22/02/2026
El matrimonio y la pureza de las personas
Génesis 24: 63 al 67
“En los tiempos antiguos, los compromisos matrimoniales eran hechos generalmente por los padres; y ésta era la costumbre también entre los que adoraban a Dios. No se exigía a nadie que se casara con una persona a quien no pudiese amar; pero al brindar sus afectos, los hijos eran guiados por el juicio de sus padres piadosos y experimentados. Obrar de otro modo era como deshonrar a los padres, y hasta cometer delito” (Patriarcas y profetas, 168).
Fue en esas condiciones que Isaac confió la importantísima decisión de elegir una esposa,
al juicio y a la sabiduría inspirada de su padre.
Desarrollo: La fe y la confianza de Isaac en Dios le trajo resultados extraordinarios. Nadie que tema a Dios puede unirse sin peligro con quien no le teme. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de concierto?” (Amós 3:3). “La felicidad y la prosperidad del matrimonio
dependen de la unidad que haya entre los esposos; pero entre el creyente y el incrédulo
hay una diferencia radical de gustos, inclinaciones y propósitos. Sirven a dos señores, entre los cuales la concordia es imposible. Por puros y rectos que sean los principios de una
persona, la influencia de un cónyuge incrédulo tenderá a apartarla de Dios” (Patriarcas y profetas, 172).
“El que contrajo matrimonio antes de convertirse tiene después de su conversión mayor obligación de ser fiel a su cónyuge, por mucho que difieran en sus convicciones religiosas. Sin embargo, las exigencias del Señor deben estar por encima de toda relación terrenal, aunque como resultado vengan pruebas y persecuciones. Manifestada en un espíritu de amor y mansedumbre, esta fidelidad puede influir para ganar al cónyuge incrédulo. Pero el matrimonio de cristianos con infieles está prohibido en la Sagrada Escritura. El mandamiento del Señor dice: “No os juntéis en yugo desigual con los infieles
(2 Corintios 6:14)” (Patriarcas y profetas, 172).
“Isaac fue sumamente honrado por Dios, al ser hecho heredero de las promesas por las cuales sería bendecida la tierra; sin embargo, a la edad de cuarenta años, se sometió al juicio de su padre cuando envió a un servidor experto y piadoso a buscarle esposa. Y el resultado de este casamiento, que nos es presentado en las Escrituras, es un tierno y hermoso cuadro de la felicidad doméstica: “Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre (Génesis 24: 67)” (Patriarcas y profetas, 173).
“Si hay un asunto que debe ser considerado cuidadosamente, y en el cual
se debe buscar el consejo de personas experimentadas y de edad, es el matrimonio; si
alguna vez se necesita la Biblia como consejera, si alguna vez se debe buscar en oración la dirección divina, es antes de dar un paso que ha de vincular a dos personas para toda la
vida” (Patriarcas y Profetas, 173).
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¿Cuántos jóvenes, en esta hora, quieren pedirle al Señor sabiduría y dirección para la
importante decisión de elegir a la compañera o compañero de toda la vida?
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Y los que ya han encontrado a la compañera de vida. ¿Cuántos le piden al Señor que les
ayude a encontrar la verdadera felicidad?