14/09/2026
EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.
Signo de nuestra Redención, trono de Cristo, estandarte de la victoria y esperanza de la humanidad redimida.
14 de septiembre · Rojo.
La Iglesia celebra con profunda veneración la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, porque en ella contempla el sagrado instrumento por el cual Nuestro Señor Jesucristo ofreció al Padre el sacrificio de nuestra Redención. La Cruz, que fue instrumento de suplicio y muerte, se convirtió por Cristo en signo de victoria, gloria y salvación.
La veneración de la Santa Cruz ocupa un lugar antiquísimo en la vida de la Iglesia. Después de las persecuciones de los primeros siglos, el emperador Constantino concedió libertad al culto cristiano y mandó edificar templos en los lugares relacionados con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Según la antigua tradición cristiana, Santa Elena, madre del emperador Constantino, peregrinó a Jerusalén hacia el año 326. Movida por una profunda devoción, se interesó por encontrar los lugares santos relacionados con la Pasión de Jesucristo. En las excavaciones realizadas en el área del Calvario fue hallada una cruz de madera que la tradición identificó como aquella en la que había mu**to el Salvador.
La tradición refiere que fueron encontradas tres cruces y que, mediante un signo milagroso, pudo reconocerse cuál de ellas era la Santa Cruz de Cristo. Santa Elena hizo levantar allí una iglesia y procuró que la preciosa reliquia fuese conservada con la mayor veneración.
Poco después, el emperador Constantino mandó construir en Jerusalén grandes basílicas sobre los lugares santos. El complejo comprendía la basílica del Martyrium y la iglesia del Santo Sepulcro, edificada sobre el Calvario y el sepulcro del Señor. La dedicación de estos templos tuvo lugar en septiembre del año 335 y estuvo acompañada de solemnes celebraciones litúrgicas.
Con el paso del tiempo, la memoria de la Santa Cruz quedó estrechamente vinculada a estas celebraciones de Jerusalén. La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se extendió por Oriente y posteriormente por toda la Iglesia, convirtiéndose en una de las grandes solemnidades dedicadas al misterio de la Cruz de Cristo.
En el año 614, Jerusalén fue conquistada por el rey persa Cosroes II y la Santa Cruz fue llevada como trofeo a Persia. Años después, el emperador Heraclio emprendió la recuperación de la ciudad y de la venerada reliquia. Según la tradición, la Cruz fue restituida solemnemente a Jerusalén en el año 630.
La tradición cuenta que el emperador Heraclio quiso llevar personalmente la Cruz hasta el Calvario vestido con sus ornamentos imperiales, pero encontró una resistencia inexplicable. El patriarca Zacarías le hizo comprender que Cristo había llevado la Cruz en humildad y pobreza. Entonces el emperador se despojó de sus vestiduras reales, tomó la Cruz con humildad y pudo continuar su camino. Esta antigua tradición expresa una profunda verdad espiritual: la Cruz de Cristo no se lleva con orgullo mundano, sino con humildad, obediencia y amor.
Pero la fiesta no es solamente el recuerdo de una reliquia ni de acontecimientos de la historia de Jerusalén. La Iglesia exalta la Santa Cruz porque en ella contempla al mismo Jesucristo, que «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Flp 2, 8).
San Pablo enseña que «la palabra de la Cruz es una necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la Cruz se manifiesta la sabiduría divina: Cristo vence entregándose, reina desde el madero y transforma el instrumento de muerte en árbol de vida.
Por eso la Cruz ocupa un lugar central en la vida cristiana. La encontramos en nuestros templos, sobre nuestros altares, en nuestros hogares y en nuestras manos. Con ella comenzamos y terminamos nuestras oraciones; con ella somos bendecidos y con ella somos marcados desde el Santo Bautismo. No es un simple adorno religioso: es el signo de Aquel que nos amó hasta el extremo.
Nuestro Señor mismo nos enseña: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24). Venerar la Santa Cruz significa también aceptar la cruz de cada día: combatir el pecado, perseverar en las pruebas, cumplir con fidelidad nuestros deberes, perdonar, sacrificarnos por amor y permanecer unidos a Cristo aun en medio del sufrimiento.
La Cruz tampoco puede separarse de la Resurrección. Aquel que murió en ella resucitó gloriosamente, y por eso el madero de la muerte se convirtió en estandarte de la victoria. La Iglesia puede contemplarla con amor y proclamar: «Salve, oh Cruz, única esperanza».
La Santa Cruz nos recuerda que el sufrimiento unido a Cristo no es estéril y que ninguna prueba vivida con fe queda fuera de los designios de Dios. En ella encontramos consuelo para nuestras tribulaciones, fortaleza para nuestras luchas y esperanza para nuestra peregrinación hacia la vida eterna.
Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo que, al contemplar su Santa Cruz, renovemos nuestra fe, rechacemos el pecado y aprendamos a seguirlo con fidelidad. Que la Cruz sea nuestro estandarte en la lucha, nuestra fortaleza en la prueba, nuestra gloria en la vida y nuestra esperanza en la hora de la muerte.
Oración
Oh glorioso Jesucristo, Salvador del mundo, que quisiste redimirnos por medio de tu Santa Cruz, concédenos venerarla siempre con profunda fe, amor y reverencia.
Haz que al contemplar tu Cruz reconozcamos la grandeza de tu sacrificio y la inmensidad de tu misericordia. Líbranos del pecado y enséñanos a corresponder a tu amor con una vida santa y fiel.
Danos fortaleza para llevar nuestra cruz cotidiana, paciencia en las pruebas, humildad en las dificultades y perseverancia hasta el final.
Haz que nunca nos avergoncemos de tu Santa Cruz, sino que la llevemos con dignidad, la veneremos con amor y confesemos ante el mundo que en ella está nuestra salvación.
Oh Santa Cruz de Jesucristo, árbol glorioso de nuestra Redención, sé nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la tribulación y nuestra esperanza en la hora de nuestra muerte.
Concédenos, por los méritos de tu Pasión, morir al pecado y resucitar contigo a la vida eterna.
Amén.