31/05/2026
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Este Domingo, 31 de Mayo, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios mismo.
“Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más esencial y fundamental de la ‘jerarquía de las verdades de la fe’. Toda la historia de la Salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado, los reconcilia y une consigo”.
La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los misterios escondidos de Dios, “que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto” (Concilio Vaticano I). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.
Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, nos indica primero que Dios es origen de todo y autoridad trascendente y al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Conviene recordar, que Dios trasciende la distinción humana de los sexos; no es hombre ni mujer, es Dios.
Jesús nos ha revelado que Dios es “Padre” en un sentido nuevo: no lo es solo en cuanto a Creador; Es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente solo es Hijo en relación a su Padre: “Nadie Conoce al Hijo sino el Padre, ni al
Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27).
La Iglesia confesó en el año 325, en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, que el Hijo es “consustancial” al Padre, es decir, un solo Dios con Él.
El Segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservo esta expresión en la formulación del Credo de Nicea y confesó “al Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre”.
Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de “otro Paráclito”, el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (Gen 1, 2) y “por los profetas”, estará ahora junto a los discípulos y en ellos ( Jn 14, 17), para enseñarles (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (Jn 14, 26; 15, 26; 15, 14).
El envío de la Persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (Jn 7, 39) revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.
La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del Bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor 13, 13; 1 Cor 12, 4-6; Ef 4, 4-6).
La Trinidad es una, no confesamos tres Dioses, sino un solo Dios en tres personas: “la Trinidad consubstancial”. Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: “El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza” (Concilio de Toledo XI, año 675). “Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina” (Concilio de Letrán IV, año 1215).
—Catecismo de la Iglesia Católica.—
“Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado; consustancial al Padre; por quien todas las cosas fueron hechas. El cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajo de los cielos. Y por obra del Espíritu Santo encarnó de María Virgen, y se hizo hombre. Crucificado también por nosotros, bajo el poder de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado. Y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. Y subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre. Y ha de venir otra vez con gloria a juzgar a los vivos y a los mu***os; y su Reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor vivificador, el cual procede del Padre y el Hijo; quien con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado; el cual habló por los Profetas. Creo en una Iglesia, Santa, Católica y Apostólica. Confieso un solo Bautismo para perdón de los pecados. Y espero la resurrección de los mu***os y la vida del siglo venidero.
Amén”.