San Agustín, Obispo de Hipona

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EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.Signo de nuestra Redención, trono de Cristo, estandarte de la victoria y esperanza de la hum...
14/09/2026

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.
Signo de nuestra Redención, trono de Cristo, estandarte de la victoria y esperanza de la humanidad redimida.
14 de septiembre · Rojo.

La Iglesia celebra con profunda veneración la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, porque en ella contempla el sagrado instrumento por el cual Nuestro Señor Jesucristo ofreció al Padre el sacrificio de nuestra Redención. La Cruz, que fue instrumento de suplicio y muerte, se convirtió por Cristo en signo de victoria, gloria y salvación.

La veneración de la Santa Cruz ocupa un lugar antiquísimo en la vida de la Iglesia. Después de las persecuciones de los primeros siglos, el emperador Constantino concedió libertad al culto cristiano y mandó edificar templos en los lugares relacionados con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Según la antigua tradición cristiana, Santa Elena, madre del emperador Constantino, peregrinó a Jerusalén hacia el año 326. Movida por una profunda devoción, se interesó por encontrar los lugares santos relacionados con la Pasión de Jesucristo. En las excavaciones realizadas en el área del Calvario fue hallada una cruz de madera que la tradición identificó como aquella en la que había mu**to el Salvador.

La tradición refiere que fueron encontradas tres cruces y que, mediante un signo milagroso, pudo reconocerse cuál de ellas era la Santa Cruz de Cristo. Santa Elena hizo levantar allí una iglesia y procuró que la preciosa reliquia fuese conservada con la mayor veneración.

Poco después, el emperador Constantino mandó construir en Jerusalén grandes basílicas sobre los lugares santos. El complejo comprendía la basílica del Martyrium y la iglesia del Santo Sepulcro, edificada sobre el Calvario y el sepulcro del Señor. La dedicación de estos templos tuvo lugar en septiembre del año 335 y estuvo acompañada de solemnes celebraciones litúrgicas.

Con el paso del tiempo, la memoria de la Santa Cruz quedó estrechamente vinculada a estas celebraciones de Jerusalén. La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se extendió por Oriente y posteriormente por toda la Iglesia, convirtiéndose en una de las grandes solemnidades dedicadas al misterio de la Cruz de Cristo.

En el año 614, Jerusalén fue conquistada por el rey persa Cosroes II y la Santa Cruz fue llevada como trofeo a Persia. Años después, el emperador Heraclio emprendió la recuperación de la ciudad y de la venerada reliquia. Según la tradición, la Cruz fue restituida solemnemente a Jerusalén en el año 630.

La tradición cuenta que el emperador Heraclio quiso llevar personalmente la Cruz hasta el Calvario vestido con sus ornamentos imperiales, pero encontró una resistencia inexplicable. El patriarca Zacarías le hizo comprender que Cristo había llevado la Cruz en humildad y pobreza. Entonces el emperador se despojó de sus vestiduras reales, tomó la Cruz con humildad y pudo continuar su camino. Esta antigua tradición expresa una profunda verdad espiritual: la Cruz de Cristo no se lleva con orgullo mundano, sino con humildad, obediencia y amor.

Pero la fiesta no es solamente el recuerdo de una reliquia ni de acontecimientos de la historia de Jerusalén. La Iglesia exalta la Santa Cruz porque en ella contempla al mismo Jesucristo, que «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Flp 2, 8).

San Pablo enseña que «la palabra de la Cruz es una necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la Cruz se manifiesta la sabiduría divina: Cristo vence entregándose, reina desde el madero y transforma el instrumento de muerte en árbol de vida.

Por eso la Cruz ocupa un lugar central en la vida cristiana. La encontramos en nuestros templos, sobre nuestros altares, en nuestros hogares y en nuestras manos. Con ella comenzamos y terminamos nuestras oraciones; con ella somos bendecidos y con ella somos marcados desde el Santo Bautismo. No es un simple adorno religioso: es el signo de Aquel que nos amó hasta el extremo.

