14/02/2024
En las biografías de San Francisco de Asís descubrimos la gran piedad que tenía con respecto a los tiempos litúrgicos. Es así que el Hermano de Asís aparte de respetar la observancia cuaresmal que vivimos todos del Miércoles de Ceniza hasta la Pascua del Señor, Francisco vivía cuatro cuaresmas más durante el año: una previa al Adviento en preparación a la Navidad, que iniciaba en la fiesta de todos los Santos a la vigilia de la Natividad del Señor. Éstas pide a su Orden se celebren de forma obligatoria (cf. RegB III, 6).
Francisco en lo personal vivía tres cuaresmas más (que eran personales y que no pide a sus ordenes que las observen); una llamada Cuaresma de la Epifanía o “Benedetta” (RegNB III, 11; LM IX, 2); con esta cuaresma San Francisco buscaba hacer un puente entre el tiempo de Navidad y el de Pascua ya que él no hace separación entre estos dos tiempos, ya que representan los dos polos del único misterio de salvación.
Otra cuaresma que observaba San Francisco era en honor a los santos Pedro y Pablo; donde se centraba en la comunión con la Iglesia, en favor del Papa y la jerarquía eclesial como signo de unidad, y que la iniciaba el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo (29 de Junio) y concluía el día de la Asunción de María (15 de Agosto), a quien mostraba particular piedad por ser madre y figura de la Iglesia (LM IX, 3). Por último, la otra devoción cuaresmal del Poverello era en honor al arcángel San Miguel, a quien tenía especial devoción, y va del día de la Asunción (15 de Agosto) hasta la fiesta del arcángel San Miguel (29 de Septiembre).
Tenemos ya el recuento de las cinco cuaresmas que vivía San Francisco, lo que significa que invertía al menos doscientos días del año para estar sólo con el Señor. Doscientos días que pasaba en soledad, en oración y en mortificación, es decir que en los 20 años de su vida de conversión, de los 44 que vivió, empleó más tiempo en la contemplación que en la acción y el apostolado.
Es increíble que un testimonio como el del hermano de Asís llega hasta nuestros días como fuente de inspiración para muchos y que por 800 años su legado, encarnado en sus diferentes ordenes, ha sido fundamental para la vida de la Iglesia y la construcción de la civilización que hoy conocemos.
Podemos con esto entender un poco más a San Francisco que nos enseña, especialmente en Cuaresma, que la vida espiritual no es cuestión de capacidades especiales y sobrehumanas, sino en saber detenerse, tener disciplina y generosidad para hacer un lugar y un tiempo para hacer oración y construir nuestra relación con Dios.
Pidamos constantemente para que, así como somos y desde nuestra realidad y vocación, Dios nos conceda algo de esa hambre que tuvo Francisco de entrar en comunión con Dios. De tratar y tratar de configurarnos a Cristo, así como puedo hacerlo Francisco en el monte Alvernia cuando participó, dos años antes de su muerte, en el sufrimiento y en el amor de Jesús Crucificado. Es así que nos que nos enseña en su testamento: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo». (Test 5)
Paz y Bien