08/10/2021
SOY CRISTIANO, PERO A VECES DUDO DE MI FE(?)
Tal vez parezca contradictorio, pero siempre existe algo de duda en la fe de toda persona. Cuando alguien afirma de forma pretenciosa: “Yo no tengo duda alguna acerca de mi fe”, podríamos pensar que –posiblemente– esa persona reflexiona muy poco acerca de lo que cree, o que posee una fe muy superficial. Según el Dr. Michael Licona, las dudas son aspectos comunes del cristiano; son tan comunes que incluso grandes hombres de fe como Abraham y grandes profetas como Juan el Bautista también dudaron en algún momento de su vida (ver Gén. 20; Mt. 11:17-11; Lc. 7:24-28).
El problema con esto no consiste en dudar, sino en cómo afrontamos las dudas que sí o sí nos acompañarán en nuestra vida cristiana. El ser humano es presa fácil de la duda, sobre todo cuando se sabe que es mentalmente limitado, espiritualmente defectuoso y peregrina en un mundo que, según la Biblia, se encuentra bajo el maligno y entregado al pecado. Las dudas deben ser tomadas muy en serio y no deben ser ignoradas o suprimidas, sino que se deben trabajar en ellas.
El teólogo Donald Carson dice que las dudas podrían formar parte de la madurez del creyente. Por ejemplo, un creyente que lucha con las dificultades de su fe podría pasar por “un periodo de duda, lucha, lectura, conversaciones, autoexamen, incluso desesperación, antes de llegar a una postura estable al final del proceso”. Por lo tanto –dice Carson– “un tiempo de duda también puede ser, en ocasiones, un proceso que Dios permite para que los cristianos jóvenes luchen y descubran cuántas de sus creencias son meramente heredadas [creen porque así fueron criados] y cuántas son profundamente suyas [creen personalmente]”.
Sin embargo, también podría darse el desafortunado caso donde, en realidad, la duda es sencillamente el resultado de decisiones morales. Alguien pudo haber empezado bien, pudo haber sido disciplinado en sus labores cristianas; pero con el tiempo, la oración, la lectura y otras prácticas cristianas se volvieron cargosas al punto de ser opacadas por otras prioridades. Todo esto converge en decisiones morales no consecuentes con la fe que se dice profesar, y llega a un punto tal donde es capaz de decir: “¡En realidad no creo en toda esa basura religiosa!”. En este caso, la duda, en realidad, se volvió en un justificativo para pecar y no en una oportunidad para madurar. Por eso es importante recordar y tener presente siempre que la Escritura también describe a la fe –no como un sentimiento– sino como un compromiso. Como bien dice Licona: “Ser seguidor de Cristo significa que cuando confronto una decisión moral, escojo la ruta que enseñó Jesús […] obedezco a Jesús porque le creo. Aún podría tener persistentes dudas, pero la fe que tengo triunfa y determina mi comportamiento en la vida de fe”. ¡Compromiso! Al respecto, Santiago escribió: “Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg. 2:18). Santiago enseña, no solo a creer, sino también a comprometerse mediante una firme decisión.
De manera que el propósito divino de las dudas en la vida del creyente consiste en llevarnos a pensar acerca de nuestra fe, y no a tomar ocasión para apartarnos de ella. Si lo afrontamos correctamente, nuestras dudas podrían convertirse en nuestras mayores convicciones.
— Jorge Espinola, G&V.