Nuestro Señor mismo nos enseña: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24). Venerar la Santa Cruz significa también aceptar la cruz de cada día: combatir el pecado, perseverar en las pruebas, cumplir con fidelidad nuestros deberes, perdonar, sacrificarnos por amor y permanecer unidos a Cristo aun en medio del sufrimiento.

La Cruz tampoco puede separarse de la Resurrección. Aquel que murió en ella resucitó gloriosamente, y por eso el madero de la muerte se convirtió en estandarte de la victoria. La Iglesia puede contemplarla con amor y proclamar: «Salve, oh Cruz, única esperanza».

La Santa Cruz nos recuerda que el sufrimiento unido a Cristo no es estéril y que ninguna prueba vivida con fe queda fuera de los designios de Dios. En ella encontramos consuelo para nuestras tribulaciones, fortaleza para nuestras luchas y esperanza para nuestra peregrinación hacia la vida eterna.

Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo que, al contemplar su Santa Cruz, renovemos nuestra fe, rechacemos el pecado y aprendamos a seguirlo con fidelidad. Que la Cruz sea nuestro estandarte en la lucha, nuestra fortaleza en la prueba, nuestra gloria en la vida y nuestra esperanza en la hora de la muerte.

Oración

Oh glorioso Jesucristo, Salvador del mundo, que quisiste redimirnos por medio de tu Santa Cruz, concédenos venerarla siempre con profunda fe, amor y reverencia.

Haz que al contemplar tu Cruz reconozcamos la grandeza de tu sacrificio y la inmensidad de tu misericordia. Líbranos del pecado y enséñanos a corresponder a tu amor con una vida santa y fiel.

Danos fortaleza para llevar nuestra cruz cotidiana, paciencia en las pruebas, humildad en las dificultades y perseverancia hasta el final.

Haz que nunca nos avergoncemos de tu Santa Cruz, sino que la llevemos con dignidad, la veneremos con amor y confesemos ante el mundo que en ella está nuestra salvación.

Oh Santa Cruz de Jesucristo, árbol glorioso de nuestra Redención, sé nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la tribulación y nuestra esperanza en la hora de nuestra muerte.

Concédenos, por los méritos de tu Pasión, morir al pecado y resucitar contigo a la vida eterna.

Amén.







SAN JUAN CRISÓSTOMO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA.Modelo de predicación, celo apostólico, fortaleza, sabiduría, peniten...
13/09/2026

SAN JUAN CRISÓSTOMO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA.
Modelo de predicación, celo apostólico, fortaleza, sabiduría, penitencia y amor a la verdad. Doctor de la Iglesia y patrono de los predicadores y oradores sagrados.
Siglo IV–V.
13 de septiembre.

San Juan Crisóstomo es venerado por la Iglesia como uno de los más grandes pastores y predicadores de la antigüedad cristiana. Su sobrenombre, «Crisóstomo», que significa «Boca de Oro», expresa la extraordinaria elocuencia con la que anunció el Santo Evangelio y enseñó a los fieles a vivir conforme a la fe.

Nació en Antioquía hacia el año 349. Recibió una sólida formación humana y cristiana y, después de ejercer por algún tiempo como abogado, decidió abandonar las ambiciones del mundo para entregarse completamente a Dios. Vivió como asceta y posteriormente como sacerdote, dedicándose con gran celo a la predicación y a la formación espiritual del pueblo cristiano.

Como sacerdote en Antioquía, alcanzó una fama extraordinaria por sus homilías. Con lenguaje claro y profundo explicaba las Sagradas Escrituras, denunciaba los vicios y animaba a los cristianos a practicar la caridad, la justicia, la oración y la conversión. No buscaba agradar a sus oyentes, sino conducirlos a una vida verdaderamente cristiana.

Su predicación estaba profundamente arraigada en la Palabra de Dios. Comentó numerosos libros de la Sagrada Escritura y dejó una abundante obra que continúa siendo fuente de enseñanza espiritual y teológica. Su amor por la verdad lo llevó a hablar con valentía incluso cuando sus palabras podían provocar oposición entre los poderosos.

