06/04/2026
Domingo de Pascua
El pífano y el tambor se han enmudecido.
El plumero, el silbato, los bastones, las banderas y los estandartes han sido guardados.
Las sagradas imágenes han vuelto a sus nichos de honor…
y en el silencio que ahora envuelve nuestro templo, queda resonando algo más profundo:
la huella imborrable de estos días santos en nuestra alma.
La Pasión del Señor no ha sido solo contemplada…
ha sido vivida.
Ha quedado grabada en la memoria y en el corazón,
recordándonos el amor infinito con el que Cristo se entregó por nosotros.
Pero al llegar el mediodía…
ese silencio se rompe.
Las campanas irrumpen con fuerza, llenando el aire, llamando a todos a reunirse, a hacerse uno solo en Cristo.
Es el anuncio de la celebración más grande, la que lo transforma todo.
En el altar, el monumento revela la imagen del Señor Resucitado.
Y entonces todo cobra sentido:
si Cristo no hubiera vencido a la muerte, vana sería nuestra fe…
pero ha resucitado.
Y con ello, ha destruido nuestra muerte
y nos ha abierto las puertas de la vida eterna.
Se cumplen las tres llamadas a misa.
Y justo antes de comenzar, irrumpe en el atrio —imponente, radiante— la imagen del Señor de las Tres Caídas.
Camina entre su pueblo, sostenido por manos que no solo lo cargan… lo veneran.
Los fieles se ponen de pie.
Lo miran.
Y en ese instante, el tiempo parece detenerse.
La Santa Misa comienza.
Todo es solemne. Todo es profundo.
Las lecturas, el Evangelio… todo nos conduce al corazón de nuestra fe:
la Resurrección del Señor.
Y entonces… ya no hay luto.
Ya no hay silencio de duelo.
Hoy, Jesucristo se levanta victorioso, lleno de gloria.
La muerte ha sido vencida.
El sepulcro ha quedado vacío.
Y con su Resurrección, no solo ha destruido nuestra muerte…
ha encendido en nosotros una esperanza que no se apaga.
Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado…
y ha resucitado.
Al término de la celebración, comienza el último rito.
Cristo Resucitado desciende de su monumento, y la procesión avanza lentamente por el atrio.
El incienso se eleva.
Los pasos resuenan.
Y detrás… el Señor de las Tres Caídas.
Camina entre su gente una vez más.
Y cada mirada, cada suspiro, cada silencio… habla.
La procesión entra al templo.
Cristo Resucitado es colocado en el altar, donde permanecerá durante toda la Pascua.
El cortejo continúa.
Avanza hacia la capilla.
Ahí, con una delicadeza que conmueve, la sagrada imagen es separada de su anda.
Y lentamente… asciende.
Sube de nuevo a su nicho.
A su lugar.
Al centro.
A la mirada de todos.
Y en el instante en que la puerta se cierra…
el cielo parece abrirse.
El estruendo de los cohetes rompe el aire.
El júbilo estalla.
El Señor de las Tres Caídas ha regresado a su lugar de honor.
Todo aquello que dio vida a nuestras tradiciones —los sonidos, las fragancias, los colores, las procesiones—
hoy se recoge en el silencio.
Se guarda… sí.
Pero solo para volver.
Porque lo verdaderamente importante… no se guarda.
Permanece.
Vive.
Late.
Late en cada uno de nosotros.
Porque la Semana Santa no termina aquí…
continúa en la forma en que vivimos, en cómo amamos, en cómo creemos.
Hoy no es un final.
Es un envío.
Es un comienzo.
Es una invitación a caminar con Cristo Resucitado,
a llevar su luz incluso en medio de la oscuridad.
Agradecemos de corazón a todos aquellos que nos enseñaron a vivir estos días santos…
a quienes hoy ya no están, pero siguen presentes en cada paso, en cada tradición, en cada oración. Su legado vive vivo en medio de nosotros.
Que el Señor de las Tres Caídas, desde su lugar de honor,
siga bendiciendo a su pueblo…
y acompañe cada uno de nuestros pasos.
Y así…
con el corazón lleno, desbordado de fe, de gratitud, de esperanza…
nos despedimos.
¡HASTA EL AÑO VENIDERO!