28/08/2026
❤ 28 de agosto: San Agustín…
¡Feliz día a todos los que llevan su nombre!
San Agustín Nació en Tagaste (Numidia, en el norte de África), en el año 354. Era hijo de padre pagano y de madre cristiana. Su madre, Santa Mónica, le enseñó a amar a Jesucristo, y este cariño se mantuvo siempre vivo en su corazón, como un rescoldo, incluso durante los largos años en los que estuvo lejos de Dios, enredado por las pasiones del espíritu y de la carne.
Al comprobar las grandes dotes intelectuales de su hijo, sus padres se sintieron obligados a darle una formación superior, cosa que pudo hacerse realidad gracias a la ayuda de un benefactor. Fue así como Agustín, después de terminar los estudios elementales y medios, con sólo 17 años, fue enviado a Cartago, para dedicarse al estudio de la Retórica. La lectura del «Hortensio», de Cicerón, despertó en su alma la sed por el conocimiento de la verdad. Comenzó entonces su larga peregrinación por diversas escuelas y sectas, que fue abandonando porque ninguna de ellas daba una respuesta convincente a sus preguntas. Pasó del maniqueísmo al escepticismo, y de aquí a la filosofía platónica, que lo preparó intelectualmente para recibir la luz de la fe. Se hallaba, entonces, en Roma, donde se había establecido en el año 383, por motivos de trabajo. Al año siguiente fue llamado a Milán, para ocupar un puesto como maestro de Retórica. Por entonces, ya había mu**to su padre, de modo que su madre y sus hermanos lo siguieron a la gran ciudad de la Italia septentrional.
Los años de Milán fueron decisivos para la conversión de Agustín. La predicación de San Ambrosio, con su exégesis alegórica, le hizo descubrir las grandes verdades encerradas en la Sagrada Escritura, a la que, hasta entonces, había tenido en poca consideración porque su estilo literario (cosa que él valoraba mucho), le parecía muy pobre en comparación con el de los grandes escritores griegos. El golpe definitivo lo recibió mientras meditaba en el jardín de su casa, cuando al abrir las Escrituras obedeciendo a la voz de un niño que cantaba tolle, lege (toma y lee), tropezó con el texto de San Pablo a los Romanos (13, 13-14), en el que el Apóstol invita a dejar de una vez el hombre viejo para revestirse de Cristo.
Inmediatamente, se trasladó a la finca de un amigo suyo, para prepararse bien para el Bautismo, que recibió en la Vigilia Pascual del año 387. Desde ese momento, decidió dedicar todas sus energías al servicio de Dios y regresó a su patria. Durante el viaje, en Ostia, falleció santamente su madre, por lo que Agustín, de vuelta a Tagaste, en unión con un grupo de amigos, comenzó una vida de tipo monástico. Pero la Providencia tenía otros planes. En el año 391, inesperadamente, el Obispo Aurelio y el pueblo de Hipona, lo exhortaron a recibir el sacerdocio. Agustín condescendió. Cuatro años después, el mismo Aurelio lo consagró como obispo y sucesor suyo.
Su actividad episcopal estuvo, en gran parte, dirigida a defender la fe contra diversas herejías, como el maniqueísmo, el donatismo y, al final de su vida, el pelagianismo. Para combatir estos errores, redactó sus más grandes tratados. Además, aplicó su preclara inteligencia al estudio de otros dos grandes temas—la vida íntima de Dios y el sentido profundo de la historia—, dando origen a esas verdaderas piedras miliares de la Teología y de la Filosofía que son, respectivamente, “Sobre la Trinidad” y “La Ciudad de Dios”. En las “Confesiones”, nos dejó una autobiografía que constituye una plegaria de agradecimiento a Dios. Los “Soliloquios”, constituyen una encendida conversación del alma con su Señor.
La influencia de San Agustín en la historia del pensamiento fue enorme. Pero, sin dejar de ser nunca un gran pensador, lo que ocupó verdaderamente su vida fue la labor de almas. San Agustín es, ante todo, un Pastor que se siente y se define como «siervo de Cristo y siervo de los siervos de Cristo», y lo vive en sus consecuencias extremas: plena disponibilidad para el servicio de los fieles, oración constante por ellos, amor a los que están en el error, aunque éstos no lo quieran o, incluso, lo ofendan… Este aspecto de su personalidad se refleja, admirablemente, en las homilías, fruto de su ininterrumpida predicación durante casi cuarenta años. La biblioteca de Hipona debía conservar muchísimas, quizás tres o cuatro mil, de las que una gran parte—probablemente sin revisar por el autor y sin publicar—se han perdido. Hasta nosotros han llegado más de quinientas homilías, predicadas de viva voz, entre las que se incluyen las “Enarraciones sobre los Salmos”, el “Comentario al Evangelio de San Juan”, y los “Sermones”, título con el que los estudiosos han agrupado los 363 discursos aislados considerados auténticos.
Estas homilías son de un contenido riquísimo, pues abrazan todos los temas de la doctrina y de la vida cristianas, y sirven de precioso comentario a sus grandes obras dogmáticas y exegéticas. Constituyen un modelo de elocuencia, clara a la par que profunda, vivaz e incisiva, que tiene la virtud de poner al pueblo cristiano en contacto inmediato con las escenas del Evangelio, de las que se extrae siempre una aplicación práctica para la vida diaria.
San Agustín murió el 28 de agosto del año 430, en Hipona, cuando los vándalos se encontraban a las puertas de la ciudad. La muerte lo encontró, como siempre, ocupado en el cuidado de su grey y en la defensa y exposición de la fe católica.
Alforjas de Pastoral.