En el año 398 fue elegido Patriarca de Constantinopla. Desde aquella importante sede episcopal emprendió una profunda reforma de la vida eclesiástica. Procuró que el clero viviera con dignidad y espíritu de servicio, combatió los abusos y dedicó especial atención a los pobres, enfermos y necesitados.

San Juan Crisóstomo comprendía que un pastor no podía permanecer indiferente ante las injusticias. Su voz se levantó contra la corrupción, el lujo excesivo y la falta de caridad, recordando a los ricos que los bienes de este mundo no les pertenecen de manera absoluta, sino que deben ser administrados también en beneficio de quienes padecen necesidad.

Su franqueza le ganó numerosos enemigos. Particularmente difícil fue su relación con la corte imperial y con quienes se sintieron denunciados por sus enseñanzas. Finalmente fue depuesto y enviado al destierro, donde padeció incomodidades, enfermedades y abandono.

Sin embargo, ni la persecución ni el sufrimiento consiguieron quebrantar su espíritu. Desde el exilio continuó escribiendo y alentando a sus fieles. Sus últimas palabras, según la tradición, fueron: «Gloria a Dios por todo», expresión admirable de confianza en la Providencia divina incluso en medio de la tribulación.

Murió en Comana del Ponto el año 407, mientras se encontraba camino de un nuevo lugar de destierro. Su cuerpo fue posteriormente trasladado a Constantinopla y, siglos después, sus reliquias llegaron a Roma. La Iglesia lo reconoce como Doctor de la Iglesia, junto con otros grandes maestros de la tradición cristiana.

San Juan Crisóstomo nos enseña que la predicación cristiana no consiste simplemente en pronunciar palabras hermosas. El verdadero predicador debe anunciar la verdad, llamar a la conversión, defender la fe y conducir las almas hacia Jesucristo. Su vida muestra que quien anuncia el Evangelio debe estar dispuesto también a sufrir por aquello que proclama.

Su ejemplo permanece especialmente vivo para sacerdotes, predicadores y ministros de la Iglesia. Nos recuerda que la palabra cristiana debe nacer de la oración, estar fundada en la Sagrada Escritura y acompañarse siempre de una vida coherente con aquello que se anuncia.

Pidamos a San Juan Crisóstomo que interceda por nosotros, para que sepamos escuchar con humildad la Palabra de Dios, vivirla con fidelidad y anunciar a Jesucristo con valentía, sabiduría y caridad.

Oración

Oh glorioso San Juan Crisóstomo, obispo y Doctor de la Iglesia, tú que recibiste de Dios el don de anunciar con sabiduría y valentía el Santo Evangelio, ayúdanos a amar profundamente la verdad y a vivir conforme a ella.

Alcánzanos un corazón dispuesto a la conversión, amante de la oración y de la Sagrada Escritura, para que nuestras palabras y nuestras obras den siempre testimonio de Jesucristo.

Tú que defendiste a los pobres y necesitados y levantaste tu voz contra la injusticia, enséñanos a practicar la caridad con generosidad y a no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.

Intercede especialmente por los obispos, sacerdotes, predicadores y ministros de la Iglesia, para que anuncien el Evangelio con fidelidad, prudencia y fortaleza, sin buscar agradar a los hombres antes que a Dios.

San Juan Crisóstomo, Boca de Oro y fiel pastor de las almas, ruega por nosotros, para que, perseverando en la fe y en la caridad, podamos decir también en toda circunstancia: «Gloria a Dios por todo».

Amén.









XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO13 de septiembre. Verde.LH Semana IV del Salterio.ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sir 36, 18Co...
13/09/2026

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
13 de septiembre. Verde.
LH Semana IV del Salterio.

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sir 36, 18

Concede, Señor, la paz a los que esperan en ti, y cumple así las palabras de tus profetas; escucha las plegarias de tu siervo, y de tu pueblo Israel.
Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo...

