25/05/2026
DOMINGO DE PENTECOSTES
El gran don del Resucitado a sus apóstoles y a toda la Iglesia es el Espíritu Santo.
Según el evangelista Juan, fue lo que el vencedor de la muerte transmitió a los discípulos la misma noche de la resurrección: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22). A través de las puertas cerradas, Jesús glorificado entra en el claustro donde se encontraban los discípulos y los saluda diciendo: «La paz esté con ustedes» (Jn 20, 19). Mientras aquellos morían de miedo por ver de lo que eran capaces de hacer los jefes de los judíos, por predicar la doctrina del crucificado; el Señor resucitado rompe toda oposición a su plan salvífico. Traspasa la muerte, el miedo y en el evangelio de hoy, las puertas cerradas. Esto, para que nos quede claro que Dios no conoce límites, ni imposibles, que, ciertamente, la salvación le costó la vida, pero como bien lo afirmó: «tengo poder para darla y poder para recuperarla» (Jn 10, 18). Así pues, el que no pudo ser contenido en las garras de la muerte, ahora puede penetrar todo con su Espíritu de amor.
Al traspasar las puertas cerradas, anuncia que él es: poder, vida y salvación, capaz de cruzar cualquier muro humano o situación de desesperanza. Por ello Jesús va a consolar a los que, aturdidos por el miedo y el dolor, parecen vencidos; para infundir en ellos: paz. Y con la paz, su soplo divino que es el Espíritu Santo, porque él es el viento de vida que transforma a la comunidad. De hecho, Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, describe el suceso de la efusión del Espíritu de Dios y fortalece esta
idea, diciendo: «el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De pronto vino un gran ruido del cielo, como cuando sopla un viento fuerte… se posaron lenguas de fuego sobre ellos y comenzaron a hablar otros idiomas…» (Hch 2, 1-3). En ese momento, los que aun andaban todavía confundidos y con grandes interrogantes, cambian de actitud. Son transformados en su ser.
San Efrén de Nisibis, para explicar mejor este misterio, decía: “Ellos (los apóstoles) estuvieron a la espera del Espíritu. Estaban ahí, dispuestos como antorchas, a la espera de ser encendidas por el Espíritu Santo... Estaban ahí, como los cultivadores llevando su semilla en el manto, esperando el momento en que recibirán la orden de sembrar. Estaban ahí, como marineros cuya barca está amarrada en el puerto al mando
del Hijo y que esperan tener el dulce viento del Espíritu. Estaban ahí, como pastores que acaban de recibir su cayado de las manos del Gran Pastor y esperan que les sean repartidos los rebaños...” . Miremos pues, cuán necesaria y maravillosa es la llegada del Espíritu de Dios que, transforma todo lo que toca, perfecciona a quien lo acoge y anima a los que aceptan sus consuelos.
Por eso, Jesús resucitado quiere que sus discípulos conozcan y reciban este don celestial, para que, confortados, animados y asistidos por su presencia vivificante, anuncien al mundo su victoria pascual. Pero ¿cuántas veces cerramos el corazón, los ojos y los oídos a este don? Buscamos y defendemos tanto nuestra privacidad que, atrancamos las puertas del alma de manera que no queremos que nos moleste nadie, ni Dios; e ignoramos que el que puede darnos la paz es él mismo. Pues bien, si queremos la paz para nosotros y para el mundo entero, urge entonces: “abrir las puertas del
corazón”, tal y como insistía san Juan Pablo II, para que el viento renovador de Dios que es el Espíritu Santo convierta en luz lo que es tiniebla; haga vida lo que parece mu**to; fortalezca lo que está débil y nos haga verdaderos predicadores del evangelio, cuyo testimonio se selle con el ungüento delicado de la caridad.
Finalmente, en este domingo de Pentecostés, día de fortaleza y luz radiante dejemos que el don del Resucitado traspase nuestro cuerpo, mente y corazón para ser alentados a caminar como una nueva comunidad en la que el amor sea el principal eje y que los dones que derrama sobre nosotros contribuyan a la construcción de su reino aquí en esta tierra. Permitámosle al Santo Soplo del Señor inundarnos de su paz y que su compañía constante afiance nuestros pasos por el camino de la verdad, para que
alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Señor lleguemos a la vida eterna. Amén.
“Deus caritas est”