06/07/2026
XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
En este domingo encontramos la invitación de Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11, 28).
Cuando Jesús dice estas palabras, lo hace pensando en las personas que encuentra todos los días al paso del camino y, que verdaderamente, la pasaban muy mal: miserables, enfermos, pecadores y demás personas con tantas dificultades; toda una multitud marginada por el extravío y hambrienta de Dios. Esa gente lo seguía para escuchar su palabra. Palabra que, por cierto, era clara y que dirigía con suma caridad, infundiendo en sus oyentes, esperanza y razones suficientes para encontrarle sentido a la vida. Entre tanto, Mateo recoge los sentimientos compasivos del Señor, los cuales, le hacen llamar a todos a su lado, diciéndoles: «Vengan a mí los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11, 28). Así, la invitación es a ir, a moverse hacia él,
no es a quedarse donde están y como están, sino a ir a él.
Jesús promete que dará a todos descanso, pero pone una condición: «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11, 29). ¿Y en qué consiste ese yugo que, en lugar de pesar, aligera y en lugar de oprimir, alivia? Decía el Papa Benedicto XVI: “El yugo de Cristo es la ley del amor”. La única medicina para las heridas de la humanidad, sean físicas o interiores es una regla de vida basada en la fraternidad y la ternura, que tienen su origen en el amor de Dios. Por ello, es necesario y muy urgente abandonar el camino de la arrogancia, la fuerza bruta ejercida para ganar poder, los engaños y demás actitudes nocivas que, oprimen a tantos, sólo por el hecho de creerse invencibles o insuperables.
En el 2024, en la ciudad de Quito, Ecuador; se llevó a cabo el LIII Congreso Eucarístico Internacional, cuyo tema principal fue: “Fraternidad para sanar al mundo” y ahí, en ese congreso, teniendo como centro el misterio de amor por excelencia que es la Eucaristía, resonó fuertemente un término teológico compuesto por dos palabras: “fraternura”, con el cual, se quiso expresar que para sanar este mundo tan lastimado por varios factores, se requiere no sólo de insumos médicos, alimenticios o
económicos, sino de fraternidad y ternura, es decir, hermandad y amor. Ambos términos: fraternidad y ternura provienen del latín; el primero, frater, significa hermano o amigo y el segundo, teneritas, quiere decir blando o delicado. De modo que, fraternura describe una dimensión de la vida cristiana que combina el amor al prójimo con la misericordia y el trato que este debe dar y recibir: tierno-amigable.
Nuestro Señor Jesucristo, al llamarnos a ir a él y, al decirnos que hemos de tomar su yugo para experimentar verdadero alivio, desea movernos de las coordenadas del individualismo y el aislamiento donde generalmente nos ubicamos, para compartir con nosotros su vitalidad, su vigor y el amor que tanto nos faltan. Todo, en un ambiente familiar, fraternal y eclesial, en donde prevalezca la delicadeza del buen trato (la
ternura) y desaparezcan las asperezas de las actitudes negativas, envidiosas, egoístas y
vanidosas. Incluso, por respeto y mayor consideración al prójimo, es importante
abandonar ese estilo agresivo que en más de una ocasión nos domina, para adoptar un
razonable comportamiento de mansedumbre. Aprender de Cristo, es vivir como Cristo y no sólo saberse de memoria sus dichos y hechos.
Por último, san Gregorio Magno decía que: “es un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligen nuestra alama y nos atormentan después por miedo a perderlas”. Por eso Jesús busca darnos sosiego, y nos pide ir a él, porque él se hace nuestro remanso de paz, nuestro ungüento y alivio. Pero una vez recibido este alivio y consuelo, estamos llamados a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro. Oremos pues, y acerquémonos siempre a él para sabernos
comprender y tratar como él lo hace con cada quien. Amén.
“Deus caritas est”