espiritualmente. Aquellas acciones que antes causaban remordimiento, ahora se practican sin problema alguno. La conciencia se ha adormecido, y el fuego del Espíritu Santo se ha debilitado. Esto no debe ser normal en la vida del cristiano.
El verdadero avance espiritual comienza con un corazón arrepentido, que reconoce su estancamiento y clama por un nuevo despertar.
Volver al primer amor, retomar la oración ferviente, interceder por otros y anunciar el evangelio con pasión, es lo que reaviva la llama del Espíritu y da sentido a nuestra fe.
No es tarde para comenzar de nuevo. Dios no busca perfección, sino disposición.
Él es experto en reavivar lo que parecía apagado, en restaurar lo que fue descuidado, en encender de nuevo la llama que parecía haberse extinguido. Solo hace falta un corazón que diga:
“Señor, aquí estoy. No quiero seguir viviendo en esta rutina vacía. Quiero volver a ti, al fuego de tu Espíritu Santo, al gozo de tu salvación”.
Autor: Hna. Dulce Amor
IGLESIA MINISTERIO INTERNACIONAL DE MÉXICO PARA CRISTO