11/04/2019
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Jueves 11 de abril | Lección 2
LA ELECCIÓN DE UNA CARRERA
En algún momento, tenemos que elegir lo que queremos hacer con nuestra vida, en términos de trabajo o carrera. A menos que sea económicamente independiente o trabaje a tiempo completo en el hogar atendiendo la casa y la familia (la más noble de todas las ocupaciones), mucha gente tiene que elegir una forma de ganarse la vida.
Por supuesto, todos existimos bajo ciertas circunstancias que pueden limitar considerablemente nuestras decisiones con respecto a una carrera. Pero, dentro de cualquier esfera existente, podemos optar por una ocupación que, especialmente en el contexto de saber que tenemos salvación en Jesucristo, pueda dar significado y un propósito adicional a nuestra vida. En síntesis, hagamos lo que hagamos, podemos hacerlo para la gloria de Dios.
¿Qué error cometió Salomón, y cómo podemos cuidarnos de no hacer algo similar? Eclesiastés 2:1-11.
Ecl 2:1 Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto también era vanidad.
Ecl 2:2 A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?
Ecl 2:3 Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida.
Ecl 2:4 Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas;
Ecl 2:5 me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto.
Ecl 2:6 Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles.
Ecl 2:7 Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén.
Ecl 2:8 Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda clase de instrumentos de música.
Ecl 2:9 Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría.
Ecl 2:10 No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena.
Ecl 2:11 Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
No necesitamos ser ricos para quedar atrapados en la misma trampa que Salomón. “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:10). Se puede ser pobre y amar el dinero tanto como alguien que es rico.
Sí, necesitamos ganarnos el sustento, pero independientemente de lo que hagamos o cuánto ganemos, no debemos convertir la búsqueda de riquezas en nuestro ídolo. Muchas familias también han sufrido a causa de un padre que, obsesionado con ganar dinero, descuidó a la familia intentando enriquecerse. ¿Cuántos hijos, o cónyuges, hubieran preferido un estilo de vida más humilde, antes que tener una mísera relación con su padre? La mayoría hubiera preferido la primera opción.
Desde la Creación, Dios planificó que el trabajo fuera parte de la vida (Gén. 2:15). El peligro surge cuando hacemos de nuestro trabajo el centro de nuestra vida, o se convierte en un medio solamente para adquirir riquezas para nosotros. Este es el error que Salomón cometió. Buscaba significado en esos proyectos y, aunque muchos de ellos le dieron cierto grado de satisfacción, finalmente descubrió que no tenían sentido.
Alguien dijo una vez: “¿Cuántas personas al final de su vida desearon haber pasado más tiempo en la oficina y menos tiempo con su familia?” ¿Cuál es el mensaje esencial de esta declaración?