24/12/2025
Al principio, no había nada más que tinieblas.
No era la oscuridad serena de la noche, sino una tiniebla densa y antigua, la que se cierne sobre un mundo que aguarda sin esperanza. Era el silencio de siglos, la sombra que se extiende cuando los hombres caminan sin rumbo. El profeta Isaías había descrito ese mundo, un pueblo que yacía en penumbras: "El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:2"). Y en la quietud absoluta de Belén, esa profecía contenía la respiración, a punto de estallar. Era el momento más oscuro de la noche, cuando el frío cala más hondo y el corazón late más lento. Las tinieblas lo envolvían todo: los caminos polvorientos, los rostros cansados, el pesebre frío donde los animales dormitaban. Era la oscuridad que precede al alba, pero un alba que el mundo no había visto jamás. Y entonces, sucedió. No con un estruendo, sino con un susurro de eternidad. No fue el rayo que parte el cielo, sino el latido tierno de un recién nacido. En el instante en que el niño Jesús dio su primer aliento, una luz nació. No era la luz del sol, áspera y dorada, ni la de la luna, plateada y fría. Era una luz que surgía desde dentro, una claridad dulce y poderosa que se derramó desde el pesebre, empujando a las tinieblas como si fueran de humo. Iluminó sin deslumbrar, calentó sin quemar. La paja del pesebre pareció hebra de oro, y el rostro del niño se convirtió en el epicentro de toda la esperanza del mundo. Esa luz no solo iluminó una cueva; iluminó el destino de la humanidad. Como escribió el apóstol Juan, “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:4-5). Y en los campos cercanos, esa misma luz se desbordó sobre los pastores, que guardaban las vigilias de la noche. De repente, la gloria del Señor los cercó de
resplandor, y el ángel les anunció la buena nueva: “No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lucas 2:10-11). Las tinieblas se batieron en retirada, la luz que es vida, amor y gracia, se instaló para siempre entre nosotros. Porque tal como profetizó Zacarías, guiados por el mismo Dios que visitó a su pueblo, “la aurora desde lo alto nos visitó para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pies por el camino
de la paz” (Lucas 1:78-79).