PRIMERA LECTURA

[Perdona la ofensa a tu prójimo para obtener tú el perdón.]
Del libro del Eclesiástico (Sirácide) 27, 33-28, 9
Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? Cuando el hombre que guarda rencor pide a Dios el perdón de sus pecados, ¿hallará quien interceda por él?
Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos.
Ten presentes los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL del salmo 102

R. El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice al Señor, alma mía; que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios. R. El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura. R. El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados. R. Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia; como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama. R.

SEGUNDA LECTURA

[En la vida y en la muerte somos del Señor.]
De la carta del apóstol san Pablo a los romanos 14, 7-9
Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos mu**to, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y mu**tos. Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 13, 34

R. Aleluya, aleluya. Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. R. Aleluya.

EVANGELIO

[Yo te digo que perdones no sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete.]
Del santo Evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete». Entonces Jesús les dijo: «El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‹Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo›. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‹Págame lo que me debes›. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‹Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo›. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‹Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?› Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Palabra del Señor.
Se dice Credo.

ORACIÓN DE LOS FIELES:

Imploremos la misericordia de Dios y pidámosle que escuche las oraciones de los que hemos puesto en Él nuestra confianza.

1. Para que los obispos, los presbíteros y los diáconos puedan llevar una vida santa –tal como corresponde a su ministerio– y logren por ello un día el premio abundante de su trabajo, roguemos al Señor.

2. Para que los que gobiernan las naciones y tienen bajo su poder el destino de los pueblos crezcan en el don de la prudencia y en el espíritu de justicia, roguemos al Señor.

3. Para que los enfermos e impedidos tengan la fortaleza necesaria a fin de que no se desanimen ante las dificultades y vivan en la esperanza de los bienes eternos, roguemos al Señor.

4. Para que a nosotros y a nuestros familiares, amigos y bienhechores Dios nuestro Padre nos conserve los bienes que con tanta generosidad nos ha concedido, roguemos al Señor.

Señor Dios, compasivo y misericordioso, que siempre perdonas a los que perdonan, escucha nuestras oraciones y crea en nosotros un corazón nuevo –reflejo del de Cristo– que olvide las ofensas y que recuerde a los demás hasta qué punto tú nos amas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Sé propicio, Señor, a nuestras plegarias y acepta benignamente estas ofrendas de tus siervos, para que aquello que cada uno ofrece en honor de tu nombre aproveche a todos para su salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. 1 Cor 10, 16

El cáliz de bendición, por el que damos gracias, es la unión de todos en la Sangre de Cristo; y el pan que partimos es la participación de todos en el Cuerpo de Cristo.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que el efecto de este don celestial, Señor, transforme nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, y no nuestro sentir, lo que siempre inspire nuestras acciones. Por Jesucristo, nuestro Señor.

EL SANTÍSIMO NOMBRE DE LA VIRGEN MARÍAMadre de Dios, Nombre dulcísimo, refugio de los pecadores, consuelo de los afligid...
12/09/2026

EL SANTÍSIMO NOMBRE DE LA VIRGEN MARÍA

Madre de Dios, Nombre dulcísimo, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos y esperanza de los cristianos.
12 de septiembre · Blanco / azul

La Iglesia celebra con amor y profunda veneración el Santísimo Nombre de la Virgen María, porque su nombre está inseparablemente unido a la dignidad de aquella que fue elegida por Dios para ser la Madre de su Divino Hijo. Pronunciar el nombre de María es recordar a la criatura llena de gracia, escogida desde toda la eternidad y asociada de manera singular al misterio de nuestra salvación.

El nombre de la Virgen María no es para la Iglesia un nombre cualquiera. Está unido al misterio de la Encarnación del Verbo y a todos los acontecimientos de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Aquel nombre fue pronunciado por el ángel Gabriel cuando anunció a la Virgen el cumplimiento de las promesas divinas: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Desde aquel momento, el nombre de María quedó para siempre asociado al misterio de Cristo y a la obra de nuestra redención.

