18/03/2026
Cuando Desmond Doss le dijo al Ejército de los Estados Unidos en 1942 que no llevaría un rifle, no solo dudaron de él: intentaron quebrarlo. Era adventista del séptimo día, y el mandamiento “no matarás” no tenía excepciones para él, ni siquiera en la guerra. Decidió servir a su país, pero no quitando vidas, sino salvándolas. El Ejército le dio un uniforme, pero sus compañeros le hicieron la vida imposible: lo insultaban, le lanzaban objetos mientras oraba y hasta intentaron expulsarlo, considerándolo un peligro.
Todo cambió en la Batalla de Okinawa, el 2 de mayo de 1945, en Okinawa. En un acantilado mortal, su unidad fue emboscada por fuego intenso de ametralladoras, morteros y granadas. La orden fue retirarse, y todos descendieron… excepto Doss. Sin arma, sin respaldo, solo con su fe y un botiquín, corrió hacia el peligro. Encontró soldados heridos y desesperados, y uno por uno los arrastró bajo fuego enemigo hasta el borde del acantilado, bajándolos con una cuerda mientras repetía: “Señor, ayúdame a salvar uno más”.
No se detuvo pese a las balas y explosiones, hasta rescatar a 75 hombres con vida. Días después, una granada destrozó sus piernas; luego, una bala de franco tirador le rompió el brazo. Aun así, se atendió solo, cedió su lugar a otros heridos más graves y se arrastró cientos de metros para recibir ayuda. Por su increíble valor, el 12 de octubre de 1945 el presidente Harry S. Truman le otorgó la Medalla de Honor, afirmando que era un honor mayor que ser presidente.
Desmond Doss nunca disparó un arma, pero se convirtió en el médico de combate más condecorado en la historia de Estados Unidos. Vivió humildemente, fiel a su fe, y su historia fue llevada al cine en "Hasta el último hombre". Su vida nos enseña que la fidelidad a Dios no cambia según las circunstancias; se mantiene firme aun en los momentos más difíciles.
Fuente: Memories of the past.