21/02/2025
Gracias a Dios por su palabra, porque de ella aprendemos que el nuevo creyente, aquel que es discípulo de Jesús, ahora es un templo espiritual en quien la plenitud de la deidad viene a morar dentro de él (Jn 14:23; Ef 2:21,22).
En el Antiguo Testamento leemos que el Espíritu Santo solo posaba en aquellos que fueron ungidos para un propósito específico, aunque Israel es el pueblo que Dios eligió, podemos decir que no en todos moraba el Espíritu Santo permanentemente, eso estaba reservado para nuestro tiempo y todo por la obra redentora que hizo nuestro Señor Jesucristo (Hch 2:32,33).
La biblia nos enseña que al nacer de nuevo fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa (2 Co 1:20-22; 5.5; Ef 1:13; 4:30) y ese sello nos marca como hijos de Dios hasta la segunda venida de Cristo por su iglesia (Ef 1:14). Esta promesa fue hecha por nuestro Señor Jesucristo a los discípulos que le seguían (Jn 15:26; 16:7-15).
El creyente que anda en el Espíritu recibe testimonio dentro de sí mismo de ser hijo de Dios (Ro 8:14-16; Gal 4:6,7; 1 Jn ), y eso le sirve para vivir en la libertad que Cristo le dio, pero sin abusar de este derecho acomodándolo para vivir de la manera que a él le plazca (Gal 5:1; 1 P 2:16); más bien ha entendido el valor del sacrificio de Cristo, y siendo libre de condenación, camina ahora como un hijo que desea ser fiel al Señor en todo lo que hace.
Andar en el Espíritu es reconocer que dependemos totalmente de él en la obra de santificación e incorporación al cuerpo de Cristo (1 P 1:2; 2 Tes 2:13; 1 Co 12:12,13), que no hay otra manera de sujetar la carne (Ro 8:13), que es el Espíritu de Cristo quien nos transforma a su imagen (2 Co 3:18), y nos fortalece (Ef 3:16). El que anda en el Espíritu lo hace con éste como su guía y consolador (Gal 5:18; Jn 14:16-18; 14:26; 16:7-15,).
Andar en el Espíritu es entender por las Escrituras que nosotros no podemos producir el fruto espiritual que solo él hace en nosotros y a través de nosotros (Gal 5:22-23).
Andar en el Espíritu es leer en las Escrituras que el Espíritu Santo habita en el creyente desde el momento de su conversión, pero que, además de esto tenemos disponible un bautismo de fuego; el cual es predicho por el profeta Joel (Jl 2:28,29), predicado por Juan el bautista (Mt 3:11; Lc 3:16), confirmado por Jesucristo (Lc 24:49; Hch 1:4-8) y nuevamente dado como las ¨buenas nuevas¨ en el primer sermón del apóstol Pedro (Hch 2:38,39). Este bautismo viene acompañado con una señal, que, aunque no es normativa, si se presenta como la principal cuando alguien recibe dicho bautismo. Esta señal es el hablar en lenguas.
El libro de Hechos nos da varios ejemplos de este bautismo del Espíritu Santo y fuego que comienza en el capítulo dos allá en el aposento alto el día de Pentecostés con aquellos ciento veinte que estaban reunidos, y se repitió sobre nuevos creyentes en diferentes partes (Hch 8:14; 9:17; 10:44-47; 19:1-7)
La Escritura muestra la obra subsecuente del Espíritu Santo en las citas mencionadas anteriormente, y el que anda en el Espíritu se toma de esa promesa que es ¨para cuantos el Señor nuestro Dios llamare¨ (Hch 2:38), orando a Dios por ser investido de poder de lo alto.
Andar en el Espíritu es vivir en la plenitud de Cristo, caminando en una vida sobrenatural y viviendo la palabra escrita, pues aquel que es sellado con el Espíritu Santo y recibe el bautismo de fuego, testifica de Cristo creyendo que él todavía salva, bautiza con su Espíritu, sana y viene pronto.
Si tú crees esto, ora a Dios y comienza a buscar el bautismo de fuego del cuál hicimos mención hoy; pero por sobre todas las cosas, somete tu vida al gobierno de Cristo y la dirección de su Espíritu, pues él es quien hace todo posible según el designio de su voluntad, para que podamos realmente andar en el Espíritu.
Las citas bíblicas están ahí para que las consultes, y pidas a Dios discernimiento para ver si esto es cierto. Una vez confirmado por él en su palabra, ya sabes que hacer.
¨ Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente?
¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? ¨ (Lucas 11:11-13).
(Todas las citas fueron tomadas de la versión Reina–Valera 1960).