La Sagrada Escritura nos muestra repetidamente la presencia de la Virgen María junto a Jesucristo. Ella aparece en la Anunciación, en la Visitación, en Belén, en la Presentación del Niño Jesús en el templo, en las bodas de Caná y, finalmente, al pie de la Cruz. Su nombre acompaña, por tanto, los momentos decisivos de la vida terrena del Salvador. Donde está Cristo, allí encontramos también a su Madre, unida a Él por un vínculo único e incomparable.

La Iglesia ha venerado desde los primeros siglos el nombre de la Virgen María con especial amor. Los Santos Padres, los teólogos y los santos han contemplado en él un nombre lleno de dulzura, belleza y esperanza. La devoción cristiana ha aprendido a invocarlo con confianza, especialmente en las dificultades, en las tentaciones y en los momentos de peligro, reconociendo en la Virgen María a una Madre solícita que intercede constantemente por sus hijos ante el trono de Dios.

El nombre de María es también un nombre de refugio. Cuando el alma se encuentra angustiada, puede acudir a la Virgen María con confianza filial. Cuando el pecado amenaza con apartarnos de Dios, podemos invocar su nombre y pedir su poderosa intercesión. Cuando llega la enfermedad, la tristeza o la prueba, el cristiano puede levantar los ojos hacia aquella que permaneció firme junto a la Cruz de su Hijo y confiarse maternalmente a su protección.

San Bernardo enseñaba que el nombre de María es semejante a una estrella que ilumina el camino del cristiano en medio de las dificultades. No porque la Virgen María sea la fuente de la gracia, pues toda gracia procede de Dios por Jesucristo, sino porque Dios quiso concederle una misión singular en la distribución de sus dones y hacer de Ella una poderosa intercesora y Madre espiritual de los hombres.

Por eso, el nombre de la Virgen María es también un nombre que conduce necesariamente a Jesucristo. La verdadera devoción mariana nunca se detiene en la criatura, sino que por medio de Ella conduce al Creador. María siempre señala a su Hijo, como lo hizo en Caná cuando dijo a los servidores: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Quien pronuncia con fe el nombre de María debe aprender también a buscar a Cristo, amarlo, obedecerlo y permanecer unido a Él.

El Santísimo Nombre de la Virgen María es, además, un nombre de pureza y santidad. En Ella contemplamos la obra perfecta de la gracia divina y el ejemplo de una criatura que perteneció enteramente a Dios. Su nombre nos recuerda que la vida cristiana no consiste solamente en evitar el pecado, sino en vivir para Dios con un corazón limpio, humilde, obediente y generoso.

La Virgen María misma proclamó en el Magníficat: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). La Iglesia, al invocar hoy su Santísimo Nombre, cumple esta profecía. Generación tras generación, los cristianos han aprendido a saludarla con amor, a pedir su intercesión y a reconocer en Ella a la Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre nuestra.

¡Qué consuelo para el cristiano saber que tiene una Madre en el cielo! Una Madre cuyo nombre puede pronunciarse en la oración; una Madre que conoce nuestras necesidades; una Madre que permanece junto a sus hijos; una Madre que nos conduce siempre hacia Jesucristo. Por eso, en las alegrías y en las tristezas, en la salud y en la enfermedad, en la vida y especialmente en la hora de nuestra muerte, invoquemos con confianza el Santísimo Nombre de la Virgen María.

Que su nombre sea para nosotros refugio en la tentación, consuelo en la tristeza, fortaleza en la prueba y esperanza en el camino hacia la eternidad. Que nuestros labios aprendan a pronunciarlo con respeto y amor, y que nuestro corazón permanezca siempre unido a aquella que, después de haber sido la humilde esclava del Señor, fue exaltada por Dios como Reina del cielo y de la tierra.

ORACIÓN

Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, hoy veneramos con amor tu Santísimo Nombre y damos gracias al Señor por haberte escogido desde toda la eternidad para ser la Madre de su Divino Hijo.

Oh Virgen María, nombre dulcísimo y lleno de esperanza, acude en nuestra ayuda cuando nos encontremos en la prueba, sostennos cuando seamos tentados, consuélanos cuando estemos afligidos y alcánzanos de Dios la gracia de permanecer siempre fieles.

