28/02/2025
No te aferres a una vocación que no es la tuya.
No necesitamos religiosos amargados, conventos llenos de ruido, párrocos que terminan perdiendo su verdadera identidad, ni matrimonios frustrados que acaban en separación o divorcio.
¿Te has detenido a pensar a qué te llama el Señor? ¿Cuál es la vocación que Él ha sembrado en ti? No se trata de la vocación que deseas para ti mismo, la que te parece más atractiva o la que consideras más fácil, sino aquella para la que realmente Dios te ha llamado.
Es nuestra responsabilidad discernir con profundidad, pues conocer nuestra verdadera vocación es esencial. ¡Qué importante es este conocimiento! Desde el lugar al que Dios nos llame, ya sea la vida religiosa, el matrimonio, el servicio en una parroquia, o cualquier otro camino, podemos colaborar en la salvación de muchas almas y vivir para la gloria de Dios. Si además ofrecemos nuestra vida con sacrificios constantes y sincera generosidad, adquiriremos un espíritu de ofrenda, haciendo todo únicamente por amor al Señor. Este amor se reflejará en cada acto, en cada trato hacia quienes nos rodean, y en nuestra capacidad de servir con alegría y entrega.
Aunque en otras vocaciones puedas dar fruto, sólo florecerás plenamente en aquella para la cual has sido creado. Aunque ese camino esté lleno de dificultades, tu mayor consuelo será saber que estás cumpliendo la voluntad de Dios. De esa unión profunda con nuestro amoroso Rey nacerá una alegría que, incluso en medio de las lágrimas, nunca se agotará.