01/07/2026
De niño soñaba con construir y restaurar cosas. Sin saberlo, por herencia terminé convirtiéndome en albañil, levantando casas y restaurando hogares.
Pero con el paso de los años ocurrió el cambio más grande de mi vida: el Señor Jesucristo me encontró. Él restauró aquello que yo, por mis propias fuerzas, nunca pude reparar: mi corazón.
Poco a poco comenzó a instruirme. Puso en mí el deseo de seguir estudiando, aunque jamás imaginé que seguiría construyendo y restaurando, pero ahora de una manera diferente.
Hoy, como licenciado en Psicología, Dios me permite acompañar a personas que han perdido la paz, ayudarles a reconstruir su esperanza y a renovar sus pensamientos. No porque yo tenga el poder de cambiar a alguien, sino porque Aquel que me restauró primero me dio entendimiento para comprender el dolor, el sufrimiento y las heridas de los demás.
Dios sigue siendo el gran Restaurador. Nosotros solo somos instrumentos en Sus manos.
"Él restaura mi alma; me guía por sendas de justicia por amor de su nombre." — Salmo 23:3
"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento." — Romanos 12:2
"De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." — 2 Corintios 5:17
Si Dios pudo restaurar mi vida, también puede restaurar la tuya. No importa cuán rotas parezcan las circunstancias; cuando Cristo toma el control, siempre hay esperanza.