Enséñanos a pronunciar tu nombre con amor y confianza, sabiendo que eres nuestra Madre y poderosa intercesora ante Jesucristo, tu Hijo.

Oh Santísima Virgen María, refugio de los pecadores, no permitas que nos alejemos de Dios por el pecado. Alcánzanos un corazón verdaderamente arrepentido, limpio y humilde, para que podamos volver siempre al camino de la gracia.

Tú que permaneciste junto a Jesucristo al pie de la Cruz, permanece también junto a nosotros en nuestras tribulaciones. Sé nuestro consuelo en la enfermedad, nuestra fortaleza en las dificultades y nuestra esperanza cuando parezca que las fuerzas nos abandonan.

Oh Virgen María, Madre de la Iglesia, protege al Santo Pueblo de Dios, ampara a los sacerdotes, fortalece a las familias, consuela a los que sufren y conduce a los pecadores hacia la conversión y la amistad con Dios.

Que tu Santísimo Nombre sea para nosotros una estrella que nos guíe hacia Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestro único Salvador y nuestra esperanza eterna.

Oh Santísima Virgen María, en la hora de nuestra muerte recibe nuestras almas bajo tu maternal protección. Ruega por nosotros ante Jesucristo y alcánzanos la gracia de morir en su amistad, para contemplar contigo eternamente la gloria de Dios.

Oh Santísimo Nombre de la Virgen María, nombre bendito entre todos los nombres de las criaturas, sé para nosotros refugio, consuelo y esperanza. Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

SAN PAFNUCIO, OBISPO Y CONFESORModelo de penitencia, oración, fortaleza, fidelidad a Cristo, defensa de la fe y prudenci...
11/09/2026

SAN PAFNUCIO, OBISPO Y CONFESOR
Modelo de penitencia, oración, fortaleza, fidelidad a Cristo, defensa de la fe y prudencia cristiana. Patrono de los mineros y, según la devoción popular, invocado para encontrar objetos perdidos.
Siglo IV.
11 de septiembre. Blanco.

San Pafnucio es venerado por la Iglesia como un admirable obispo, monje y confesor de la fe, modelo de penitencia, oración, fortaleza y fidelidad a Jesucristo. Su existencia estuvo marcada por la vida ascética, el sufrimiento por la fe y el deseo constante de permanecer unido a Dios en medio de las pruebas.

Pafnucio nació en Egipto hacia el siglo III y desde joven abrazó la vida de oración y penitencia. Fue discípulo de San Antonio Abad y uno de aquellos hombres que buscaron en la soledad del desierto una entrega más perfecta a Dios. Allí llevó una vida austera, desprendida de los bienes del mundo y enteramente orientada hacia la oración.

Como anacoreta, vivió con gran pobreza y sacrificio. Su alimento era sencillo y dedicaba largas horas a la oración y a la contemplación. A pesar de encontrarse retirado del mundo, muchas personas acudían a él para recibir consejo, consuelo y orientación espiritual, reconociendo en aquel hombre del desierto una sabiduría nacida de la unión con Dios.

La Providencia, sin embargo, quiso conducirlo por otro camino. Pafnucio fue llamado a abandonar la soledad para recibir el ministerio episcopal. Aceptó esta misión con humildad, comprendiendo que la verdadera santidad no consiste solamente en retirarse del mundo, sino también en servir a la Iglesia y a las almas cuando Dios llama a hacerlo.

Durante las persecuciones contra los cristianos, Pafnucio sufrió cruelmente por causa de su fidelidad a Jesucristo. Fue torturado, le arrancaron el ojo derecho, le causaron graves heridas en una de sus piernas y finalmente fue condenado a trabajar en las minas. Su cuerpo quedó marcado para siempre por el sufrimiento padecido por amor a Cristo.

Lejos de renunciar a su fe, permaneció firme en la confesión del Evangelio. Aquellas heridas, que humanamente podían parecer signos de derrota, se convirtieron en testimonios de su victoria espiritual. Pafnucio comprendió que ningún sufrimiento padecido por Jesucristo es inútil cuando se ofrece con fe y esperanza.

