29/03/2026
Consumado es / Parte 3
EL MESÍAS PROMETIDO
El cristianismo no es simplemente un conjunto de creencias abstractas, ni un código moral, ni una experiencia emocional. El cristianismo es, ante todo, el reconocimiento de que Jesucristo es el Mesías, el Ungido de Dios, el Rey que ha venido a establecer el Reino de los cielos en medio de un mundo en rebeldía.
Pero hay una gran diferencia entre los ungidos del Antiguo Testamento y el Ungido por excelencia. Aquellos reyes, por buenos que pudieran ser en algunos momentos, fueron siempre imperfectos, temporales, y con frecuencia egoístas y opresores. Pero Jesús, el Mesías, es el Rey perfecto, que cumplió perfectamente la ley de Dios y se mantuvo fiel hasta la muerte. Es el Rey permanente, que venció a la muerte y reina para siempre, sin que nadie pueda destronarlo. Es el Rey pastoral, que no vino a ser servido sino a servir, y que dio su vida por sus ovejas.
Esta es la buena noticia del evangelio: el Rey ha venido. El Ungido prometido desde los días de Abraham, anunciado por los profetas, esperado por generaciones, ha aparecido en la persona de Jesucristo. Y su reino está abierto a todos los que se rinden a Él con fe y obediencia. Pero debemos ser claros, porque hay una verdad incómoda que no podemos evadir.
El evangelio de salvación es una oferta para los que se rinden en sometimiento a Cristo como Rey. Fuera de esta dinámica de obediencia y sumisión a Jesucristo, no es posible pretender que se tiene redención ni mucho menos una genuina religión cristiana. No podemos llamar a Jesús "Señor" si no estamos dispuestos a hacer lo que Él dice. No podemos proclamar que Él es el Mesías si no estamos dispuestos a someternos a su gobierno sobre todas las áreas de nuestra vida.
En nuestro tiempo, muchos han querido abrazar a Cristo como Salvador pero no como Señor. Quieren los beneficios de su redención sin las demandas de su señorío. Quieren la salvación que Él ofrece sin la sumisión que Él requiere. Pero esto es imposible, hermano. No se puede dividir a Cristo. Él es el Ungido, el Mesías, el Rey. Y aceptarlo como Rey es la condición para recibirlo como Salvador.
Si Jesús es el Mesías, entonces Él debe ser el centro de nuestra vida. Su voluntad ha de ser nuestra ley. Su reino será nuestra prioridad. Su gloria se convierte en nuestro propósito. No podemos vivir como si fuéramos nuestros propios dueños. Hemos sido comprados por precio, y ese precio es la sangre del Mesías.
Esto no significa que vivamos en una esclavitud temerosa, sino en una libertad gozosa. Porque este Rey, a diferencia de todos los demás, nos ama. Este Rey, a diferencia de los tiranos de este mundo, dio su vida por nosotros. Servirle no es una carga, sino un privilegio.
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