Después de recuperar la libertad, continuó sirviendo a la Iglesia y defendiendo con valentía la verdadera fe cristiana. En tiempos en que el arrianismo amenazaba con oscurecer la doctrina sobre la divinidad de Jesucristo, permaneció firme en la confesión de Cristo verdadero Dios y verdadero hombre.

La tradición antigua lo relaciona con el Concilio de Nicea, donde la Iglesia defendió solemnemente la divinidad de Jesucristo frente a la herejía de Arrio. San Pafnucio quedó así como uno de aquellos pastores que, habiendo sufrido por Cristo, supieron también custodiar con firmeza la fe recibida de los Apóstoles.

Pero su vida no estuvo marcada únicamente por la severidad de la penitencia. San Pafnucio manifestó también prudencia y caridad pastoral. Su experiencia del sufrimiento y de la dureza del desierto no endureció su corazón, sino que lo hizo comprender con mayor profundidad la fragilidad humana y la necesidad de actuar siempre con verdad, caridad y misericordia.

La tradición lo presenta como un hombre de profunda humanidad, capaz de unir la fidelidad a la verdad con la prudencia y la comprensión. En él encontramos una enseñanza especialmente necesaria: la verdadera fortaleza cristiana no consiste en la dureza del corazón, sino en permanecer firmes en la fe sin dejar de amar y comprender al prójimo.

San Pafnucio es venerado como patrono de los mineros, debido a que él mismo fue condenado a trabajar en las minas durante la persecución. Por esta razón, quienes realizan trabajos peligrosos bajo tierra pueden encomendarse a su intercesión, recordando que él conoció personalmente el sufrimiento, el peligro y las duras condiciones de aquel trabajo.

Asimismo, existe una antigua devoción popular que invoca a San Pafnucio para encontrar objetos perdidos. Aunque este patrocinio pertenece principalmente a la piedad popular y no constituye su patronazgo litúrgico principal, numerosos fieles recurren a su intercesión cuando han extraviado alguna cosa, confiando en Dios por medio de la comunión de los santos.

Así, San Pafnucio nos enseña que incluso aquello que parece perdido puede ser ocasión para volver el corazón hacia Dios. Más importante que recuperar un objeto perdido es no perder jamás la fe, la esperanza y la caridad, ni permitir que las pruebas de la vida nos aparten de Jesucristo.

Pidamos a San Pafnucio que interceda por nosotros, para que sepamos permanecer firmes en la fe en medio de las dificultades, aceptar con paciencia los sufrimientos de cada día y vivir siempre unidos a Jesucristo, buscando antes que nada los bienes eternos.

Oración

Oh glorioso San Pafnucio, obispo y confesor de Jesucristo, tú que abrazaste la penitencia, la oración y el sacrificio, enséñanos a buscar siempre a Dios con un corazón sincero.

Alcánzanos la gracia de permanecer firmes en la fe cuando lleguen las pruebas, las dificultades y los sufrimientos, para que nunca abandonemos a Jesucristo ni renunciemos a la verdad del Santo Evangelio.

Tú que sufriste persecución por causa de la fe y conociste las duras labores de las minas, protege a los mineros y a todos aquellos que realizan trabajos peligrosos, para que Dios los conserve de todo mal y los conduzca sanos y salvos a sus hogares.

Intercede también por quienes han perdido algún objeto, para que, si es voluntad de Dios, puedan encontrarlo; pero sobre todo ayúdanos a no perder jamás la fe, la esperanza y la caridad.

Ruega por los obispos, sacerdotes, religiosos y ministros de la Iglesia, para que sepan custodiar con fidelidad la fe recibida de los Apóstoles y anunciar a Jesucristo con valentía, prudencia y caridad.

San Pafnucio, testigo fiel de Cristo y modelo de penitencia y fortaleza, ruega por nosotros, para que, perseverando en la oración, el sacrificio y la fidelidad al Evangelio, alcancemos un día la corona de la vida eterna.

Amén.










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